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Creo que mi tía se volvía loca por los jóvenes y tal vez sea genético por mis últimas actuaciones. Me llamo Pedro, tengo 42 años y estoy felizmente casado con Ana, con la cual tenemos una hija llamada Gloria, que tiene 18 años.
Este último verano, estando en un hotel de vacaciones, me fijé al ver a mi hija en bikini que ya era toda una mujer, con sus curvitas. Mirando sus pechos, aunque aún pequeños, me parecieron duros y me entró curiosidad por ver cómo serían sus pezones.
Al ser yo joven, vivía con mi madre y mi tía Lucrecia, que era algo mayor que mi madre y, siendo muy descarada por forma de ser, nunca le conocí hombre ni mujer. Cuando mi cuerpo estaba desarrollado, ella se pasaba todo el día apretando mis pezones y tocando por encima de la ropa mi bulto, y entre grandes risas y gritos preguntaba si ya lanzaba lechita por ese cohete. Mi madre también reía y le decía que dejara al niño tranquilo.
Un día, al preguntarle el porqué de no tener esposo, me largó que a ella no le gustaban los viejos y solo se volvía loca con chicos jóvenes.
Ahora en el hotel, durante los juegos con mi hija, primero de manera prudente pero después, con mi erección grande en el agua, la tomaba y tiraba para aprender a lanzarse de cabeza. Le ponía mi pene en su culito y me frotaba muy pegado. También, al tomar sus brazos para elevarla, le tocaba esa pequeña teta dura. Estoy loco, pero me da morbo las jóvenes.
En una noche, al estar mi esposa totalmente dormida, me levanté al baño y, estando pegado el sofá cama de mi hija, la vi con la sábana algo apartada, mostrando su braga blanca. Me acerqué y, al tener una camiseta de pijama de verano, se la levanté para ver sus pechos: eran increíbles, pequeños y con un pezoncito rosado que daban ganas de comérselos. Los toqué con mucho cuidado y, efectivamente, estaban duritos, por lo cual al ir al baño me masturbé plácidamente.
De joven, mi tía pasó a ser mi mayor fantasía. Intentaba verla sus buenos pechos o desnuda, pero en esos años ella estaba muy tapada. Un día, mientras me sobaba, tardó más tiempo y tuve una erección. Noté su silencio y me apretaba el pene con más suavidad mientras me dijo: “Tienes un buen aparato, sobrino”. No paraba con sus bromas, pero cuando estábamos a solas me apretaba sus tetas a mi espalda fuertemente, ya me sacaba la polla y me masturbaba, haciéndome venir con gran placer en el suelo. Era mi primera mujer y nuestro secreto, como me comentaba.
Mi esposa tuvo que partir solo dos días para ir con su madre, que tenía una pequeña intervención hospitalaria, y le dije a mi hija que ahora todos los chucherías que deseara, pero sin decirle nada a mamá. Ese día comió helado para dos años y estaba disfrutando del hotel y sus actividades, hasta se apuntó a un día en el mar con moto acuática. Al llegar ya muy tarde, pues todo el grupo cenó juntos y teniendo pereza para abrir el sofá, me pidió permiso para acostarse en la enorme cama de matrimonio, y al rato estaba durmiendo como un angelito. Yo salí un rato a tomar algo y llamar a mi mujer, mientras vi a parejas de jóvenes en la oscuridad de los jardines besándose y tocándose como desesperados. Me excité nuevamente. Ya en la habitación, volví a mirar a mi hija, la cual yo sabía por mi esposa que tenía novio y ya mantenía relaciones sexuales. Me acosté y pegué mi polla desnuda a sus nalguitas y, por encima de su braga, me sobaba despacio. También le metí una mano cuando estuvo boca arriba entre sus bragas. Me puso caliente comprobar que no tenía pelitos y delicadamente la masturbe un rato mientras oía sus leves gemidos entre sueños.
Con mi tía era un joven sumiso, pero no pensaba en otra cosa que hacerla mía. Ella no me dejaba y marcaba los pasos según sus deseos. Otra tarde, a solas, me llevó a su habitación y, acostándose en su cama boca arriba, se subió la falda y sacó sus bragas mientras me indicaba que metiese mi cara entre sus piernas y procediera a lamerla. Al ver esa vagina llena de pelos, con unos labios salidos y un bulto grande oscuro sobre ellos, me dispuse a comerla toda. Me pegué mucho tiempo lamiendo, besando y metiendo y sacando dos dedos dentro de ella. Cuando sus gemidos fueron más fuertes y sus palabras más groseras, tomó mi cabeza y la puso en ese bulto enorme que tenía por clítoris. “No pares, que me vengo”, gritaba mientras mi lengua no paraba y ella empotraba mi cabeza fuertemente. Noté mucho líquido y que se venía entre movimientos y espasmos. Al rato, en vez de solo masturbarme, me la chupó para mi asombro. Qué gran placer el cómo la trabajaba y decía que era la más grande y gorda que jamás tuvo en su boca. Me vine dentro de ella casi muriendo del gusto.
“Mañana viene mami”, le dije a mi hija, y me cuenta que, dentro del secreto del helado, quiere mantener otro conmigo, pues con mami le es imposible porque es mujer y no entiende. Estuvo todo el día contando sus dudas sobre su sexualidad. Me dice que aún no sabe lo que es tener un orgasmo, que su novio la penetra muy rápido sin hacerle caso y se viene rápido, que se siente torpe al chupar el pene pues el novio le dice que tiene molestias por sus dientes, y le gustaría probar qué se siente al comerme la vagina, pues a su novio también le da un poco de asco. Mi respuesta fue rápida y contundente: “Deja a tu novio porque es un egoísta y solo piensa en su placer, cuando debe ser todo lo contrario”. Mientras cenábamos y yo con una botella de vino en el cuerpo, acepto su petición de ayuda y nos dirigimos a nuestra habitación.
Según mi tía, era ya un gran experto de tantas veces que le comí su vagina, hasta que una noche, ambos a solas pues mi madre se quedaba en casa de su nuevo novio, me invitó a acostarme con ella. Qué gran sensación e inolvidable entrar por primera vez en una mujer y sentir mi pene apretado, con tanta humedad y calor, y encima con mi tía tan madura y experta. Esa noche salí de esa habitación considerándome un joven experto. Muchas horas y mucho semen en todo su cuerpo, la cogí de todas las maneras posibles y ella gritaba y gemía sin parar, hasta que me paré al no tener ya energía.
Mi hija totalmente desnuda en la cama del hotel era para mí ese gran placer desconocido de hacerlo con una joven. La besé lentamente y en sus pezones estuve lamiendo bastante rato, pero lo que más me puso caliente es escuchar sus gemidos cuando le comía toda su pequeña y rosada vagina. Se vino por primera vez dando espasmos y gritos y, sin dejarla parar, me la subí como una carretilla y la penetré. Le estuve dando mucho rato mientras ella solo emitía sonidos. La cambié y la puse de cuatro patas y, cuando la empalaba de forma más dura, su joven vagina recibía todo mi pene bien. Después me acosté y se hizo un máster en chuparla, y con tiempo y mis indicaciones me hacía sentir algo mágico. Al decirme que quería toda mi leche en su boca, empezó a acelerar y comer con más ímpetu hasta que me vine abundantemente en su boca, en todos sus labios y barbilla.
“Nuestro secreto, papi”.