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Mi amigo el gordo

3781 palabras

4 minutos

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Mi historia es de algo que pasó realmente. Me llamo Santiago y mi esposa Noemí, ella la protagonista, es una morocha de pelo ondulado largo, lindas tetas y una cola manzanita que llama mucho la atención.

Dicha tarde quería hacer una broma diciendo que debía confesar que cuando la conocí no fui yo quien la tocaba, sino un tipo que estaba a nuestro lado. Parecía que la había cambiado a modo puta. Siempre tuvimos buen sexo, pero ahora se superó, así que no le dije que era mentira.

Una tarde, mientras trabajaba, me llega un mensaje de mi amigo Marcelo, un gordo policía de unos 60 años aproximadamente, que había discutido con su mujer y necesitaba salir de su casa unos días. Me pidió si lo ayudaba. Como nosotros tenemos una pieza de más, le dije que sí, pero no le consulté a mi esposa. Gran error: a ella ni le gustaba, decía que era un baboso que cuando podía le miraba los pechos y la cola.

Pero ya había dicho que sí. Esa noche llega y la saluda con un beso en la comisaría de su boca. En la semana todo transcurrió con algunas quejas porque Noemí me dijo que sintió que la espiaba cuando se cambiaba, que le miraba el culo sin disimulo y las tetas. Sin olvidar que antes ella andaba en ropa interior y ahora no podía.

A fin de mes estábamos tomando algo los tres en la noche, mientras picábamos algo. Cuando se me ocurrió preguntarle hasta cuándo se quedaba, él responde que unos días más. Respondiendo con otro, “¿por qué?”. Para saber, le respondo. Aparte, que mi esposa solía andar en ropa interior y ahora no puede. “¿A vos te jode que lo haga?”. Parecía un lobo respondiendo que no, para nada, al contrario. Miro a mi esposa que estaba colorada de vergüenza y le digo: “Viste, está todo arreglado”. Haciendo que no sabía que no tenía corpiño, le saco la remera dejando sus lindas tetas a la vista de mi amigo. Ella me grita “¿qué haces?” y se tapa. Respondiendo: “Bueno, ahora sabe que sos una putita”. Parecía que había largado un lobo en un gallinero. Le agarro las manos a mi esposa y él le chupa las tetas. Ella al principio se resiste un poco y no lo deja besarla, pero pronto cede con entusiasmo ante el placer.

Prácticamente lo vi disfrutar como loco. Le fue sacando la ropa con su ayuda juguetona y en unos minutos la tenía arrodillada tomándolo de los pelos para que le chupe la pija. La fue poniendo de todas las maneras y donde quería. A todo esto Noemí ya se entregaba por completo, gimiendo de placer. Hasta que en un momento la deja de espaldas a él, toma sus nalgas y la apoya sobre la mesa. Le empieza a chupar el culo y ella pega un alarido de gusto. Él había metido un dedo. Ella gemía “sí, pero hazlo por ahí con cuidado”. Marcelo era un petiso barbudo y su pija era normal en lo largo pero gorda. Pega otro alarido de placer y seguía pidiendo más, lo que hacía que Marcelo disfrutara aún más.

En un momento se pone detrás de ella y apoya la punta de su pene en ese lindo agujero. Empieza a empujar despacio y mi esposa jadea de excitación, moviéndose para recibirlo. Él empuja con placer al verla disfrutar, mientras le dice “ahora sí sos mi puta”. Estuvo así un gran rato. Ella llegó a venirse dos veces. Cuando de repente sale de ella, se para enfrente, ella abre la boca con ganas y recibe la gran cantidad de leche, tragándola toda. Luego hice lo mismo yo, que no daba más. El culo de mi mujer aún no se había cerrado y estaba con la boca y cara llena de leche. Él la había filmado con su consentimiento y le hizo decir que era su puta, lo que quedó registrado.

En la semana ella ya andaba en ropa interior y a veces en topless a pedido de él. Dos veces en la semana me masturbé escuchando cómo la cogía y ella gritaba de placer. Marcelo sigue en casa disfrutando de ese festín.

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