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La Pasion de Cristo Recaudacion Ardiente

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La Pasion de Cristo Recaudacion Ardiente

El salón parroquial olía a madera vieja y a velas recién apagadas, con ese toque de incienso que siempre me ponía la piel chinita. Era Viernes Santo en el barrio, y yo, Alejandra, había organizado la proyección especial de La Pasion de Cristo para la recaudación de fondos a favor de los niños del orfanato. Neta, la película esa había recaudado un chingo allá en el 2004, como dos mil millones de pesos en todo el mundo, y yo quería que nuestra humilde función jalara lo mismo, aunque fuera en billeticos de veinte.

Estaba ajustando las sillas cuando entró él. Alto, moreno, con esa barba recortada que le daba un aire de galán de telenovela y músculos que se marcaban bajo la camisa blanca ajustada. Se llamaba Marco, voluntario nuevo que se apuntó de último momento pa' ayudar con las luces y el sonido.

"Órale, Alejandra, ¿dónde pongo el proyector? No vaya a ser que nos quedemos a oscuras como en la película"
, me dijo con una sonrisa pícara que me hizo apretar las piernas sin querer. Su voz grave retumbó en el salón vacío, y sentí un cosquilleo en el estómago. Wey, ¿por qué este pendejo tenía que oler tan chido a colonia fresca mezclada con sudor varonil?

La gente empezó a llegar: vecinas con rebozos, chavos con chamarras, todos ansiosos por revivir el drama de la cruz. Marco y yo trabajábamos codo a codo, rozándonos los brazos cada rato. Cada vez que sus dedos rozaban los míos al pasar las alcancías, un calorcillo subía por mi espinazo. Yo llevaba falda midi floreada y blusa escotada, nada exagerado, pero sentía sus ojos clavados en mis chichis cuando se agachaba a enchufar cables. La Pasion de Cristo recaudacion, murmuraba yo en mi mente, pensando en cómo este evento iba a romperla, pero ya mi cabeza volaba a otra pasión.

Las luces se apagaron y la película empezó. El látigo silbando en la pantalla, la sangre, los gemidos de dolor. Me senté al fondo con Marco, fingiendo vigilar la puerta. Su muslo presionaba el mío, y no lo movía. Sentí su aliento caliente en mi oreja cuando se inclinó:

"¿Verdad que Mel Gibson la armó? Pero esta recaudación tuya va a superar la de ellos, preciosa"
. Su mano cayó casual sobre mi rodilla, y en lugar de quitársela, la dejé ahí. El pulso me latía en las sienes, y entre las piernas ya sentía esa humedad traicionera. El salón estaba en tinieblas, solo el resplandor de la pantalla iluminaba sus facciones duras, como si fuera el mismísimo Cristo resucitado.

Al final, cuando los créditos rodaban y la gente aplaudía emocionada, las alcancías rebosaban. Éxito total. Todos se fueron charlando de la película, de la recaudación récord que habíamos juntado –más de quince mil pesos, neta un milagro–. Quedamos solos él y yo recogiendo. El aire estaba cargado, espeso como miel.

"Gracias por ayudar, Marco. Sin ti, no hubiéramos recaudado tanto"
, le dije, doblándome para levantar una silla. Sentí su mirada quemándome el culo.

Él se acercó por detrás, su pecho pegándose a mi espalda.

"No mames, Alejandra, la verdadera pasión fue verte moverte todo el día. Me tienes loco"
. Su voz ronca me erizó la piel. Giré y ahí estaba, ojos oscuros devorándome. Nuestros labios se juntaron en un beso hambriento, tongues enredándose como serpientes. Sabía a chicle de menta y a deseo puro. Sus manos grandes me apretaron la cintura, bajando a mis nalgas, amasándolas con fuerza. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca.

Me levantó en volada y me sentó en la mesa del altar auxiliar, la falda subiéndose hasta las caderas. Esto es pecado, pero qué rico pecado, pensé mientras él besaba mi cuello, lamiendo el sudor salado. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que me volvía loca. Le arranqué la camisa, revelando un pecho velludo y pectorales duros como piedra. Mis uñas rasguñaron su piel, oyendo su gruñido animal.

"Eres una diosa, wey. Quiero comerte entera"
.

Me quitó la blusa de un jalón, liberando mis tetas. Sus labios chuparon un pezón, duro y sensible, tirando con los dientes hasta que arqueé la espalda. El salón resonaba con nuestros jadeos, el eco de la película aún en mi mente –sufrimiento y redención, pero esto era puro placer–. Bajó mi tanga empapada, oliendo mi excitación dulce y salada.

"Mira cómo estás de mojada por mí, mamacita"
, murmuró antes de enterrar la cara entre mis muslos.

Su lengua era fuego, lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mis labios con hambre. Sentí cada roce como electricidad, mis caderas moviéndose solas contra su boca. ¡Qué chingón! Nadie me había comido así. Metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas. Grité su nombre, el sonido rebotando en las paredes sagradas. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el incienso residual.

No aguanté más.

"Marco, métemela ya, pendejo"
, le rogué, desesperada. Él se enderezó, bajándose el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el grosor que apenas cabía en mi puño. La masturbé despacio, oyendo sus gemidos roncos.

Me abrió las piernas y empujó lento, centímetro a centímetro. Dios mío, me llena toda. El estiramiento ardía delicioso, mi concha apretándolo como guante. Empezó a bombear, primero suave, luego más fuerte, la mesa crujiendo bajo nosotros. Sus bolas chocaban contra mi culo con cada embestida, sonido húmedo y obsceno. Sudábamos a chorros, piel resbaladiza pegándose. Lo besé feroz, mordiendo su labio, probando mi propio sabor en su lengua.

Cambié de posición, queriendo más control. Lo empujé al suelo, sobre la alfombra raída del salón. Me subí encima, cabalgándolo como reina. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones. Rebotaba duro, su verga golpeando profundo, rozando mi G-spot.

"¡Sí, así, cabrón! ¡Dame todo!"
. Él desde abajo me azotaba las nalgas, el escozor sumándose al éxtasis. Sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre.

Marco se tensó debajo de mí.

"Me vengo, Alejandra... ¿dónde?"
.
"Adentro, fóllame hasta el fondo"
. Explotó primero él, chorros calientes llenándome, el pulso de su verga desencadenando el mío. Grité largo, el placer rompiéndome en mil pedazos, mi concha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Ondas y ondas de gozo, piernas temblando, visión borrosa.

Colapsamos juntos, jadeando. Su semen goteaba de mí, cálido en mi piel. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopando al ritmo del mío. El salón volvía a la quietud, solo nuestros suspiros y el olor a sexo persistente.

"La pasion de cristo recaudacion fue épica, pero esto... esto es mi nueva religión"
, bromeó él, acariciándome el pelo.

Nos vestimos despacio, robándonos besos perezosos. Afuera, la noche de Semana Santa envolvía el barrio en silencio piadoso. Caminamos juntos a la salida, prometiéndonos repetir –quizá en la próxima recaudación–. Esa noche, en mi cama, reviví cada toque, cada gemido. La verdadera pasión no está en la cruz, sino en la carne. Y yo, gracias a Marco, la había recaudado toda.

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