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Este relato es la descripción de cómo descubrí un vicio recientemente adquirido por mi madre, el de alojar todo tipo de juguetes sexuales dentro de su culo y dedicarse a sus actividades sin el más mínimo desparpajo, y de cómo yo logré que ella me hiciera partícipe de sus ansias por descubrir el sexo anal.
Mi nombre es Kevin, tengo 21 años, soy de Manizales, Colombia. Soy estudiante universitario y mis padres, como buenos paisas, se dedican al comercio de mercancías a gran escala. Mi familia está compuesta por mi padre José, de 48 años; mi madre Milena, una mujer bien cuidada, trabajadora y con una gran figura a base de cirugías estéticas en abdomen, tetas y culo, trabajos que hacen olvidar que se trata de una señora de 42 años; y mis hermanos menores, mi hermana Xiomara de 15 y mi hermano José de 18 años.
Todo ocurrió hace un mes aproximadamente. Llegaba a la casa luego de la universidad y al entrar encontré en la sala a mi madre con una vecina, Luisa, amiga y muy buena cliente suya, ya que mi madre comercia prendas de vestir, oro y platería. Llegué y saludé muy cordialmente a las dos, subí a mi habitación en el segundo piso, me desvestí y me puse una pantaloneta, quedándome en franela. No me saqué las medias y así, descalzo, me dirigí a bajar a la cocina. Cuando empecé a bajar, lo primero que vi fue a mi madre enseñándole unas diminutas tangas a la vecina, que las observaba muy detalladamente. En eso, me devolví para no interrumpir y seguir observando qué tipo de tangas le gustaban a la vecina.
Ellas charlaban precios entre risas, pero en una de esas la vecina tomó una braga de color rojo y la levantó para observar una pequeña abertura en el medio. De una replicó: “Estas van a matar a Lucho, su esposo”. Mi madre, en un tono como sorprendida, le preguntó: “¿De verdad le gustan esas? Son como muy atrevidas, mira que ya no eres una muchachita”. Mi mamá estaba en lo cierto: la vecina debe rondar los cuarenta años también, pero no está nada mal. Mi madre es conservadora en su forma de vestir, nunca muestra más de lo que debe, aunque le encanta la ropa bien ajustada, sobre todo los jeans. Yo no perdía detalle de la charla. En eso, mi vecina soltó una bomba: “Es que Lucho anda más alborotado que nunca, ahora se le ha dado por hacerme sexo anal en las noches”.
Mi madre: “¡De verdad! ¿A estas alturas con esas cochinadas?”.
Mi vecina: “Jajaja, ¿pero qué pasa? No me digas que tu esposo nunca te lo ha hecho o te lo ha pedido”.
Mi madre: “¡Nunca! ¿Pues cómo se te ocurre? Por ese lado nosotros somos muy tradicionales”.
Mi vecina: “No, Mile, tú no sabes lo que te estás perdiendo, mujer. Es raro y todo al principio, pero después te arrepientes de no haberlo hecho antes. A mí me encanta, pues. Y cuando a Lucho se le olvida darme por ahí, yo misma me lo acomodo, mija”. Risitas.
Mi madre: “¿De verdad? No te lo puedo creer, mujer. Es que yo no me imagino tener algo metido ahí dentro”.
Mi vecina: “Solo te digo que lo intentes y tú después me dirás. Eso sí, si te animas, primero debes entrenarte el culo con un acostumbrador y aceites. Así, cuando tu esposo te la vaya a meter, no tendrás problema. Entre tanto, me llevo esta tanguita y la blusa roja. De seguro a mi marido le va a encantar este regalito”.
Allí terminó la conversación. Por lo pronto, me encerré en el cuarto y me hice una paja en honor a la vecina, a su nueva braga y a su emoción por la actividad anal. Ojo, el pajazo solo fue porque en estos momentos no tengo novia, así que fue algo brutal. Luego pensé qué efecto tendrían las palabras de la vecina en mi madre y me aseguré a mí mismo que ella no se atrevería a tal cosa.
Dos días después fui a ayudarles a mis padres en el local que tienen en un centro comercial. Al llegar, solo encontré a mi madre; mi papá no estaba. Ella se encontraba de espaldas acomodando unas cosas y hablando por celular. Decidí no interrumpirla. No se percató de mi presencia y detrás de ella la escuché decir: “No, mija, te hice caso. Anoche estábamos haciéndolo y le pregunté sobre lo que usted me dijo, pero no, él me dijo lo mismo que yo le dije a usted: pues que a estas alturas qué vamos a estar inventando, que ya no estaba para esos trotes y que no viniera con inventos raros. Así que hasta ahí llega el intento, amiga”.
En eso hice notar mi presencia y me acerqué a saludarla. Le dije que venía a ayudarla y ella me dijo que aprovecharía para buscar unas mercancías que le iban a llegar. Después de que ella se va, aproveché para usar el computador del local y entrar al Mercado Libre a ver qué me podría interesar. Cuál fue mi sorpresa al encontrar en última búsqueda las palabras “acostumbrador anal”. Enseguida correlacioné los hechos: mi madre de verdad está interesada en saber cómo es el sexo anal. Como a la hora se presentó mi madre con unos paquetes. En eso le entró una llamada: era del colegio de mi hermano, que pasara a recogerlo enseguida porque se encontraba enfermo. Me dijo “nos vamos enseguida”. Le ayudé a cerrar el local de inmediato, pero lo que me pareció raro fue que no dejó los paquetes en el local: los metió en el asiento de atrás del carro y nos fuimos a recoger a mi hermano.
Al llegar al colegio, le dije que la esperaba en el carro. Ella, en su afán, no se dio cuenta de mis intenciones. Así que cuando se alejó, esculqué los paquetes que estaban bien sellados, pero rasgué uno lo suficiente como para ver de qué se trataba. En efecto, observé una pequeña figura: unas bolas chinas. No lo podía creer. La situación se me estaba saliendo de las manos; ya me estaba excitando la idea de ver a mi madre con esas cosas en el interior de su ano. Me apresuré y dejé las cosas en su lugar.
Al llegar a la casa, lo primero que hice fue sacar mis ahorros de una caja y salí a comprar unas microcámaras espías con figuras que no tenían nada que ver con una cámara. Compré cuatro: unas con forma de cara feliz, una era una calcomanía de un carro y las otras dos como un pequeño botón que se adhería a cualquier superficie.
En la mañana, antes de irme a la universidad, logré entrar a la habitación de mis padres mientras desayunaban. Colocé una en su baño y la otra de frente a la cama matrimonial. En verdad era imperceptible su presencia. No las activé de inmediato, debido a que encendidas su capacidad de almacenar la grabación es de 7 a 8 horas, así que solo las dejé puestas.
Luego de desayunar y dejar a mis hermanos en el cole, nos fuimos a abrir el local en el centro comercial. Sabía que las microcámaras en el local serían de más utilidad por lo que las debía dejar encendidas de inmediato. Cada una me daría por lo menos 7 horas de grabación continua con sonido y alta calidad. Sabía que allí mi madre tendría más espacio, pues mi padre sale mucho en la mañana a las transportadoras a buscar mercancías. Con mucho cuidado ubiqué una en el baño y allí mismo la encendí. La otra la dejé encendida de frente al escritorio, en la parte de arriba de la rejilla de la entrada, recubierta con chicle para que no se viera. Me despedí de mis padres y salí para la universidad.
Ya a eso de las siete de la noche fui al local antes de que cerraran y saqué las dos microcámaras que allí tenía. Después de la cena y en la soledad de mi cuarto, revisaba la cámara del baño del local. ¡Qué sorpresota! Luego de adelantar un rato el video, pues en dos horas no pasaba nada, la cámara captó cómo mi mamá entraba al baño con un paquete en la mano, lo desenvolvía y claro, allí estaba: un acostumbrador anal. De una bolsa sacó unos aceites, más bien lubricantes, y lo embadurnó totalmente. Ella llevaba una falda de jeans más arriba de sus rodillas; se la levantó, se quitó la tanga y con dificultad, de hecho mucha dificultad, intentaba meterse el acostumbrador entre medio de sus nalgas estando de pie en el baño. Logré escuchar:
“Ahh, esta mierda no me entra, no sé cómo a Luisa le gusta tanto”.
En eso hizo mucha más fuerza que la que venía aplicando y por fin se lo metió. “Ayyyy, hijueputa, ¡me rompí el culo yo sola! Esta joda cómo duele”. Se lo sacó nuevamente y le aplicó más lubricante. Para su sorpresa, esta vez sí lo logró meter todo de principio a fin y descansó. “Ahora sí que me lo metí todo. Ahora vamos a ver si es verdad que me acostumbro, pues”.
Se enjuagó las manos y se acomodó la ropa nuevamente. Para mi sorpresa, se colocó las bragas por encima del acostumbrador y así salió del baño. Yo no lo podía creer, no daba crédito a lo que veían mis ojos. Adelanté el video y como tres horas más tarde ingresa mi madre nuevamente al baño, se baja la braga a las rodillas y se saca de inmediato el juguete del culo. Enseguida se sienta en el retrete, me imagino que a dejar salir todo lo que había removido el extraño objeto en el interior de sus intestinos. Ella observa lo sucio que había salido el acostumbrador, toma papel higiénico y lo limpia, luego lo lava con agua y lo vuelve a empacar. Se limpia ella, se acomoda su ropa y sale. Adelanté el video, pero una hora más tarde ya no hubo más nada. Lo importante ya estaba captado.
Metí la memoria de la otra cámara y revisé. Mi madre en su puesto de escritorio en el local no dejaba de acomodar la parte de atrás de su falda; incluso hablando de pie con alguna cliente se atrevió a hacer estiramientos de brazos y piernas, pero todo era, me imagino, para sentir cómo el juguete salía o entraba o hacía algún movimiento junto con ella. Incluso capté cómo se le sentaba en las piernas a mi padre y con cuidado de la gente le sobaba las nalgas en sus piernas. Claro está, a mi padre no le hizo gracia y la separó alegando que los clientes podían llegar a verlos.
Asustado, grabé los videos en el computador portátil y vacié las memorias. Esa noche apliqué a mi arrechera tres pajazos en honor a la locura tardía de mi madre por los juegos anales.
A la mañana siguiente temprano fui solo con mi madre al local antes de ir a la u, y logré instalar las dos microcámaras antes de irme. Dejé pasar algunas horas