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Un mensaje puede cambiarlo todo. Así me ocurrió cuando recibí un “¿puedo quedarme un par de días en tu apartamento?”. Era mi prima, ya adulta, y necesitaba un lugar donde quedarse.
Me encontraba en el trabajo cuando el mensaje llegó de forma repentina. Le respondí aceptando su petición y le pregunté la fecha de su llegada. Su respuesta me sorprendió: llegaba al día siguiente.
Por cuestiones del horario laboral, no podía estar presente a la hora de su llegada, así que dejé las llaves con el celador. Al terminar la jornada, toqué la puerta. Esta comenzó a abrirse y, como si mis ojos imitaran una cámara lenta, la vi a ella. Vestía de negro hasta las piernas, una prenda que se ajustaba a su silueta de modelo.
Se acercó a mí y me recibió con un beso en la mejilla y un abrazo. Mis manos se posaron en su cintura delgada y, durante unos minutos, no pronuncié palabra alguna. Luego entramos a la casa; ella iba delante y mis ojos recorrieron su espalda hasta llegar a su firme trasero.
Hablamos hasta la madrugada. Me contó los motivos de su visita a la ciudad y, después, le compartí algunos detalles de mi vida.
Las jornadas de trabajo suelen ser agotadoras y largas, pero aquella superó a todas las anteriores. Pensé que tal vez se debía a que tenía visita. Al llegar, mi prima me recibió con una noticia: ¡por fin tenía trabajo! La abracé y la felicité; era un acontecimiento que merecía celebrarse. Aproveché el vino que llevaba tiempo olvidado en la nevera y serví un poco. También tomamos unas cervezas.
Miré el reloj: ya casi eran las nueve de la noche y la embriaguez empezaba a notarse. Los tragos nos hicieron hablar de todo, desde nuestras relaciones frustradas hasta nuestros deseos más íntimos. Entre risas, nos confesamos fantasías prohibidas.
Destapamos otras dos cervezas. Le agarré la mano, apagué las luces y la llevé al cuarto. Se acostó en la cama y me dijo que no tenía sueño, quería conversar un rato más. Me acosté a su lado.
—¿A qué hora te acuestas a dormir? —preguntó, y se acomodó de espaldas en posición de cuchara.
—Temprano, a esta hora ya estoy soñando —respondí, y sin pensarlo me acomodé detrás de ella y puse mi mano en su abdomen.
Ella movió su pelvis hasta sentir mi erección. No dudé en responder. Con suavidad aparté el cabello de su cuello y dejé que mis labios se rozaran. Después, lentamente, fui besándola con más intensidad. Su respiración se aceleró y su pelvis se movió con mayor intensidad.
—Ya no somos niños, ¿estás segura de que…? —No alcanzó a terminar, porque mi mano se deslizó por su entrepierna.
Continué unos minutos acariciando cada parte de su cuerpo. Luego, desabotoné su pantalón, bajé la cremallera y despacio metí la mano; al tocarla, mis dedos quedaron igual de mojados que su tanga. Mi excitación se disparó y decidí ir al último nivel.
Deslicé la yema de los dedos desde el abdomen, abriéndome paso por la ropa interior. Sentí el vello púbico y mi corazón se aceleró; mi instinto animal se activó. Llegué al clítoris y estaba empapado. La comencé a estimular con intensidad y en mi mente solo pensaba en hacerla mía.
En el cuarto solo se escuchaban los gemidos de mi prima al introducir los dedos en su vagina. Eran movimientos lentos pero que la volvían loca; su cuerpo se movía por reflejo.
Un minuto después, me suplicó: ¡dame tu pene! ¡Métemelo! ¡Hazme tuya!
Como un rayo me paré de la cama y me quité los pantalones y los boxers. Mi pene estaba firme y con las venas superpuestas.
La puse boca abajo y le quité los pantalones de un solo jalón. Su culo era espectacular, y más con la tanga roja, aunque en ese momento me estorbaba; la tomé y la aparté un poco.
Con una nalgada suave coloqué mi mano en su culo. Me encontraba tan erecto que con la mano izquierda llevé el pene a la entrada de su vagina. Recorrí sus labios mayores hasta que ella corrió su pelvis hacia mi pene. Así que empecé a penetrar; sus fluidos lo hicieron muy fácil. Al tenerla toda adentro, ella exclamó: ¡Ah, qué rico!
Esta es la primera parte. Espero que les guste esta fantasía. Me gustaría saber qué piensan, así que dejen su comentario.
PARTE II
Con una nalgada suave coloqué mi mano en su culo. Me encontraba tan erecto que con la mano izquierda llevé el pene a la entrada de su vagina. Recorrí sus labios mayores hasta que ella corrió su pelvis hacia mi pene. Así que empecé a penetrar; sus fluidos lo hicieron muy fácil. Al tenerla toda adentro, ella exclamó: ¡Ah, qué rico!
La penetración era una delicia; lenta y profunda, con un sonido húmedo y excitante. Cada vez que mi pene entraba en su vagina, sentía un gemido de placer brotar de sus labios. Una sonrisa pícara se dibujaba en su rostro, y podía ver todo el proceso de entrada y salida de mi miembro, cada centímetro desapareciendo dentro de ella, y cuando salía estaba cubierto de su flujo.
Estábamos ambos poseídos por el deseo más salvaje y la lujuria estaba presente en cada rincón de la habitación. Sin dudar, tomé su pequeña tanga entre mis dedos y comencé a estirar con fuerza, anhelando sentir cómo se rasgaba entre mis manos. Pero su voz me detuvo.
-¡Déjame montarte! ahora yo quiero estar encima –susurró mientras mi pene se deslizaba fuera de su estrecha y caliente vagina. Con un movimiento de sus pies, apartó las cobijas de la cama.
–Me gusta esa confianza, veamos qué tienes –respondí, acomodándose en el centro de la cama, listo para recibirla.
–Me voy a quitar esto porque alguien las quiere romper –anunció mientras se deshacía de su pequeña tanga y su camisa, revelando su piel desnuda. Tomó mi pene con su mano y lo acarició suavemente.
–Está súper empapado –murmuró, antes de inclinar su cabeza y pasar su lengua por todo el tronco de mi miembro, desde la base hasta la punta, repitiendo el movimiento tres veces. Provocando que yo cerrara los ojos de placer, luego se posicionó sobre mí, mirándome directamente a los ojos, y se dejó caer sobre mi verga dura como una roca, sentí cómo se introducía en su húmedo canal.
Se movía con un ritmo no solo sexual sino también pasional, su cuerpo se arqueaba y retorcía contra el mío. Sus caderas se balanceaban apasionadamente, combinando a la perfección sus movimientos con los gemidos que brotaban de sus labios. Cerró los ojos con fuerza, dejando escapar una frase favorita: “¡Que rico!”
Por mi parte, me encontraba completamente inmovil, intentando resistir las ganas de eyacular. Cada segundo que pasaba, ella incrementaba la intensidad de sus movimientos, como si estuviera buscando ese momento exacto en el que no pudiera contenerme más. Y así fue como lo hizo, ese era su objetivo, y pude verlo claramente en sus ojos y en sus siguientes acciones.
– Me querías tener así, soy toda tuya –susurró, mirándome directamente a los ojos. – Te gusta que digan que te vengas adentro porque eso quiero –murmuró a mi oído, mientras recordaba que le había contado sobre ese tema y que ella estaba aprovechándose de eso, lo que me excitaba aún más. La tomé de la cintura y la pare.
–Tranquila, aún no he disfrutado de todo tu cuerpo –le dije, con una mirada de picardía, y ella me devolvió el gesto.
–¡Ummm! ¿Qué más me vas a hacer en mi cuerpo, primito? –respondió con un tono juguetón.
–Aún no he jugado con esto –murmuré mientras llevaba mi lengua a recorrer el anillo de su pezón, sin olvidar el otro, que apreté con mis dedos, generando un gemido de placer de su parte. –¿Estás segura de que quieres que acabe ya, primita? –le susurré al oído, para terminar dándole un beso apasionado. Nuestros labios se separaron, dejando caer saliva en el medio de los dos.
–Marica, llevo mucho tiempo sin culiar –me dijo, y vi en su cara el deseo de que hiciera lo que quisiera con ella. En ese momento, sentí como empezó a mover despacio su pelvis sobre mi cuerpo.
-Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que lo hiciste? -pregunte con curiosidad.
-Bien…creo que han sido unos cuatro meses -dice ella, bajando la mirada con timidez.
-Es por eso que estás tan mojada -digo en voz alta. Me pongo de pie con ella encima para cambiar de posición, ahora estoy encima de ella.
Comienzo a penetrarla con fuerza, sintiendo como contrae sus paredes vaginales. Sus gemidos llenan la habitación, haciendo eco en las paredes. Pienso en una posibilidad, de pronto los vecinos nos están escuchando y eso me excito más.
-Te gusta así, ¿verdad?, ¡perra! -susurro en su oído mientras continúas con las embestidas. Ella solo puede sollozar y gemir más fuerte, como si no pudiera controlarse. Su cuerpo comienza a temblar, me pide con desesperación que continúe.
Dentro de ella se siente caliente y enseguida siento una avalancha de fluidos, acompañados de un gemido ahogado, como de relajación. La parte de mi pelvis está empapada y gotas caen de mis huevos.
Aquí concluye la segunda parte, aún queda mucha historia con mi prima de esa noche morbosa y de otras. Dejen sus comentarios que piensan.
pon la segunda parte cabeza de brga , no me dejes a media paja hjpta
Muy bueno. Yo también tuve relaciones con una prima y con una de mis hermanas. El sexo en familia es fantástico. Esperando la segunda parte con todos los detalles. Un saludo desde España.
Gracias, saludos desde Colombia, espero le guste la segunda parte que ya se subió
Sube la segunda parte