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De Bebito a Amante de Mamá

82915 palabras

77 minutos

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Me llamo Alexis. Tengo dieciocho años recién cumplidos, pero mi cuerpo sigue traicionándome como si todavía fuera ese niño enfermizo que hasta los 10-12 años pasaba más tiempo en cama que en el patio. Esa noche, sentado en la cama estrecha de la residencia universitaria, con el teléfono pegado a la oreja y el corazón latiéndome fuerte, marqué el número de mamá. Era tarde, pero sabía que ella contestaría. Siempre contestaba.

—¿Mi bebito? —su voz ronca y cálida me envolvió al instante, como un abrazo a través de la línea. Se notaba que acababa de llegar del gym; respiraba un poco agitada, con ese tono grave y dulce que siempre me desarmaba

—. ¿Todo bien, mi amor? Dime que no te pasó nada. Sonreí sin darme cuenta, con las mejillas ya calentándose.

Aunque estuviera a kilómetros de distancia, sentía su presencia como si estuviera sentada a mi lado, pasándome la mano por el pelo sudoroso.

—Todo perfecto, mamá —contesté, y mi voz salió más suave de lo que quería, casi tímida—. Hoy fue mi último día del semestre. Mañana oficialmente ya estoy de vacaciones. Por fin.

Escuché cómo soltaba un gritito de alegría al otro lado, seguido de esa risa grave y preciosa que hacía que sus abdominales se contrajeran, aunque yo no pudiera verla. Me imaginé su cara iluminada, esos labios carnosos curvándose en una sonrisa orgullosa.

—¡Ay, mi amor! ¡Qué noticia más hermosa! Mi bebito terminando el semestre como un campeón. Estoy tan orgullosa de ti… siempre lo he estado. Desde que eras chiquito y te quedabas horas en cama con fiebre, y yo te cuidaba, te leía cuentos y te prometía que algún día serías fuerte como tu mami. Y mírate ahora… ya eres un hombrecito. Mi hombrecito.Se me hizo un nudo en la garganta. Ese era mamá: siempre recordándome que, por más débil que me sintiera, ella me veía grande. Me había criado sola después del divorcio, trabajando doble turno, entrenando como una bestia en el gym y aun así encontrando tiempo para mí. Me llevaba a sus competencias cuando era niño, me dejaba tocar sus músculos duros después de posar en bikini de competición y me susurraba al oído: “Todo esto es por ti, mi bebito. Para que veas que se puede ser fuerte y seguir siendo tierna”. Ese vínculo… era todo. Ella era mi refugio, mi fuerza, mi secreto más prohibido.

—Mamá… —empecé, tragando saliva—. Quería pedirte algo. ¿Puedo pasar las vacaciones contigo en casa? No quiero quedarme aquí solo. Quiero… quiero que me ayudes a entrenar. De verdad. Quiero músculos. Quiero dejar de sentirme como un muñequito frágil al lado de los demás. Y nadie me entiende mejor que tú. El silencio duró un segundo, pero fue dulce, cargado de ese amor que siempre nos unía. Luego su voz bajó, más ronca, más íntima, como cuando me daba besos prolongados en los labios antes de irme a la uni.

—Claro que sí, mi amor. Ven a casa. Mañana mismo te espero con los brazos abiertos… y con la barra lista. Vamos a ponerte fuerte, bebito. Hip thrusts, sentadillas, todo lo que quieras. Yo te guío, como siempre. Tú y yo solos al principio, entrenando mano a mano. Te voy a cuidar, te voy a empujar y… —bajó la voz un tono más juguetón, pero lleno de ternura— te voy a recordar cada día lo mucho que te quiero. Eres lo más importante de mi vida, Alexis. Lo sabes, ¿verdad?

—Sí, mamá… lo sé —susurré, y sentí cómo se me humedecían los ojos. Ese era nuestro lazo: ella, la fisicoculturista de 38 años con un cuerpo que quitaba el aliento, y yo, su hijo delgado y afeminado de 1,52 metros. Ella nunca me había hecho sentir menos. Al contrario. Me había protegido, me había hecho sentir especial.

—Y hay algo más que quiero contarte —añadió, con una risita baja y emocionada—. Últimamente he estado trabajando más de cerca con una amiga del gym, Georgia. Es una culturista brutal en Women’s Bodybuilding, negra, imponente… y su hijo Aaron, que tiene 22, también entrena como loco. Son buena gente, mi amor. Han estado viniendo a casa a entrenar conmigo, a charlar, a… divertirnos un poco. Creo que te vas a llevar genial con ellos. Georgia es como yo, fuerte y directa, y Aaron es un gigante bueno. Quiero que te diviertas, que hagas amigos nuevos… y que sientas que esta casa es tuya otra vez. Los tres vamos a hacer que estas vacaciones sean inolvidables. ¿Qué dices, mi bebito? ¿Te animas?Mi corazón dio un salto.

No sabía exactamente qué implicaba eso, pero en su voz había esa mezcla de cariño maternal y algo más profundo, más cálido, que siempre me hacía sonrojar. Ella siempre me incluía. Siempre me hacía sentir parte de su mundo.

—Me animo, mamá —respondí, con la voz temblorosa de emoción y algo más que no me atrevía a nombrar todavía—. Quiero estar contigo. Solo… contigo. Y con tus nuevos amigos, si tú quieres.

—Entonces está decidido —dijo ella, y casi pude ver su sonrisa traviesa, esa que hacía que sus ojos brillaran—. Mañana te espero en la puerta, mi amor. Te doy un beso enorme cuando llegues… como siempre.

Te amo, Alexis. Más que a nada en el mundo.

—Te amo, mamá.

Colgué con el teléfono todavía caliente en la mano y el pecho lleno de esa calidez que solo ella sabía darme. Mañana volvería a casa. Mañana empezarían las vacaciones. Y algo dentro de mí, ese lazo tan fuerte, tan emocional, tan nuestro, me decía que nada volvería a ser igual. Pero que, por primera vez, eso no me daba miedo. Al contrario. Me hacía sentir vivo.

Soy delgado, con hombros estrechos y caderas un poco anchas para un chico. Siempre he sido afeminado, no por elección, sino porque las fiebres y las enfermedades me dejaron débil durante toda la infancia. Pero ahora, de vacaciones de la universidad, me juré a mí mismo que eso iba a cambiar. Quería músculos. Quería fuerza. Quería dejar de sentirme como un muñequito frágil al lado de los demás.Y la persona perfecta para ayudarme era ella: mi madre, Mariana. Ella tiene 38 años y es una fisicoculturista profesional en la categoría Wellness de la IFBB. Mide 1,72 metros de pura presencia.

Su piel es blanca como la leche, casi translúcida en algunas zonas, pero marcada por venas que se dibujan cuando entrena. Tiene unos hombros anchos y redondeados, brazos definidos, un six-pack que parece tallado en piedra y una espalda en V que quita el aliento. Pero lo que realmente vuelve locos a todos, y a mí en secreto, son sus glúteos y piernas. Enormes, musculosos, redondos y duros. Cada paso que da hace que se flexionen y tiemblen con una fuerza contenida que parece capaz de romper cualquier cosa. Al día siguiente de volver de la facultad, a las nueve en punto de la mañana, la esperaba en la puerta de casa. Llevaba mi ropa de gimnasio más discreta: una camiseta holgada y un short negro que me quedaba un poco grande.

El corazón me latía fuerte. Iba a entrenar con mamá. Solo con ella. La puerta se abrió y salió. Dios mío. Llevaba un top deportivo mínimo, negro, tan pequeño que apenas cubría la parte inferior de sus pechos firmes. Dejaba al descubierto sus brazos torneados, sus hombros redondos, todo su abdomen marcado con esos seis cuadros perfectos y la mayoría de su espalda esculpida. Los shorts… eran un pecado. De licra negra, super pegados, tan cortos que apenas lograban contener la mitad inferior de sus glúteos masivos. La tela se hundía entre ellos, marcando cada curva, cada separación.

Sus piernas parecían dos columnas de músculo puro, venosas, brillantes por el aceite que se había puesto.

Listo, mi amor —dijo con esa voz cálida y ronca que siempre me desarmaba

—. Ya nos vamos al gimnasio. Queda a tres cuadras, pero iremos caminando para calentar.

Se acercó, me tomó la cara con las dos manos y me dio un beso en los labios. No fue un pico rápido. Fue un beso suave, prolongado, con sus labios carnosos presionando los míos durante dos segundos eternos.

Luego entrelazó sus dedos con los míos.Me sonrojé hasta las orejas.

—Mamá… ya estoy muy grande para esto —protesté, aunque mi voz salió más aguda y débil de lo que quería.

Ella soltó una risa grave y preciosa, echando la cabeza un poco hacia atrás. Sus abdominales se contrajeron visiblemente.

—Mi bebito siempre será mi bebito, aunque tenga cien años. Vamos. Y así, de la mano como cuando tenía cinco años, caminamos las tres cuadras.

Yo intentaba no mirar cómo sus glúteos se movían con cada paso, pero era imposible. La tela de los shorts se estiraba y se hundía, marcando la forma perfecta de ese culo de competición. Sentía mi cara ardiendo y algo más empezando a despertarse entre mis piernas. El gimnasio estaba casi vacío a esa hora. Mamá me llevó directo a la zona de glúteos. Colocó una barra con peso ligero y me miró con una sonrisa orgullosa.

—Empezamos con hip thrusts. Es el mejor ejercicio para glúteos y piernas. Mira cómo lo hago yo primero. Se sentó en el suelo, apoyó la espalda contra el banco, colocó la barra sobre sus caderas y flexionó las rodillas. Luego, con un movimiento lento y controlado, empujó hacia arriba. Joder. Sus glúteos se elevaron como dos montañas de músculo. La licra de los shorts se tensó hasta el límite, marcando cada fibra. Cuando llegó arriba, apretó fuerte, y vi cómo los glúteos se contraían con fuerza brutal, separándose ligeramente y luego juntándose en una masa dura y redonda. Sus muslos cuádriceps se hincharon, las venas aparecieron, y el six-pack se marcó aún más mientras mantenía la posición dos segundos.

Bajó despacio, controlando cada centímetro, y los glúteos se estiraron, suaves y poderosos al mismo tiempo. Repitió el movimiento una y otra vez, más rápido, más fuerte. Cada subida hacía que su culo se inflara, temblara y luego se endureciera como acero. El sudor empezó a brillar en su piel blanca. Un gemidito de esfuerzo se le escapaba cada vez que apretaba arriba. Yo estaba paralizado. Mi mirada clavada en ese espectáculo. Sentía cómo mi polla, pequeña pero muy sensible, se endurecía sin control dentro del short.

Se levantó completamente, empujando la tela, formando una tienda evidente. Intenté cruzar las piernas, pero era tarde. Estaba completamente empalmado mirando a mi propia madre.

—Ahora tú, cariño —dijo ella, todavía jadeando un poco, con las mejillas sonrosadas—. Un set cortito para principiantes. Diez repeticiones. Yo te guío.

Me senté donde ella había estado. La barra se sentía pesada sobre mis caderas estrechas. Intenté empujar hacia arriba, pero mi mente estaba en otra parte: en el olor a sudor limpio y perfume de mamá, en la imagen de sus glúteos contrayéndose, en cómo sus muslos se abrían y cerraban con cada repetición.

—Arriba fuerte, mi amor… aprieta los glúteos arriba —me animaba ella, arrodillada a mi lado.

Cada vez que subía, mi polla dura rozaba contra la tela del short y contra la barra. Sentía un placer vergonzoso. Mis mejillas ardían. Mamá no parecía darse cuenta… o sí. Sus ojos bajaban a veces a mi entrepierna, pero solo sonreía con dulzura y seguía animándome.

—Así, muy bien… uno más… aprieta fuerte el culito…Terminé el set con las piernas temblando y la polla palpitando, húmeda en la punta.

—Excelente, mi amor —dijo, y me pasó la mano por el pelo sudoroso.

En ese momento escuchamos una voz grave y femenina detrás de nosotros.—Vaya, vaya… ¿ya tienes nuevo compañero de entrenamiento, Mariana?

Me giré. Era una mujer negra impresionante. Medía al menos 1,94 metros. Su cara era hermosa, de rasgos exóticos y labios gruesos. Llevaba trenzas africanas largas, gruesas, que le llegaban hasta la mitad de los glúteos. Los hombros y pectorales eran enormes y definidos, pero lo que más impactaba era su busto: dos pechos enormes, redondos y firmes que tensaban la tela de su top. Tenía un eight-pack brutal, una espalda tan ancha y esculpida que parecía la de un Mr. Olympia masculino, y unos brazos que podrían competir con los de cualquier culturista profesional de las categorías de 212 o classic physique.

Sus piernas y glúteos… eran aún más grandes y musculosos que los de mamá. Unos muslos que parecían troncos, y unos glúteos tan masivos que el short apenas existía sobre ellos. Mamá sonrió con una expresión que nunca le había visto: coqueta, casi depredadora.

—Georgia, qué sorpresa tan rica. Se acercaron y se saludaron de una forma que me dejó sin aliento. Mi madre puso las manos sobre los hombros redondos de Georgia y las deslizó lentamente hacia abajo, palpando los pectorales enormes. Sus dedos se hundieron en la carne dura, rozando los costados de esos pechos gigantes. Georgia flexionó los pectorales y los bíceps para ella. Mamá soltó un murmullo de admiración y apretó los brazos de Georgia, sintiendo cómo las venas y las fibras se marcaban bajo sus palmas.

Sus manos bajaron por los costados, recorriendo las costillas marcadas y el eight-pack, deteniéndose justo encima de la cintura estrecha. Georgia no se quedó atrás. Colocó sus manos grandes y fuertes en las caderas de mamá y las deslizó hacia abajo con descaro. Apretó los glúteos de Mariana con ambas manos, separándolos ligeramente y luego juntándolos, sintiendo su dureza y tamaño. Mamá soltó un gemidito bajito. Georgia siguió bajando, recorriendo los muslos de mamá con las palmas abiertas, apretando la carne interna, rozando casi la entrepierna. Sus dedos se clavaron en los cuádriceps, subiendo y bajando, admirando cada curva.

—Joder, Mariana… estos glúteos cada día están más perfectos —ronroneó Georgia, apretando otra vez con fuerza, haciendo que la carne de mamá rebosara entre sus dedos—. Y estas piernas… me dan ganas de arrodillarme y lamerlas enteras.Mamá se rio con voz entrecortada y respondió tocando los bíceps de Georgia otra vez, luego bajando hasta los antebrazos venosos.—Tus brazos son una puta locura, Georgia… y este culo tuyo —sus manos bajaron hasta los glúteos negros y enormes de Georgia, apretándolos con las dos manos, hundiéndose en la carne dura y blanda al mismo tiempo—… es más grande y más duro que el mío. Me tienes envidiosa. Las dos mujeres se miraban a los ojos con una tensión sexual tan espesa que casi se podía tocar. Sus cuerpos se rozaban. Los pechos enormes de Georgia presionaban contra el pecho de mamá. Las manos seguían explorando: Mariana acariciaba la espalda esculpida de Georgia, bajando hasta la curva donde empezaban los glúteos; Georgia metía los dedos bajo el borde del short de mamá, tocando piel desnuda, apretando la carne suave justo debajo del glúteo. Estaban prácticamente pegadas, respirando más fuerte, cuando de pronto mamá giró la cabeza y me vio. Yo ya había terminado mi set hacía rato y estaba allí de pie, con la polla todavía dura y la cara completamente roja. Mamá sonrió con picardía.

—Georgia, te presento a mi hijo, Alexis. Acaba de volver de la universidad y quiere que lo ponga fuerte.

Georgia se giró hacia mí. Sus ojos recorrieron mi cuerpo pequeño y afeminado con una mezcla de ternura y algo más oscuro.

—Encantada, Alexis —dijo con voz profunda y sensual.

Se acercó y me dio un abrazo fuerte. Sus brazos enormes me envolvieron. Sentí sus pectorales y pechos enormes aplastándose contra mi cara y pecho. Sus abdominales duros contra mi estómago. Sus piernas rozando las mías y al rodearla por la cintura justo por encima de los glúteos sentía la dureza de esto. Olía a sudor fresco, perfume caro y pura feminidad dominante. Me apretó contra ella durante varios segundos, dejándome sentir cada músculo. Luego se separó un poco, me tomó la cara con una mano enorme y me dio un beso en la mejilla… pero muy, muy cerca de la comisura de la boca. Sus labios carnosos se demoraron un segundo más de lo necesario. Sentí su aliento caliente. Me sonrojé violentamente. Mi polla dio un salto dentro del short. Mamá nos miraba con una sonrisa satisfecha y traviesa. No tenía ni idea de lo que acababa de empezar… pero algo me decía que este “entrenamiento” iba a ser mucho más intenso y prohibido de lo que jamás imaginé.

El abrazo de Georgia todavía me tenía el corazón latiendo desbocado. Sentía el calor de sus pechos enormes contra mi pecho, el roce de sus labios tan cerca de mi boca y ese olor a mujer fuerte, sudada y perfumada que se me había quedado pegado a la piel. Mi polla, ya medio dura desde los hip thrusts anteriores, palpitaba insistentemente dentro del short. Mamá me miró con esa sonrisa traviesa que empezaba a reconocer demasiado bien y me revolvió el pelo.

—Descansa un minutito más, mi bebito, y luego haces otro set cortito de hip thrusts. Cuando termines me avisas, ¿sí? Yo mientras voy a empezar mis sentadillas. Se dio la vuelta y caminó hacia la zona de pesas libres.

Sus glúteos se movían con ese balanceo pesado y poderoso que hacía que los shorts se le clavaran más entre las nalgas. Georgia la siguió de inmediato, y pude ver mejor su atuendo: casi idéntico al de mamá, pero en colores que contrastaban brutalmente con su piel negra brillante. Llevaba un top rojo fuego, mínimo y elástico, que se tensaba sobre sus pectorales y ese busto enorme, dejando ver la mayor parte de su espalda esculpida y sus abdominales de ocho cuadros. Los shorts eran del mismo rojo intenso, tan pegados y cortos que parecían pintados sobre sus glúteos y muslos descomunales. El rojo vivo hacía que cada músculo, cada vena y cada curva resaltara como si estuviera iluminada. Era una visión intimidante y obscenamente sexy. Mamá cargó la barra con 70 kilos, la colocó sobre sus hombros y se posicionó frente al espejo. Georgia se colocó justo detrás de ella, muy cerca. Demasiado cerca.

— ¿Quieres que te haga de spot, reina? —preguntó Georgia con esa voz grave y ronca. Mamá giró la cabeza y le sonrió con los ojos entrecerrados.

— Por favor, mi amor.

Empecé mi segundo set de hip thrusts. Me senté, coloqué la barra sobre mis caderas estrechas y comencé a subir y bajar. Pero mi atención estaba completamente en ellas. El beso de Georgia me había dejado la boca sensible y la mente llena de imágenes prohibidas. Cada vez que empujaba hacia arriba, mi polla rozaba contra la barra y la tela del short, enviándome pequeñas descargas de placer vergonzoso. Mariana bajó despacio en la primera sentadilla. Sus muslos enormes se flexionaron, los cuádriceps se hincharon como cables de acero bajo la piel blanca, y los glúteos se abrieron ligeramente, tensando la tela roja-negra de los shorts hasta el límite. Cuando subió, apretó con fuerza. Sus glúteos se contrajeron violentamente, convirtiéndose en dos esferas duras y redondas que empujaron hacia atrás. La carne tembló un segundo antes de endurecerse por completo. Georgia estaba pegada a ella, literalmente abrazándola por detrás. Su pelvis grande y musculosa se apretaba directamente contra los glúteos de mamá, y sus pechos enormes se aplastaban contra la espalda marcada de Mariana.

Mientras mamá bajaba de nuevo, Georgia deslizó sus manos grandes y oscuras por el frente del cuerpo de mi madre. Primero recorrió los abdominales con las palmas abiertas, sintiendo cómo los seis cuadros se contraían y endurecían con cada repetición. Sus dedos se hundían suavemente entre los surcos, acariciando, presionando. Luego subió un poco más y cubrió los pechos de mamá por encima del top mínimo. Los apretó con descaro, masajeándolos mientras mamá subía de la sentadilla. Podía ver cómo los dedos negros de Georgia se clavaban en la carne firme, cómo los pezones de mamá se marcaban claramente bajo la tela.

—Más abajo, bonita… así, abre bien esas piernas —susurraba Georgia al oído de mamá, y su pelvis se restregaba lentamente contra los glúteos de Mariana en cada subida. Cuando mamá llegaba arriba y apretaba los glúteos, Georgia bajaba las manos hasta ellos y los agarraba con fuerza, ayudándola a mantener la contracción. Sus dedos se hundían en la carne blanca y dura, separando ligeramente las nalgas y luego juntándolas, palpando, acariciando la curva inferior donde el short apenas cubría. Mamá soltaba pequeños gemidos de esfuerzo mezclados con algo más… algo más húmedo y placentero.

Sus muslos temblaban, venosos y brillantes de sudor, mientras subía y bajaba con control perfecto. Cada flexión hacía que sus glúteos se inflaran y endurecieran contra la pelvis de Georgia, que seguía frotándose contra ella sin disimulo. Yo ya no podía más. Mis hip thrusts se volvieron más agresivos, casi desesperados. Cada vez que subía, presionaba mi polla dura contra la barra con más fuerza, frotándola a través de la tela. El roce era constante, húmedo, caliente. Miraba fijamente a mamá: cómo sus glúteos se contraían y temblaban, cómo Georgia los masajeaba abiertamente, cómo sus manos negras subían y bajaban por el abdomen marcado, apretando los pechos, pellizcando sutilmente los pezones que se veían duros. El sonido de la respiración agitada de mamá, los gemiditos que soltaba, el choque suave de los cuerpos de las dos mujeres… todo se me metía en la cabeza.Mi polla estaba empapada. Sentía el glande hinchado rozando una y otra vez contra la barra y la licra. Empecé a apretar más fuerte arriba, manteniendo la contracción de glúteos mientras frotaba mi erección disimuladamente.

El placer subió rápido, vergonzoso, inevitable. Miraba los muslos blancos y poderosos de mamá flexionándose, los glúteos abriéndose y cerrándose contra el cuerpo de Georgia, las manos grandes y oscuras de Georgia recorriendo cada centímetro de ese cuerpo que yo conocía tan bien desde niño. No pude contenerme más. Un calor brutal me subió por la columna. Mis caderas temblaron, empujé hacia arriba con fuerza y me corrí. Fue intenso, largo, casi doloroso de lo mucho que había acumulado. Chorros espesos y calientes de semen salieron disparados dentro del short, empapando la tela, rebosando y manchando visiblemente la parte delantera. Uno, dos, tres, cuatro chorros fuertes que dejaron una mancha oscura y obscena, grande, que se extendía por la entrepierna y bajaba un poco por el muslo.

Mi cuerpo se convulsionó mientras seguía empujando la barra, intentando disimular, pero era imposible. Gemí bajito, casi un quejido, y sentí cómo el semen caliente se deslizaba por mi piel pequeña y sensible. Cuando terminé el set y me quedé sentado, jadeando, con la cara roja y los ojos vidriosos, mamá y Georgia se giraron hacia mí. Vieron la mancha inmediatamente. En lugar de sorpresa o vergüenza, las dos soltaron una risa grave, cómplice y llena de diversión. Mamá se cubrió la boca con la mano, pero sus ojos brillaban. Georgia se mordió el labio inferior, claramente excitada.

—Ay, mi bebito… —dijo mamá acercándose, todavía con la respiración agitada del entrenamiento—. Mira cómo te has puesto.

Georgia se acercó también, sus glúteos enormes moviéndose con cada paso. Se agachó un poco frente a mí, sin ninguna vergüenza, y observó la mancha grande y húmeda.

—Qué rico… —murmuró—. Parece que el entrenamiento te está gustando mucho, Alexis.

Mamá me pasó la mano por el pelo sudoroso y me dio un beso suave en la frente, luego otro, más lento, cerca de la comisura de la boca, igual que Georgia antes.

—Después del entrenamiento nos vamos a casa a jugar parchís los tres… ¿Quieres participar, mi amor? —preguntó mamá con voz dulce pero cargada de intención. Georgia sonrió ampliamente, sus dientes blancos contrastando con la piel oscura, y añadió:

—Va a ser un juego muy… entretenido. ¿Te animas, guapo? Me quedé allí sentado, con el semen todavía chorreando dentro del short, la cara ardiendo y el corazón a mil. No sabía qué decir. Solo asentí, tímido y excitado a partes iguales. Algo me decía que este “parchís” no iba a tener nada que ver con el juego que yo conocía… y que apenas estaba empezando.

El camino de regreso a casa fue un suplicio delicioso y tortuoso. Caminábamos los tres juntos, con el sol de la mañana ya calentando el aire, pero el calor que sentía yo era otro. La mancha de semen en mis shorts se había secado un poco, pegajosa y evidente, y cada paso hacía que la tela rozara mi polla sensible, recordándome lo que había pasado en el gimnasio. Mamá iba a mi izquierda, cogida de mi mano como siempre, pero esta vez sus dedos jugaban con los míos de forma más lenta, más intencional. Georgia iba a la derecha de mamá, y de vez en cuando sus brazos se rozaban, sus hombros chocaban con esa familiaridad que ya no era solo de amigas.

Ninguna de las dos hablaba de lo que había visto de cómo me había corrido mirándolas, de cómo Georgia había frotado su pelvis contra los glúteos de mamá mientras la “ayudaba” con las sentadillas, pero sus sonrisas cómplices y las miradas que me lanzaban lo decían todo Llegamos a casa. El aire acondicionado nos recibió como un abrazo fresco. Yo estaba sudado, pegajoso, con el olor a esfuerzo y semen impregnado en la piel.

—Ve a ducharte primero, mi bebito —dijo mamá, dándome un beso suave en la mejilla que se demoró demasiado cerca de la boca—. Nosotras nos cambiamos y preparamos todo para el parchís.

Subí las escaleras casi corriendo. Cerré la puerta del baño con llave por primera vez en años y me quité la ropa con prisa. El short cayó al suelo con un sonido húmedo. Mi polla, pequeña y rosada, todavía estaba medio dura, sensible por todo lo vivido. Me metí bajo el chorro de agua caliente y dejé que cayera sobre mi cara, mi pecho estrecho, mis caderas afeminadas. No pude evitarlo. Apoyé una mano en la pared de azulejos y con la otra agarré mi polla. Estaba hinchada, el glande rojo y brillante. Empecé a mover la mano despacio, recordando cada imagen: los glúteos de mamá contrayéndose bajo las manos de Georgia, los dedos negros hundiéndose en su carne blanca, los pechos enormes de Georgia aplastándose contra la espalda de mamá mientras se frotaba contra ella. Pensé en el beso de Georgia tan cerca de mi boca, en cómo sus brazos me habían envuelto, en cómo mamá me había llamado “mi bebito” mientras sabía perfectamente lo que me provocaba. Aceleré el movimiento. El agua resbalaba por mi cuerpo delgado, por mis piernas suaves. Me mordí el labio para no gemir fuerte. Imaginé a las dos en la ducha juntas, sus cuerpos musculosos y sudorosos pegados, las manos de Georgia recorriendo los abdominales de mamá, bajando hasta su coño… Me imaginé a mí entre ellas, pequeño y vulnerable, tocado por esas mujeres gigantes y fuertes.

El orgasmo llegó rápido y brutal. Mi cuerpo se tensó, mis rodillas flaquearon. Eyaculé con fuerza, chorros largos y espesos que golpearon la pared de la ducha y se deslizaron por los azulejos. Uno, dos, tres, cuatro… más de lo normal, como si el gimnasio hubiera abierto una compuerta. Gemí bajito, temblando, mientras la mano seguía moviéndose hasta que no quedó nada. Me quedé ahí un minuto entero, jadeando bajo el agua, con la sensación de vacío placentero y culpa mezcladas. Me sequé, me puse ropa limpia, un short suave de algodón y una camiseta holgada, y bajé. La sala estaba en penumbra, con las cortinas corridas para que entrara solo un poco de luz. Y ahí estaban ellas. Dios mío. Mamá y Georgia ya se habían duchado y cambiado.

Mamá llevaba un camisón corto de seda blanca, tan fino que era casi transparente. Se le marcaban los pezones oscuros y duros, y el six-pack se insinuaba bajo la tela. El camisón apenas le llegaba a medio muslo, dejando ver las piernas musculosas y los glúteos redondos que se movían cuando caminaba. Georgia… Georgia llevaba algo parecido, pero negro y aún más provocador: un conjunto de top y short de encaje que dejaba ver sus pechos enormes apenas contenidos, los abdominales de ocho marcados como si estuvieran tallados, y los glúteos y muslos tan masivos que el short parecía a punto de reventar.

Su piel negra brillaba bajo la luz tenue, y las trenzas largas caían sobre sus hombros. Estaban sentadas en el suelo, frente a la mesa baja donde ya habían sacado el tablero de parchís. Y estaban tomadas de las manos. Los dedos de mamá entrelazados con los de Georgia, acariciándose suavemente las palmas.

—Ven, mi amor —dijo mamá con voz suave y ronca—. Ya

estamos listas. Elige tu color.

Me senté frente a ellas, todavía con las mejillas calientes. Elegí el azul sin pensar. Mamá tomó el rojo, Georgia el verde. Lanzamos los dados para ver quién empezaba. Antes de tirar el primer dado, Georgia sonrió con esa boca grande y sensual.

—Propongo una regla especial —dijo, mirando primero a mamá y luego a mí—. El ganador… puede pedir lo que quiera a los dos perdedores. Cualquier cosa. Mamá soltó una risa baja, excitada. Sus ojos brillaron. Apretó la mano de Georgia con más fuerza.

—Me encanta la idea —murmuró, y me miró directamente—. ¿Qué dices, bebito? ¿Te animas?

Sentí cómo la sangre volvía a bajar a mi entrepierna. Mi polla se movió dentro del short suave. La tensión sexual en el aire era espesa, casi palpable. Asentí, incapaz de hablar. Empezamos a jugar. La conversación fluyó natural al principio. Tirábamos dados, movíamos fichas, reíamos cuando alguien comía a otro. Pero pronto mamá y Georgia empezaron a hablar de cómo se habían conocido.

—Fue en una competencia regional hace tres años —contó mamá, tirando el dado con una mano mientras la otra seguía bajo la mesa—. Yo competía en Wellness, Georgia en Women’s Bodybuilding. Las dos ganamos nuestras categorías. Recuerdo verla en el escenario… Dios, esos hombros, esos brazos… nunca había visto una mujer tan poderosa. Georgia sonrió, moviendo su ficha verde.

—Y yo vi a Mariana posando… esos glúteos, esa cintura tan estrecha, ese six-pack perfecto… Me quedé hipnotizada. Después de la premiación nos acercamos, empezamos a hablar. Nos hicimos amigas rápido. Empezamos a entrenar juntas, a darnos consejos. Ella me ayudaba con la simetría, yo le daba tips de fuerza bruta…Mientras hablaban, noté algo.

Sus manos ya no estaban sobre la mesa. Habían desaparecido bajo ella. Mamá tenía las mejillas un poco sonrosadas, y Georgia mordía su labio inferior de vez en cuando. Vi cómo la pierna de mamá se movía ligeramente, cómo el muslo musculoso se tensaba bajo el camisón corto .Estaban tocándose. Disimuladamente, pero no tanto. La mano de Georgia debía estar en el muslo de mamá, subiendo y bajando. Mamá tenía los ojos entrecerrados, y de vez en cuando soltaba un suspiro muy leve al tirar el dado. Vi cómo la mano de mamá se movía también, rozando la pierna enorme y dura de Georgia, subiendo hasta donde el short de encaje apenas cubría. Mis fichas avanzaban lento.

Mi polla volvía a estar dura, presionando contra la tela del short. Cada vez que mamá se inclinaba para mover una ficha, el camisón se abría un poco más, dejando ver el borde de sus pezones. Georgia se estiraba “casualmente”, y sus pechos enormes se movían bajo el encaje negro. Y bajo la mesa… sus piernas se rozaban, se abrían, se buscaban. Los dedos de una acariciaban la cara interna del muslo de la otra, subiendo más y más, hasta donde yo solo podía imaginar. El parchís seguía, pero ya nadie prestaba atención real a las fichas. Esto solo era el comienzo.

El regreso a casa se sintió eterno y cargado de una electricidad que me recorría la piel. Mamá seguía cogida de mi mano, sus dedos cálidos y fuertes entrelazados con los míos, mientras Georgia caminaba al otro lado, rozando el hombro de mamá con cada paso. Ninguna dijo nada sobre lo que había pasado en el gimnasio, pero las miradas que se lanzaban y las que me lanzaban a mí eran como caricias invisibles.

Llegamos, y el aire fresco de la casa me golpeó como una bendición.

—Ve a ducharte, mi bebito —me dijo mamá con esa voz suave y ronca que siempre me desarmaba—. Nosotras nos cambiamos y preparamos el parchís. No tardes.

Subí las escaleras con las piernas todavía temblando un poco. Entré al baño, cerré la puerta y me quité la ropa empapada de sudor y semen seco. Mi cuerpo pequeño y afeminado se reflejó en el espejo: la cara bonita y sonrojada, los hombros estrechos, la cintura fina. Mi polla, ya medio dura otra vez solo de recordar las manos de Georgia en los glúteos de mamá, colgaba pesada entre mis piernas suaves. Me metí bajo el chorro caliente.

El agua cayó sobre mi pecho, mi abdomen plano, mis caderas. No pude resistirme. Apoyé la frente en los azulejos y agarré mi polla con la mano derecha. Empecé a moverla despacio, imaginando todo otra vez: los glúteos blancos y duros de mamá contrayéndose contra la pelvis de Georgia, los dedos negros de Georgia hundiéndose en esa carne, los gemiditos que mamá soltaba mientras se “ayudaba” con las sentadillas. Pensé en el beso de Georgia cerca de mi boca, en cómo su aliento me había rozado los labios. Aceleré. Mi mano subía y bajaba con más fuerza, el agua resbalando por mi glande sensible. Gemí bajito, mordiéndome el labio. Me corrí con fuerza, casi violentamente.

Chorros espesos, abundantes, salieron disparados contra la pared, uno tras otro, más de lo que esperaba después de lo del gimnasio. Mi cuerpo se sacudió, las rodillas me flaquearon. Me quedé ahí un rato, jadeando, viendo cómo el semen se mezclaba con el agua y se iba por el desagüe. Me sentí vacío, culpable y excitado al mismo tiempo.

Me sequé, me puse un short de algodón suave y una camiseta holgada, y bajé .La sala estaba en penumbras, con las cortinas casi cerradas para que solo entrara una luz suave y dorada. Y ahí estaban ellas.Mamá y Georgia ya se habían duchado y cambiado… o más bien, desvestido. Estaban sentadas en el suelo, frente a la mesa baja donde ya estaba el tablero de parchís preparado. Mamá llevaba solo un brasier blanco de encaje fino, casi transparente, que apenas contenía sus pechos firmes y sus pezones oscuros que se marcaban claramente. Abajo, unas panties blancas diminutas, de las que se clavan entre los glúteos y dejan ver la forma perfecta de su coño depilado.

Georgia, a su lado, llevaba un brasier negro de deporte que se tensaba sobre sus pechos enormes y sus pectorales marcados, y unas panties negras de encaje que desaparecían entre sus glúteos masivos y sus muslos de acero. Estaban tomadas de las manos, los dedos acariciándose las palmas con lentitud. Me quedé parado en la entrada, mirándolas. El calor me subió a la cara… y a la entrepierna. Mi polla se movió dentro del short, endureciéndose otra vez a pesar de la ducha.

—Ay, mi amor, ven —dijo mamá con una sonrisa dulce y traviesa—. Hace un calor de locos, ¿verdad? Y total… soy culturista de toda la vida, tú me has acompañado a todas las competencias desde chiquito. Me has visto en bikini de competición mil veces. No te va a importar vernos así, ¿o sí? Georgia soltó una risita grave y me miró de arriba abajo.

—Exacto, guapo. Estamos en confianza. Siéntate. Me senté frente a ellas, con las mejillas ardiendo y la polla ya completamente dura presionando contra la tela. Elegí el azul. Mamá el rojo, Georgia el verde. Empezamos a tirar dados. Antes del primer movimiento, Georgia se inclinó un poco hacia adelante, sus pechos enormes moviéndose bajo el brasier.

—Propongo una regla para hacerlo más divertido —dijo con voz profunda y maliciosa—. El que gane… puede pedir lo que quiera a los dos perdedores. Cualquier cosa. Sin límites.

Mamá sonrió con esa expresión de excitación pura, los ojos brillantes y los labios entreabiertos. Apretó la mano de Georgia con más fuerza.

—Me encanta —murmuró, mirándome directamente—. ¿Qué dices, bebito?

La tensión sexual en el aire era tan espesa que casi se podía tocar. Mi polla dio un salto. Asentí, con la voz ahogada. La partida empezó. Al principio hablamos de tonterías: el calor, el gimnasio, mis clases en la universidad. Pero pronto mamá y Georgia empezaron a contarme cómo se habían conocido.

—Fue en una competencia regional hace como tres años —dijo mamá, tirando el dado con una mano mientras la otra desaparecía bajo la mesa—. Yo en Wellness, ella en Women’s Bodybuilding. Las dos salimos campeonas de nuestras categorías. Cuando la vi en el escenario… Dios, esos hombros, esos brazos, esa espalda en V… me quedé sin aliento. Georgia sonrió, moviendo su ficha, y su pierna se rozó claramente contra la de mamá bajo la mesa.

—Y yo vi a Mariana posando… esos glúteos redondos y duros, esa cintura tan estrecha, ese six-pack que parecía pintado… Me mojé solo de mirarla. Después de la premiación nos acercamos, empezamos a hablar. Nos hicimos inseparables. Empezamos a entrenar juntas. Ella me enseñaba simetría y poses, yo le daba fuerza bruta y tips para hipertrofia…Mientras hablaban, vi lo que pasaba bajo la mesa. Sus manos ya no estaban a la vista.

La pierna de mamá se abrió un poco más, el muslo musculoso tensándose. La mano de Georgia debía estar ahí, acariciando la cara interna, subiendo despacio hacia las panties. Mamá soltó un suspiro muy leve cuando tiró el dado. La mano de mamá también se movía, rozando el muslo enorme de Georgia, subiendo hasta donde las panties negras se hundían entre sus labios gruesos. Mis fichas avanzaban lento. Mi polla estaba empapada otra vez, palpitando.

Cada vez que mamá se inclinaba para mover una ficha, el brasier se abría un poco y veía el borde de sus pezones. Georgia se estiraba “casualmente” y sus abdominales de ocho se marcaban como acero negro. La partida llegó a su fin. Georgia movió la última ficha y soltó una risa grave, victoriosa.

—Gané. Mamá se rio también, pero con una excitación que le brillaba en los ojos. Georgia se levantó despacio, sus glúteos flexionándose como dos montañas de músculo.

—Mi premio —dijo con voz ronca, mirándonos a los dos—. Siempre he tenido la fantasía de sexo interracial… y de follarme a una madre y su hijo al mismo tiempo. Quiero los dos. Ahora. Mamá se mordió el labio y me miró con ternura y deseo.

—Mi amor… como ya habrás intuido, hay algo entre Georgia y yo. Desde que me divorcié de tu papá, me dediqué en cuerpo y alma a criarte. Estoy tan orgullosa de ti, de lo amable, inteligente y responsable que eres. Pero también soy una mujer, con necesidades. Soy bisexual, y después de ese matrimonio de mierda con un hombre… quería experimentar con una mujer que me entendiera de verdad. Georgia es perfecta para eso. Ahora que eres adulto, ya no necesito cuidarte como antes… y creo que lo aceptarás. Además, bajó la voz, sonrojándose un poco, te encuentro un muchachito muy atractivo. Me gustaría que los tres nos diéramos placer. Si tú quieres, claro.Me quedé sin palabras. El corazón me latía en la garganta. Mi polla estaba dura como nunca. Me sonrojé hasta las orejas, pero asentí.

—Sí… quiero.Mamá y Georgia se miraron con una complicidad que me hizo temblar. Cada una tomó una de mis manos, mamá la derecha, Georgia la izquierda, y me levantaron con facilidad. Me guiaron hacia la habitación de mamá, al final del pasillo.Caminaba detrás de ellas, embobado. Mamá delante, sus glúteos blancos y redondos moviéndose con cada paso, las panties clavadas entre las nalgas, marcando cada curva. Sus piernas musculosas se flexionaban, las venas apareciendo en los cuádriceps. Georgia a su lado, más alta, más imponente: sus glúteos negros y enormes balanceándose como dos planetas, los muslos tan gruesos que casi se tocaban, la espalda esculpida brillando bajo la luz. Sus trenzas largas se movían sobre sus hombros anchos.

Eran dos diosas caminando, y yo, pequeño y frágil, iba entre ellas como un ofrenda.Llegamos a la habitación. La cama grande, las sábanas blancas, la luz tenue de la lámpara.Georgia se quitó el brasier y las panties en un solo movimiento. Quedó completamente desnuda. Su cuerpo era una obra maestra: pechos enormes y firmes, pezones grandes y oscuros, abdominales de ocho perfectos, brazos venosos, piernas que parecían columnas. Su coño estaba depilado, los labios gruesos y brillantes.

—Desnúdense —ordenó con voz suave pero firme—. Mariana, arrodíllate frente a mí. Alexis, atrás.Obedecimos. Mamá se quitó el brasier y las panties, revelando su cuerpo blanco y marcado: pechos firmes, six-pack, glúteos perfectos. Yo me quité todo, mi polla pequeña y dura apuntando hacia arriba.Mamá se arrodilló frente a Georgia. Yo detrás, de rodillas.

—Adoren mi cuerpo —dijo Georgia. Empecé por sus pies. Grandes, fuertes, con las uñas pintadas de rojo. Los besé, los lamí, chupé cada dedo. Subí por las pantorrillas duras y venosas, besando la piel negra y suave. Llegué a los muslos: gruesos, musculosos, calientes. Los lamí despacio, saboreando el sudor ligero, apretando la carne con las manos. Subí a los glúteos. Dios, eran enormes. Los besé, los chupé, metí la lengua entre las nalgas. Los apreté, los separé. Encontré su ano, rosado y apretado entre toda esa masa de músculo. Lo lamí con devoción, metiendo la lengua adentro, saboreando su sabor almizclado y dulce.

Georgia gimió grave. Mamá, al frente, lamía los pechos de Georgia, bajaba por los abdominales, y llegó a su coño. Empezó a chupárselo con hambre, la lengua moviéndose entre los labios gruesos, succionando el clítoris hinchado.Yo seguía con el beso negro: lengua profunda, besos húmedos, chupando, lamiendo. Georgia empezó a temblar. Sus glúteos se contraían alrededor de mi cara. Mamá gemía mientras la comía. Georgia soltó un gemido largo, profundo, y se corrió. Su ano se contrajo contra mi lengua, su coño chorreado en la boca de mamá. Tembló entero, sus piernas de acero vibrando.Cuando terminó, Georgia se volteó. Ahora me enfrentaba a mí, dándole la espalda a mamá.

—Mariana, bésame el culo. Apriétame los glúteos. Alexis, sigue adorándome.Mamá obedeció: se pegó a los glúteos de Georgia y empezó a lamerle el ano con devoción, las manos apretando esa masa enorme.Yo empecé por los abdominales. Flexionados, duros como ladrillos. Los lamí uno por uno, metiendo la lengua en los surcos, besando, chupando la piel salada. Georgia los contraía para mí, haciéndolos más marcados.Luego se agachó un poco, bajando a mi altura.

Sus pechos enormes quedaron frente a mi cara. Empecé a adorarlos: lamí un pezón, lo chupé, lo mordí suave. Pasé al otro. Georgia flexionaba los pectorales, haciendo que los pechos se endurecieran y se movieran. Los besé, los apreté contra mi cara.Subí más. Georgia levantó los brazos y hizo la pose de doble bíceps. Sus brazos eran monstruosos: bíceps enormes, venosos, bultos perfectos. Los lamí, los besé, metí la lengua en las curvas. Luego las axilas: depiladas, pero con un olor fuerte, almizclado, a sudor fresco y perfume caro. Hundí la nariz y aspiré profundo. Lamí el sudor, saboreándolo. Era salado, intenso, adictivo.

—¿Te gusta mi perfume, bebito? —preguntó Georgia con voz ronca, flexionando más los brazos.—Me encanta… —gemí, lamiendo con más hambre—. Hueles a mujer fuerte… a sexo…Seguí lamiendo, oliendo, besando sus axilas mientras mamá seguía comiéndole el culo detrás. Georgia soltó una risa grave y satisfecha. De pronto me tomó por las axilas con sus manos enormes. Me levantó como si no pesara nada. Rodeé su cintura con mis piernas delgadas. Mi polla dura se estrelló contra sus abdominales duros y calientes.Me dio un beso francés profundo, su lengua invadiendo mi boca, saboreándome. Mamá seguía detrás, lamiendo.

—Apenas estamos empezando, mi niño —susurró contra mis labios, mordiéndome el inferior—. Apenas estamos empezando.

Georgia me tenía en brazos como si yo fuera una pluma, mis piernas delgadas rodeando su cintura ancha y musculosa, mi polla dura y pequeña aplastada contra sus abdominales de acero negro. Su lengua seguía invadiendo mi boca en un beso profundo, húmedo, posesivo, mientras sus manos enormes me sujetaban por las nalgas, apretándolas con fuerza. Yo temblaba entero, pequeño y vulnerable contra ese cuerpo de diosa. Entonces sentí las manos de mamá por detrás.Sus dedos suaves y calientes rodearon mi polla. La agarró con delicadeza, pero con decisión, y la dirigió hacia abajo. Sentí la cabeza hinchada rozar algo caliente, húmedo, resbaladizo. El coño de Georgia. Abierto, hinchado, empapado después de todo lo que le habíamos hecho.Me sonrojé hasta las orejas. Mi corazón latió tan fuerte que pensé que se me iba a salir del pecho.

—Mamá… —susurré contra los labios de Georgia, avergonzado, tímido, como el niño que todavía era en muchos sentidos.Pero Georgia no me dejó terminar. Empezó a moverse. Despacio al principio. Bajó un poco las caderas, y mi polla se hundió en ella. Centímetro a centímetro. Sentí cómo sus paredes calientes y apretadas me envolvían, cómo su coño me succionaba, cómo se ajustaba perfectamente a mi tamaño pequeño pero tan duro. Era mi primera vez. Mi virginidad se estaba yendo así, dentro de esta mujer negra y poderosa, mientras mi propia madre me guiaba.Georgia gimió grave contra mi boca y empezó a subir y bajar con ritmo lento, controlado.

Sus glúteos masivos se flexionaban bajo mis muslos, sus abdominales se contraían contra mi polla. Cada bajada me metía hasta el fondo. Cada subida hacía que su coño me apretara, como si no quisiera dejarme salir.

—Shhh, mi niño… —susurró Georgia, mordiéndome el labio inferior—. Déjate llevar.

Esto es para ti. Para los tres. Y yo… lo dejé ir. La vergüenza se disolvió en placer puro. Mis manos se aferraron a sus hombros enormes, mis dedos se hundieron en la carne dura. Empecé a gemir bajito, casi como un quejido, mientras ella me follaba en el aire. Sus pechos enormes rebotaban contra mi pecho, sus pezones duros rozándome la piel. El sonido húmedo de su coño tragándose mi polla llenaba la habitación.Mientras tanto, mamá no se quedó quieta.Sentí su aliento caliente en mi espalda, luego su lengua. Lamió despacio la curva de mi culo, separando mis nalgas pequeñas y suaves con las manos.

Su lengua llegó a mi ano, rosado y apretado, y empezó a lamerlo con devoción. Círculos lentos, húmedos, insistentes. Luego empujó. La punta de su lengua entró en mí, invadiéndome, follándome con la boca.Me sonrojé más todavía. El calor me subió por la cara.

—Mamá… ahí está sucio… —protesté con voz débil, temblorosa, intentando cerrar las piernas por instinto. Pero ella solo soltó una risita suave contra mi piel y siguió.

—Mi bebito es el más limpio del mundo —murmuró, su voz ronca y llena de amor—. Y aunque no lo fuera… jamás, jamás, nada de ti me daría asco. Eres mi retoño. Mi todo. Y siguió.

Su lengua entró más profundo, moviéndose dentro de mí, lamiendo mis paredes internas, haciendo que mi polla diera saltos dentro de Georgia. El doble placer era abrumador. Mi ano se contraía alrededor de la lengua de mamá, mi polla palpitaba en el coño de Georgia. Yo gemía sin control, la cabeza echada hacia atrás, los ojos entrecerrados.Georgia aceleró. Sus caderas subían y bajaban con más fuerza, follándome con todo su peso. Sus glúteos chocaban contra mis muslos. Mamá metía la lengua más profundo, chupando, lamiendo, gimiendo ella también.No aguanté más.

El orgasmo me golpeó como un rayo. Mi polla se hinchó dentro de Georgia y empecé a correrme. Chorros calientes, espesos, abundantes. Uno tras otro, llenándola por dentro. Georgia soltó un gemido largo y profundo, su coño se contrajo alrededor de mí y se corrió también, chorros de su flujo caliente mezclándose con mi semen, empapándome los huevos, bajando por mis piernas.Cuando Georgia me bajó despacio, mi polla salió de ella con un sonido húmedo. Un chorro grueso de semen blanco salió de su coño y cayó al suelo, goteando entre sus muslos enormes.Mamá no dudó. Se arrodilló rápido, agarró las nalgas de Georgia y hundió la cara en su coño. Lamió con hambre, succionando mi semen, tragándoselo, limpiando cada gota. Levantó la mirada hacia mí, los labios brillantes, y sonrió.

—El semen de mi bebito es delicioso… —susurró, relamiéndose—. Pero ahora… es mi turno. Me llevaron a la cama. Me sentaron en el borde, todavía jadeando, la polla sensible y roja. Entonces me di cuenta.Mientras Georgia me cargaba y yo estaba perdido en el placer, mamá se había puesto algo. Un arnés. Un dildo grueso, negro, venoso, de unos 20 centímetros, con una base que entraba también en ella. Era doble. Las dos iban a follarse con eso.Georgia sonrió con malicia y empujó a mamá hacia la cama.

—Recuéstate, reina. Quiero montarte.Mamá se acostó de espaldas, las piernas abiertas. Georgia levantó sus muslos musculosos, los puso sobre sus hombros y se posicionó. El dildo entró en mamá con un solo movimiento lento. Mamá soltó un gemido largo, arqueando la espalda. Georgia empezó a cabalgarla en posición amazónica, sus glúteos enormes subiendo y bajando, el dildo entrando y saliendo de las dos al mismo tiempo. Era un espectáculo brutal. Los pechos de Georgia rebotaban, sus abdominales se marcaban con cada bajada, sus muslos temblaban. Mamá gemía debajo, sus glúteos contrayéndose, sus manos agarrando las caderas de Georgia. El sonido de carne contra carne, el chapoteo húmedo, los gemidos de las dos… me puso duro otra vez en minutos.Georgia se corrió primero, gritando grave, su cuerpo temblando. Mamá la siguió, convulsionando, chorros de su flujo saliendo alrededor del dildo.Georgia se levantó, el dildo brillando, y me miró con ojos de hambre pura.

—Segunda ronda, mi niño. Volvió a montarse en mamá, esta vez más despacio, más profundo. El dildo entraba hasta el fondo en las dos. Luego me miró.

—Alexis… ven. Fóllame el culo.Me levanté temblando de excitación. Me puse detrás de ella. Sus glúteos enormes estaban abiertos, el ano rosado y húmedo de saliva de mamá. Lo rocé con mi polla todavía mojada de semen y flujo. Empujé. Entré despacio. Era apretado, caliente, perfecto. Georgia soltó un gemido largo y profundo.

—Más… todo, mi niño…Empecé a moverme. Primero lento, sintiendo cómo su ano me apretaba, cómo sus glúteos chocaban contra mis caderas. Luego más fuerte. Mamá debajo seguía follándola con el dildo, sincronizando los movimientos. Yo entraba y salía de su culo, mis manos pequeñas agarrando esa masa de músculo negro, apretando, separando.Georgia gemía sin parar. Mamá también. Yo jadeaba, sudando, follándola con todo lo que tenía. El placer era insoportable. Su ano se contraía alrededor de mi polla, succionándome. Los tres cuerpos unidos, sudados, moviéndose como uno solo.Me corrí dentro de ella. Chorros profundos, calientes, llenando su culo. Georgia se corrió otra vez, gritando, su ano apretándome como un puño. Mamá se corrió debajo, el dildo vibrando dentro de las dos. Cuando salí, un hilo de semen blanco salió de su ano y cayó sobre el coño de mamá.Georgia se dejó caer sobre mamá, jadeando, y me miró con una sonrisa satisfecha y traviesa.—Sería genial que la próxima vez… lo hagamos con mi hijo también. ¿Qué dices, bebito?Me quedé ahí, temblando, cubierto de sudor y fluidos, el corazón a mil.

Georgia seguía encima de mamá, con mi semen goteando todavía de su ano y su coño, cuando soltó esa frase que me dejó congelado y excitado al mismo tiempo:

—Sería genial que la próxima vez… lo hagamos con mi hijo también. ¿Qué dices, bebito? Iba a responder —no sé qué, la verdad, porque la cabeza me daba vueltas—, cuando el teléfono de Georgia vibró fuerte sobre la mesita de noche. Ella soltó un suspiro de fastidio, pero se incorporó con esa gracia felina que tenía, sus glúteos enormes temblando un segundo, y contestó.

—Dime… Ajá… Sí, ya voy. No, no puedo faltar. Está bien, en quince minutos estoy allá. Colgó y nos miró con una sonrisa a medias, entre arrepentida y traviesa.

—Era mi hermana. Tiene un compromiso familiar urgente y me necesita de niñera para los sobrinos. Me tengo que ir volando… pero esto —señaló la cama, a mamá desnuda y sudada, a mí con la polla todavía medio dura y brillante— lo retomamos otro día. Prometido. Los dos son… adictivos.

Se vistió rápido, el brasier negro apenas conteniendo esos pechos monstruosos, las panties desapareciendo entre sus nalgas, y nos dio un beso a cada uno. A mamá en la boca, largo y húmedo. A mí… en los labios, con lengua y todo, mordiéndome el inferior antes de separarse. Cuídense, mis amores.Y se fue. La puerta de la calle se cerró con un clic suave.El silencio que quedó fue denso, cargado. Mamá me miró desde la cama, todavía con las piernas abiertas, el dildo todavía puesto, el arnés brillante de fluidos. Se mordió el labio y sonrió con esa dulzura que siempre me había derretido.

—Mi bebito… ahora que estamos solos… ¿qué tal si pasamos un tiempo especial mamá e hijo? Solo tú y yo. Sin prisas. Sin nadie más. Esta noche… vemos una peli en el sofá, como cuando eras chiquito. Pero ahora… ahora eres un hombre. Y yo… yo tengo muchas ganas de sentirte cerca. Me sonrojé hasta las orejas. El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en la garganta. Pero también sentí cómo mi polla daba un salto, endureciéndose otra vez solo con la idea.

—S-sí, mamá… me encanta la idea.Ella soltó un brinquito de alegría pura, como una niña, sus pechos firmes rebotando y sus glúteos contrayéndose. Se levantó de un salto, se quitó el arnés con un gemidito y me plantó un beso apasionado en los labios. No fue un pico. Fue profundo, húmedo, su lengua buscando la mía, sus manos sujetándome la cara. Sabía a ella, a Georgia, a sexo y a amor. Cuando se separó, tenía los ojos brillantes.

—Voy a arreglar un poco la casa y a cocinar tu plato favorito. Camarones empanizados con arroz. Tú descansa, mi amor. Nos vemos en un rato.Se fue a la cocina, desnuda, sus glúteos moviéndose con ese balanceo pesado y poderoso que yo conocía de memoria. Yo me quedé en la cama un momento, todavía oliendo a sudor, semen y perfume de mujer. Luego me vestí con un short y una camiseta y bajé al sofá. Intenté distraerme con el móvil, scrolleando sin ver nada. Pero mi mente no paraba. Recordé todo. Desde que era muy pequeño, mamá ya entrenaba.

Al principio en casa, con pesas viejas que papá le había regalado. Yo la veía desde el suelo, jugando con mis carritos, mientras ella sudaba y gruñía haciendo sentadillas con solo la barra. Luego vino el gimnasio, las competencias locales, las regionales. Yo iba con ella, sentado en primera fila, viéndola posar en bikini de competición: ese top mínimo, esos shorts que apenas cubrían nada, sus glúteos brillando bajo las luces, sus piernas flexionadas, su six-pack marcado. Me dejaba tocarla después, “para que sientas lo duro que está tu mami por ti”, decía riendo. Yo pasaba las manos por sus hombros, por sus abdominales, por esos glúteos que se sentían como piedra caliente.

La vi ganar trofeo tras trofeo. La vi llorar de emoción en el podio. La vi trabajar doble turno para pagarme la universidad y seguir entrenando. Todo por mí. Por nosotros.Y ahora… ahora quería tenerla. Quería sentir ese cuerpo que había admirado toda la vida envolviéndome. Quería ser yo quien la hiciera gemir.El tiempo pasó volando. Mamá me llamó desde la sala.

—¡Ya está, mi amor! Ven.

La mesa estaba puesta con mi plato favorito: camarones empanizados dorados, arroz blanco esponjoso, una ensalada fresca. Pero lo que me dejó sin aliento fue ella.Estaba completamente desnuda de la cintura para arriba. Solo unas panties blancas diminutas, de las que se perdían completamente entre sus glúteos musculosos, dejando ver la curva perfecta de su culo y el borde de su coño. Sus pechos firmes, pezones oscuros ya un poco duros, su six-pack marcado, sus hombros redondos. Se había soltado el pelo y olía a jabón y a comida casera.Nos sentamos en el sofá, muy juntos. Elegimos una película slasher de las antiguas, llena de sustos y sangre. Mamá puso la bandeja en la mesita y se pegó a mí desde el primer minuto. Su muslo cálido y duro contra el mío. Cada vez que había un susto, soltaba un gritito fingido y me agarraba la mano, llevándosela a su pierna.

—Ay, mi bebito… esta película me da miedo —susurraba, pero su voz era ronca, juguetona—. Acaríciame las piernas, por favor. Me relaja .Obedecí. Mis manos pequeñas empezaron a recorrer sus muslos: primero la cara externa, sintiendo la dureza de los cuádriceps, las venas sutiles bajo la piel blanca y suave.

Luego subí un poco más, hacia la cara interna, donde la carne era más blanda pero igual de firme. Mamá suspiraba bajito, abriendo un poco las piernas. Mis dedos rozaban casi sus panties, sintiendo el calor que salía de ahí.Me sonrojaba, pero mi polla estaba dura como piedra dentro del short. Después de media película, mamá se quejó con voz mimosa.

—Uff, el entrenamiento de hoy me dejó las piernas y los glúteos con calambres. ¿Me das un masajito, mi amor?

No esperó respuesta. Se giró y se recostó en el sofá, boca abajo, pero de lado, dejando sus glúteos enormes justo sobre mi regazo. Su cara quedó apoyada en un cojín, mirándome de reojo con una sonrisa pícara. Sus panties desaparecían por completo entre esas dos montañas de músculo blanco y duro.Empecé por las piernas. Mis manos se hundieron en sus pantorrillas, apretando los gemelos duros y venosos, subiendo despacio por las corvas. Luego los muslos. Dios, eran enormes. Los cuádriceps se flexionaban bajo mis palmas cuando los masajeaba, la carne caliente, suave por fuera y dura por dentro. Mis dedos se clavaban, amasando, recorriendo cada surco, cada curva. Subía y bajaba, desde la rodilla hasta casi el borde de las panties, sintiendo cómo mamá soltaba gemiditos de placer.

—Más arriba, bebito… ahí, en los glúteos… están tan tensos…Mis manos temblaron un poco cuando llegué a ellos. Eran perfectos. Redondos, masivos, duros como mármol pero con esa capa suave de piel. Empecé a masajearlos con las dos manos, abriéndolos ligeramente, apretándolos, sintiendo cómo la carne rebosaba entre mis dedos. La tela de las panties se hundía más entre sus nalgas. Los separé un poco y vi el plug anal que llevaba puesto: pequeño, plateado, brillando. Lo rocé “sin querer” y mamá soltó un gemido más profundo.Seguí masajeando. Mis pulgares hundidos en la carne, haciendo círculos lentos, bajando hasta la unión con los muslos, subiendo hasta la parte baja de la espalda. Mamá se arqueaba un poco, empujando sus glúteos contra mis manos, contra mi polla dura que sentía debajo. El calor de su piel, el olor a crema hidratante y a mujer excitada… estaba perdido.

Después de varios minutos largos y deliciosos, mamá se incorporó un poco, se bajó las panties despacio y las tiró al suelo. Su coño depilado quedó a la vista, brillante, hinchado. Pero lo que me dejó sin aliento fue el plug.Lo sacó con un gemidito de placer, su ano rosado y abierto un segundo, contrayéndose después. Lo dejó en la mesita y me miró con los ojos vidriosos de excitación.

—Desde que entraste a la pubertad… he estado esperando este momento, mi amor. Guardé mi virginidad anal para ti. Para mi bebito. Pero primero… prepárame el terreno. Dame un beso negro bien profundo, bien húmedo… para lubricarme. Y luego… luego me follas el culito virgen.Me quedé mirándola, el corazón a mil, la polla palpitando, sabiendo que esto era solo el comienzo de una noche que nunca olvidaría.

Me quedé mirando a mamá, con el corazón latiendo como un tambor en el pecho, la polla dura y palpitante dentro del short que ya se sentía demasiado apretado. Ella estaba ahí, boca abajo en el sofá, sus glúteos enormes y musculosos elevados ligeramente, el ano rosado y recién expuesto después de sacar el plug, brillando un poco por la saliva que imaginaba había dejado. Su piel blanca, marcada por venas sutiles en las piernas, y ese six-pack que se contraía con cada respiración agitada. “Prepárame el terreno”, había dicho, y yo… yo no podía negarme. No quería negarme.Me acomodé detrás de ella, arrodillándome en el sofá, mis manos pequeñas temblando un poco cuando las puse en sus glúteos. Eran tan firmes, tan redondos, como dos globos de músculo puro cubiertos de piel suave y caliente.

Los separé despacio, sintiendo cómo la carne cedía bajo mis dedos, pero con esa resistencia que solo el entrenamiento constante podía dar. Su ano se abrió un poco más, invitándome. Me incliné, mi aliento rozando primero su piel, y luego saqué la lengua. La punta tocó el borde, lamiendo con delicadeza, saboreando el sabor almizclado y salado de ella, un sabor que era puro mamá: limpio, íntimo, adictivo.Empujé más profundo. Mi lengua entró en su interior, explorando las paredes suaves y calientes de sus entrañas. La moví en círculos lentos, metiéndola lo más que podía, sintiendo cómo su ano se contraía alrededor de ella, succionándola como si quisiera retenerme. Mamá soltó un gemido largo y ronco, arqueando la espalda, empujando sus glúteos contra mi cara.

Mientras tanto, mis manos no paraban: acariciaba esos glúteos musculosos con las palmas abiertas, apretándolos, masajeándolos, sintiendo cómo las fibras se endurecían bajo mis dedos. Subía y bajaba por las curvas, rozando la unión con los muslos, donde la carne era más blanda pero igual de poderosa. El olor a ella, a sudor ligero del día, a su perfume floral y a excitación pura, me llenaba la nariz. Lamí más profundo, chupando, saboreando cada centímetro, mi polla dando saltos contra la tela del short.Mamá jadeaba ahora, sus manos agarrando el cojín con fuerza, sus abdominales contrayéndose visiblemente desde el lado.

—Ay, mi bebito… así… qué lengua tan rica… —murmuraba entre gemidos.

Seguí un rato más, perdido en el placer de adorarla, hasta que ella se incorporó un poco, girando la cabeza para mirarme con ojos vidriosos y una sonrisa satisfecha.

—Ya es hora de la acción, mi amor. Ya estoy lista… ven. Me tomó de la mano, sus dedos fuertes entrelazados con los míos, y me llevó a la habitación. Caminamos despacio, su cuerpo desnudo moviéndose con esa gracia de atleta, sus glúteos balanceándose, sus piernas flexionándose con cada paso. Entramos a su cuarto, la cama grande y deshecha de antes nos esperaba. Mamá se subió, se puso en posición de perrito: rodillas y manos en el colchón, espalda arqueada, glúteos elevados hacia mí.

Empezó a menearlos despacio, como una invitación obscena y tierna al mismo tiempo, esos dos montes de músculo blanco temblando ligeramente, separándose y juntándose, su ano abierto y húmedo por mi saliva.Mi erección era potente, dolorosa casi. Me quité el short y la camiseta en un segundo, mi polla pequeña pero tiesa apuntando hacia ella. Me acerqué, arrodillándome detrás. Rocé la cabeza contra su ano, sintiendo el calor, la humedad. Empujé despacio. Entré.Dios… fue como hundirme en un paraíso apretado y caliente. Sus entrañas me envolvieron, suaves y resbaladizas por la saliva, apretándome como un guante perfecto. Sentí cómo mi polla se deslizaba hasta el fondo, mis caderas chocando contra sus glúteos musculosos y trabajados, esa carne dura y redonda rebotando contra mi pelvis delgada. Mamá soltó un alarido de placer, su espalda arqueándose más.

—Oh, sí… mi bebito… fóllame el culito… me encanta esto… —gemía, moviéndose contra mí.

Empecé a empujar. Lento al principio, disfrutando cada centímetro: saliendo casi por completo, sintiendo cómo su ano me retenía, y luego entrando de nuevo, profundo, hasta que mis huevos rozaban su coño. Sus glúteos chocaban contra mí con cada embestida, duros y calientes, temblando un poco antes de endurecerse. Lo hicimos prolongado, sin prisa. Yo agarraba sus caderas, mis dedos hundiéndose en la carne, sintiendo los músculos de su cintura estrecha. Ella empujaba hacia atrás, sincronizando, gimiendo cada vez más fuerte. El placer era intenso, vergonzoso y perfecto. Su ano se contraía alrededor de mi polla, succionándome, haciendo que cada movimiento me acercara más al borde. No aguanté eternamente. El orgasmo subió como una ola, y me corrí dentro de ella. Chorros calientes, espesos, llenando sus entrañas. Mamá tembló debajo de mí, gimiendo mi nombre.

—Alexis… oh, mi amor…Se dio la vuelta despacio, mi polla saliendo con un sonido húmedo, un hilo de semen conectándonos un segundo. Se acostó de espaldas, en posición misionera, sus piernas abiertas invitándome.

Me miró con ojos llenos de amor y deseo, y me atrajo hacia ella. Me besó apasionadamente, su lengua invadiendo mi boca, sus manos recorriendo mi espalda delgada. Bajó a mis pezones, pellizcándolos suave, haciéndome gemir contra sus labios. Luego a mis glúteos, apretándolos, masajeándolos con las palmas abiertas.

—Te amo tanto, mi bebito… lo que acabamos de hacer… me encantó. Eres perfecto para mí.Yo jadeaba, mi polla sensible pero recuperándose rápido. Besé su cuello, bajé a sus pechos, chupando un pezón oscuro y duro mientras ella suspiraba. Me quedé ahí un rato, sintiendo cómo mi erección volvía, dura y lista.Cuando estuve listo, entré de nuevo en su ano. En misionero, era más íntimo, más profundo. Sus piernas se envolvieron alrededor de mi cintura estrecha, atrayéndome más adentro. Empecé a moverme, taladrando su ano con ritmo constante, sintiendo cómo sus entrañas me apretaban, calientes y resbaladizas por mi semen anterior.

Mamá gemía debajo de mí, sus manos en mi espalda, arañándome suave. Besé sus labios otra vez, profundo, nuestras lenguas bailando, saboreando el sudor y el placer compartido.Bajé a sus pezones. Chupé uno, mordiéndolo suave, sintiendo cómo se endurecía en mi boca. Pasé al otro, lamiendo en círculos, succionando hasta que mamá arqueó la espalda, empujando sus pechos contra mi cara. Sus abdominales se contraían visiblemente, ese six-pack perfecto temblando con cada embestida mía. Subí un poco, oliendo sus axilas. Depiladas, pero con un olor sutil a sudor fresco y a su perfume, ese aroma que siempre me había reconfortado. Hundí la nariz, aspiré profundo, y luego lamí. Salado, cálido, adictivo. Mamá soltó un gemido ronco, levantando los brazos para darme más acceso.

—Así, mi amor… lame a mamá.

Luego besé sus bíceps. Ella los flexionó para mí, esos picos redondos y venosos endureciéndose bajo mis labios. Los besé, los lamí, sintiendo la dureza, la fuerza que había construido por años. Mamá sonrió, flexionándolos más, dándome un espectáculo privado: el bíceps izquierdo, luego el derecho, venas apareciendo, la piel blanca tensándose. Yo empujaba más fuerte, mi polla entrando y saliendo de su ano, el choque de nuestros cuerpos sonando rítmico, húmedo. Sus glúteos se contraían debajo de ella con cada movimiento, su coño rozando mi base.

Besé su cuello, volví a sus labios, chupé sus pezones otra vez, olí y lamí sus axilas alternadamente, besé sus bíceps flexionados una y otra vez. El placer era una espiral: su ano apretándome, sus gemidos en mi oído, su cuerpo fuerte y femenino envolviéndome por completo.Lo prolongamos todo lo que pude. Mis embestidas se volvieron más profundas, más rápidas. Mamá jadeaba, sus ojos cerrados, la cara sonrojada. Yo lamía su axila derecha, besaba su bíceps izquierdo, chupaba un pezón, todo mientras la follaba sin parar.El orgasmo me golpeó de nuevo. Me corrí dentro de ella, chorros largos y calientes, llenándola por segunda vez. Mamá convulsionó debajo de mí, su cuerpo entero temblando violentamente, su ano contrayéndose alrededor de mi polla como un vicio. Gritó mi nombre, arqueándose, sus abdominales marcados al máximo, sus glúteos apretándose contra la cama. Fue un orgasmo salvaje, sus piernas temblando, sus manos agarrándome con fuerza.Cuando terminamos, jadeando, sudados, mamá me miró con ojos llenos de lágrimas de placer.

—Alexis… el sexo contigo ha sido el mejor de mi vida. Quiero repetir. Espero que esta no sea la última vez… podríamos tener sexo grupal la próxima con Georgia y su hijo. ¿Qué dices, mi amor?Yo asentí, todavía dentro de ella, sintiendo cómo nuestro vínculo se había hecho eterno. Pero algo me decía que esto era solo el principio de más aventuras prohibidas.

Desperté al día siguiente con el sol filtrándose por las cortinas de la habitación de mamá, mi cuerpo todavía pesado y satisfecho por la noche anterior. Me había quedado dormido en su cama, envuelto en las sábanas que olían a ella, a sudor, a sexo, a ese perfume suave que siempre llevaba. Mi polla dio un salto matutino solo con el recuerdo: cómo había follado su ano en misionero, besando sus bíceps flexionados, lamiendo sus axilas, chupando sus pezones mientras ella convulsionaba debajo de mí. Me estiré, sintiendo un cosquilleo en el estómago, y noté que mamá no estaba. En la mesita de noche había una nota, escrita con su letra elegante y fuerte:”Mi bebito querido, ya me fui al trabajo y al gym.

Te dejé desayuno en la cocina: huevos revueltos con tocino y jugo de naranja. Come bien para tener energía. A las 18:00 jugamos con Georgia y su hijo. Te amo. Besos, Mamá.”La leí dos veces, el corazón latiéndome más rápido. “Jugamos con Georgia y su hijo.” Recordé la propuesta de Georgia, esa idea loca y excitante de incluir a su hijo en nuestro… lo que fuera esto. Me puse pensativo, sentado en la cama, la polla medio dura solo con la idea. ¿Cómo sería Aaron? ¿Sería como Georgia, un gigante musculoso? ¿O algo diferente? La excitación me subió por el pecho, imaginando escenas prohibidas: cuerpos entrelazados, músculos flexionándose, gemidos mezclados. Me vestí rápido, intentando distraerme, pero el día entero fue una tortura deliciosa de anticipación.Bajé a la cocina, comí el desayuno que mamá había dejado, caliente todavía, con esa atención que siempre ponía en todo y pasé el día vagando por la casa, intentando estudiar un poco para la uni, pero mi mente volvía una y otra vez a lo de anoche, a Georgia, y ahora a este misterioso Aaron.

Me preguntaba si sería alto como su mamá, si tendría esa piel negra brillante, esos músculos que intimidaban y atraían al mismo tiempo. ¿Sería tímido? ¿Dominante? La polla me dolía de tanto pensarlo. Me masturbé rápido en el baño a mediodía, imaginando un cuarteto loco, pero no fue suficiente para calmarme.A las 18:00 en punto, oí la puerta principal abrirse. Voces. Risas. Mamá entró primero, con su ropa de entrenamiento pegada al cuerpo sudoroso: un top deportivo que marcaba sus pechos firmes y su six-pack, shorts cortos que dejaban ver sus glúteos redondos y piernas venosas. Detrás de ella, Georgia, imponente como siempre, con sus trenzas largas y un atuendo similar, pero en colores oscuros que resaltaban su piel negra y sus músculos masivos. Y luego… él.

Para mi sorpresa y un poco de intimidación el hijo de Georgia era un coloso. Medía al menos dos metros, con hombros anchos como una puerta, pectorales que tensaban su camiseta de gimnasio, brazos venosos que podrían romper troncos, y unas piernas que parecían pilares de acero. Su piel era negra profunda, como la de Georgia, con una cara atractiva: mandíbula cuadrada, ojos oscuros y penetrantes, pelo corto y rizado. Llevaba una camiseta sin mangas que mostraba sus tríceps y bíceps, y shorts que apenas contenían sus muslos enormes. Aaron, se presentó con una sonrisa confiada pero amable, estrechándome la mano con una fuerza controlada que me hizo sentir aún más pequeño.

—Encantado, Alexis. Mamá me ha hablado mucho de ti. Estoy en prácticas como profesor de educación física en un colegio local. Me encanta entrenar a los chavales, hacerles ver que el cuerpo es un templo.Georgia traía una bolsa grande de quesadillas caseras, de carne, queso derretido, con guacamole y salsa picante, y nos sentamos todos en la mesa del comedor.

Mamá sirvió bebidas: cervezas frías para los adultos, una soda para mí (aunque ya tenía 18, mamá seguía tratándome como su bebito). Comimos casualmente, el aroma a tortilla caliente y especias llenando el aire. La conversación fluyó natural: mamá habló de su día en el trabajo y el gym, Georgia de sus rutinas de bodybuilding, y luego el foco se puso en Aaron.Él se presentó con modestia, pero con esa presencia que llenaba la habitación. Contó que tenía 22 años, que había crecido viendo a su mamá competir y eso lo inspiró a entrar en el mundo del fitness. Estaba en sus prácticas finales para ser profe de educación física, entrenando equipos de baloncesto y atletismo en un colegio. “Me encanta ver cómo los chicos ganan confianza con el ejercicio”, dijo, flexionando un poco el brazo sin darse cuenta, haciendo que el bíceps se hinchara.

Georgia lo miró con orgullo, y mamá… mamá se rio y le agarró el brazo, sintiendo la dureza.

—Vaya, Aaron… qué brazos tan impresionantes. Se nota que heredas lo de tu mamá.

Se pegó un poco más a él, su muslo rozando el de Aaron bajo la mesa. Georgia, sentada a mi lado, hizo lo mismo conmigo: su mano grande y cálida en mi hombro primero, luego bajando por mi brazo, hasta que su palma se posó en mi muslo. La conversación seguía.Aaron contando anécdotas de sus entrenamientos, yo balbuceando algo sobre la uni, pero el aire se cargó de tensión. La mano de mamá subió por el brazo de Aaron, rozando su pecho “casualmente”. La de Georgia bajó a mi entrepierna, apretando suave mi polla que ya estaba endureciéndose bajo el short. Gemí bajito, y Georgia sonrió con malicia.

—Vamos a la habitación de Mariana —susurró Georgia, levantándose y tirando de mí—. Quiero privacidad para… charlar mejor.

Mamá hizo lo mismo con Aaron, abrazándolo por la cintura mientras caminábamos al cuarto. Yo iba abrazado a Georgia, mi cabeza a la altura de sus pechos enormes, sintiendo su calor, su fuerza. En la habitación, cerraron la puerta. Mamá y Georgia se miraron con complicidad y empezaron a desnudarse. Primero los tops: mamá dejando caer el suyo, sus pechos firmes y pezones oscuros expuestos, su six-pack brillando de sudor ligero. Georgia quitándose el suyo, sus pechos monstruosos rebotando libres, pectorales marcados debajo. Luego los shorts y panties: mamá revelando su coño depilado y glúteos perfectos, Georgia su coño hinchado y glúteos masivos como dos planetas negros.Luego nos desvisten a nosotros. Georgia me quitó la camiseta con delicadeza, besándome el cuello, luego el short, dejando mi polla dura y pequeña apuntando hacia arriba.

Mamá hizo lo mismo con Aaron: le sacó la camiseta sin mangas, revelando un torso esculpido, pectorales enormes, abdominales de ocho como los de Georgia, espalda en V, luego los shorts, dejando ver una polla gruesa y larga, ya medio dura.Yo quedé desnudo ante el cuerpo musculoso de Georgia, embobado. Era una gigante diosa negra: hombros anchos, brazos venosos, pechos que desafiaban la gravedad, abdominales tallados, piernas que podrían aplastar montañas. No pude contener la excitación; mi polla palpitaba, gotas de pre-semen saliendo. Aaron, por su parte, miró hacia abajo apreciando el esbelto y muscular cuerpo de mamá: su cintura estrecha, sus glúteos redondos, sus piernas definidas. Sus ojos se oscurecieron de deseo.Para empezar, Georgia flexionó sus pectorales, haciendo que sus pechos enormes se elevaran y endurecieran. Me miró con una sonrisa depredadora.

—Chupa, mi niño. Alterna. Pecho izquierdo, derecho… y los pezones. Me acerqué, mi boca llegando a su altura perfecta. Empecé por el pectoral izquierdo: lo lamí, lo besé, sintiendo la dureza bajo la carne suave. Pasé al derecho, chupando con hambre. Luego los pezones: grandes, oscuros, duros. Los succioné alternadamente, mordiendo suave, lamiendo en círculos. Georgia gemía grave, sus pectorales flexionándose más para mí.Aaron hizo lo mismo: flexionó sus pectorales masivos, y mamá se acercó, chupando alternadamente, sus labios rosados envolviendo esos músculos negros y duros, lamiendo sus pezones con devoción. La habitación se llenó de gemidos suaves, el aire cargado de excitación.

Estaba completamente perdido en el cuerpo de Georgia, mi boca alternando entre sus pectorales flexionados y sus pezones duros y oscuros. Lamía con devoción, sintiendo la dureza de esos músculos bajo mi lengua, el sabor salado de su piel negra y sudorosa, mientras ella gemía grave y me sujetaba la cabeza con una mano enorme, guiándome. A mi lado, mamá hacía lo mismo con Aaron: su boca rosada envolviendo sus pectorales masivos, chupando alternadamente, sus manos pequeñas recorriendo su torso esculpido. El aire de la habitación estaba cargado de gemidos suaves, de respiraciones agitadas, de ese olor a sudor fresco y excitación que nos envolvía a todos.De pronto, Georgia me empujó con fuerza juguetona pero firme. Caí en la cama, rebotando un poco en el colchón deshecho. Al mismo tiempo, Aaron hizo lo mismo con mamá: la levantó como si no pesara nada y la tiró a mi lado, su cuerpo blanco y musculoso aterrizando con un gemidito de sorpresa. Estábamos acostados uno al lado del otro, nuestros hombros rozándose, nuestras respiraciones sincronizadas.

Mamá giró la cabeza hacia mí, y yo hacia ella. Nuestras manos se buscaron por instinto, entrelazando los dedos con esa familiaridad que solo años de amor podían dar. Su mirada… Dios, era una mezcla perfecta de amor puro, maternal, y lujuria cruda, prohibida. Sus ojos vidriosos, sus labios entreabiertos, su pecho subiendo y bajando con excitación. Me incliné hacia ella, atraído como un imán, y ella hacia mí. Nuestros labios casi se rozaban, listos para un beso que sería todo: tierno, incestuoso, apasionado.Pero no llegó. Georgia, con un gruñido posesivo, me agarró las piernas bruscamente. Sus manos grandes y fuertes las levantaron como si yo fuera una muñeca, doblándome casi en dos, mi polla dura apuntando hacia arriba, expuesta y vulnerable. Se posicionó sobre mí en un instante, en posición amazónica: sus muslos enormes envolviendo mis caderas, su peso imponente aplastándome contra la cama. Bajó despacio pero con decisión, su coño caliente y húmedo tragándose mi polla de una sola embestida profunda.

Sentí cómo me envolvía por completo, sus paredes internas apretándome como un vicio caliente y resbaladizo.Al mismo tiempo, Aaron hizo lo propio con mamá. La levantó por las caderas con facilidad brutal, posicionándola bajo él en misionero. Su polla gruesa y larga, mucho más grande que la mí, la empaló con fuerza, entrando hasta el fondo en un solo movimiento violento.

Mamá soltó un alarido de placer y sorpresa, su espalda arqueándose, sus glúteos contrayéndose contra la cama.Georgia, con un brillo de celos en los ojos, ese fuego posesivo que la hacía aún más intimidante, se inclinó hacia mí. Su cara hermosa y dominante a centímetros de la mía. “Mío”, parecía decir su mirada. Reclamó mi boca con un beso francés apasionado, violento y profundo. Sus labios carnosos aplastaron los míos, su lengua invadiendo mi boca como una fuerza de la naturaleza, explorando cada rincón, succionando mi lengua, mordiéndome el labio inferior con fuerza suficiente para doler un poco pero excitarme más. Mientras besaba, sus caderas se movían con ritmo implacable: subiendo y bajando, cabalgándome con todo su peso. Sus glúteos masivos chocaban contra mis muslos delgados, el sonido húmedo de su coño tragándose mi polla una y otra vez llenando la habitación.

Sus pechos enormes rebotaban contra mi pecho, sus pezones duros rozándome la piel. El beso no paraba: era un asalto, su lengua follándome la boca al mismo ritmo que su coño me follaba abajo. Gemí dentro de su boca, ahogado en ella, mis manos aferrándose a sus hombros anchos, sintiendo cómo sus músculos se flexionaban con cada bajada. El celos se sentía en cada mordisco, en cada succión: como si quisiera borrarme cualquier pensamiento de mamá, reclamándome entero.A mi lado, Aaron hacía lo mismo con mamá. Su boca cubrió la de ella en un beso igual de violento y profundo, su lengua grande invadiendo sus labios rosados, mordiéndola, succionándola.

Mamá gemía dentro de su boca, sus manos en su espalda ancha, arañando suave. Aaron la empalaba con fuerza en misionero: sus caderas chocando contra las de ella, su polla gruesa entrando y saliendo de su coño con embestidas profundas y brutales. Mamá arqueaba la espalda con cada penetración, sus pechos firmes rebotando, sus abdominales contrayéndose visiblemente. El beso de Aaron era posesivo, celoso también, quizá por vernos a mamá y a mí tan cerca, su lengua dominando la boca de mamá mientras la follaba sin piedad, el colchón crujiendo bajo su peso combinado.

Los cuatro nos movíamos en un caos sincronizado: Georgia cabalgándome con fuerza amazónica, sus glúteos temblando contra mí, su coño apretándome hasta el límite; Aaron embistiendo a mamá en misionero, sus músculos negros brillando de sudor, su polla desapareciendo dentro de ella una y otra vez. Los besos no paraban: violentos, húmedos, profundos, con mordiscos y gemidos ahogados. Sentía el calor de mamá a mi lado, su mano todavía rozando la mía un segundo antes de que Georgia me doblara más. El placer era abrumador: mi polla envuelta en el coño de Georgia, su beso asfixiándome de lujuria, el sonido de los cuerpos chocando, los gemidos de mamá al lado mío siendo follada por ese gigante.Pasaron minutos eternos así, los besos intensificándose, las embestidas volviéndose más rápidas, más profundas. Georgia mordía mi lengua, succionaba mis labios, su saliva mezclándose con la mía, mientras su coño me apretaba como un puño. Aaron hacía lo mismo: su boca devorando la de mamá, su polla taladrándola hasta que ella gritaba dentro de él. El celos flotaba en el aire, pero también la excitación compartida, haciendo todo más intenso, más prohibido.Entonces, entre jadeos y gemidos, empezaron a platicar. Georgia rompió el beso un segundo, solo para hablar con voz ronca y entrecortada, sin parar de cabalgarme.

—Mariana y yo… compartimos el gusto por los jovencitos… dulces, sumisos… —dijo, bajando con fuerza, haciéndome gemir—. Nos entendimos desde el principio… empezamos una relación lésbica… besos robados en el gym, noches enteras follándonos… pero luego… Mariana confesó que quería… coger con su hijo. Con su bebito.

Mamá, jadeando bajo Aaron, rompió su beso un momento y añadió, su voz temblorosa por las embestidas.

—Sí… lo confesé… y Georgia… me dijo que sentía lo mismo por Aaron… lo animé a intentarlo… y desde entonces… los tres follamos libremente… tríos calientes, incestuosos…Georgia aceleró, sus glúteos chocando más fuerte contra mí.

—Y ahora que Alexis volvió… animé a Mariana a intentarlo contigo… y mira… aquí estamos… los cuatro… sin tabúes…Siguieron follando mientras hablaban, los besos interrumpiendo las palabras. Georgia volvió a reclamar mi boca, violenta, profunda, su lengua follándome mientras su coño me apretaba. Aaron hizo lo mismo con mamá, embistiéndola más fuerte.Luego, entre gemidos, las dos madres propusieron lo siguiente. Georgia primero:

—En privado… mantenemos las relaciones incestuosas… grupales… follamos como animales… pero en público… yo tomo a Alexis como pareja… mi hombre sumiso… mi bebito para dominar…Mamá, gimiendo bajo Aaron, añadió:

—Y yo… tomo a Aaron como mío… mi hombre dominante… fuerte… que me empale cuando quiera…Miré a mamá un segundo, luego a Georgia. Aaron hizo lo mismo. Asentimos, jadeando. Sí. Aceptamos. Era perfecto para sus fetiches: Georgia amaba los hombres sumisos como yo, pequeños y obedientes; mamá adoraba los dominantes como Aaron, gigantes que la tomaran con fuerza. Seguimos así casi una hora. Embistes interminables, besos violentos, cuerpos sudados chocando. Georgia me cabalgaba sin piedad, su coño apretándome hasta el límite, sus besos celosos devorándome. Aaron follaba a mamá con fuerza brutal, su polla empalándola, sus besos posesivos reclamándola.Finalmente, el clímax llegó. Me corrí dentro de Georgia con un gemido ahogado en su boca, chorros calientes y espesos llenando su coño.

Ella se corrió al mismo tiempo, convulsionando sobre mí, su coño chorreado alrededor de mi polla. Aaron se corrió dentro de mamá, un creampie profundo que la hizo gritar de placer, su cuerpo temblando bajo él.Quedamos abrazados: Georgia conmigo, sus brazos enormes envolviéndome, oficializando nuestra “relación” pública. Aaron con mamá, su cuerpo gigante cubriéndola, besándola suave ahora. Pero sabíamos que en privado… todo seguía siendo nuestro secreto incestuoso y grupal.

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