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Sola en la Cancha Pasión de Multitudes Attaque 77

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Sola en la Cancha Pasión de Multitudes Attaque 77

El estadio Azteca estaba casi vacío esa noche pero el aire todavía vibraba con la pasión de multitudes. Habías esperado el momento perfecto para colarte por una entrada lateral después del silbatazo final del partido. El césped bajo tus tenis crujía suave fresco y húmedo por el rocío nocturno. Olía a tierra removida sudor de jugadores y ese aroma inconfundible de hot dogs y chela derramada en las gradas. Tú eras Ana una morra de veintiocho bien plantada con curvas que volvían locos a los weyes en el barrio y un amor enfermizo por el fútbol.

Qué chido estar aquí sola en la cancha pensaste mientras corrías hacia el centro del campo. El viento fresco te erizaba la piel bajo la playera ajustada del América que se pegaba a tus tetas por el sudor del grito colectivo horas antes. Cerraste los ojos e imaginaste las luces los cánticos la adrenalina de veinte mil gargantas rugiendo goles. Tu corazón latía fuerte como tambor de estadio y entre las piernas sentías ese cosquilleo familiar la pasión de multitudes que te ponía cachonda sin razón.

De pronto un sonido rasposo rompió el silencio. Era rock punk argentino saliendo de un altavoz olvidado en la zona de prensa. Attaque 77 tronando fuerte: Sola en la cancha otra vez pensando en vos. Te reíste bajito neta qué coincidencia wey. Empezaste a mover las caderas al ritmo saltando sobre el césped como si fueras la estrella del show. Tus jeans rotos rozaban contra tus muslos y el sudor fresco te bajaba por la espalda.

Entonces lo viste. Alto moreno con tatuajes asomando por las mangas de su camiseta negra un vato de unos treinta que parecía haber tenido la misma idea loca. Estaba recargado en la portería lejana fumando un cigarro con esa mirada de pendejo confiado que te hace mojar al instante. Se acercó caminando despacio el pasto susurrando bajo sus botas.

—Órale mamacita —dijo con voz grave y juguetona— ¿también te colaste para sentir la vibra?

Te detuviste el corazón en la garganta. Olía a tabaco y hombre sudoroso puro macho mexicano. Chingao qué ricura pensaste mordiéndote el labio.

—Neta wey —respondiste coqueta girando para que viera tu culo marcado por los jeans— esta sola en la cancha me prende más que el partido. ¿Y tú?

Se llamaba Marco exjugador amateur ahora fanático empedernido. Charlaron de goles de la pasión del América de cómo Attaque 77 capturaba esa soledad electrizante en medio del caos. La canción seguía sonando en loop y empezaron a bailar juntos. Sus manos grandes en tu cintura fuertes cálidas enviando chispas por tu espina.

Acto uno completo la tensión crecía como el rugido de la afición antes del penal. Sus dedos rozaban tu piel expuesta en la cintura de la playera y tú sentías su verga endureciéndose contra tu cadera. El beso llegó natural como el golazo de último minuto. Sus labios ásperos con sabor a chela y menta te devoraban la boca lengua explorando profunda húmeda. Gemiste bajito el sonido ahogado por el viento y la música punk.

La noche se volvía más densa el cielo estrellado testigo de su escalada. Marco te jaló suave hacia el centro del campo donde la luna iluminaba el césped como reflector natural. Tus manos subieron por su pecho duro pectorales marcados por horas de gym y canchas. Qué webón tan chingón pensaste mientras le quitabas la playera oliendo su sudor masculino ese aroma que te hacía apretar los muslos.

—Me estás poniendo como loca —le susurraste al oído lamiendo su lóbulo salado.

—Tú ni te imaginas lo que me provocas ricura —gruñó él bajando tus jeans con urgencia pero sin prisa dejando que el aire fresco besara tus nalgas desnudas.

Caíste de rodillas sobre el pasto suave punzante contra las palmas. Su verga saltó libre gruesa venosa palpitante con ese olor almizclado de excitación pura. La tomaste en la boca lenta saboreando la piel caliente el pre-semen salado que te hacía salivar más. Él jadeaba chíngame Ana qué boquita manos enredadas en tu pelo negro largo tirando suave para guiarte. El sonido de succión húmeda se mezclaba con la guitarra rasposa de Attaque 77 y el eco lejano de la ciudad.

Te levantó empalándote contra su cuerpo fuerte piernas alrededor de su cintura. Sentiste su dureza presionando tu chucha empapada a través de las panties. Las rasgó con un movimiento experto tela rasgándose como promesa de placer. Entró en ti de un solo empujón profundo llenándote hasta el fondo. Ay wey qué rico gritaste arqueando la espalda el césped fresco contra tu espalda desnuda.

Se movían al ritmo de la canción follando duro rítmico como el punk. Cada embestida era un gol un rugido de multitudes imaginarias. Sus bolas chocaban contra tu culo sudorosas resbalosas el sonido carnoso amplificado por la acústica del estadio vacío. Olías a sexo a hierba aplastada a pasión desbocada. Tus uñas clavadas en su espalda dejando marcas rojas él mordiendo tu cuello suave dejando chupetones que mañana dolerían chido.

El clímax se acercaba como el pitazo final. Tus paredes lo apretaban ordeñándolo gemidos convirtiéndose en gritos ¡más pendejo más!. Él aceleró gruñendo me vengo chingada y explotó dentro caliente espeso llenándote mientras tú te deshacías en oleadas de placer estrellas estallando detrás de tus párpados. El mundo se redujo a pulsos jadeos y el eco de sola en la cancha desvaneciéndose.

Después rodaron sobre el césped riendo exhaustos cuerpos entrelazados brillando de sudor bajo la luna. Su cabeza en tus tetas suaves respirando hondo tu aroma mezclado con el de él. El viento secaba la humedad entre tus piernas dejando un cosquilleo placentero.

—Neta nunca había follado así —dijo él besando tu ombligo— la pasión de multitudes nos unió wey.

Attaque 77 tenía razón pensaste sola en la cancha pero ya no lo estoy. Esta noche el estadio fue nuestro y el fuego sigue ardiendo.

Se vistieron lento robándose besos caricias perezosas. Caminaron de la mano hacia la salida el estadio susurrando secretos como cómplices. Mañana volverías a la rutina al trabajo a las chelas con cuates pero llevarías este recuerdo grabado en la piel en el alma. La pasión no muere solo se transforma y tú la habías vivido en carne propia chingona y empoderada.

Al llegar a la reja él te dio su número para la revancha mamacita. Te fuiste a casa con el cuerpo adolorido pero satisfecho el sabor de él en la boca el olor del césped en la ropa. En la cama sola de nuevo pero plena te tocaste suave recordando cada roce cada gemido. Qué noche cabrona suspiraste durmiendo con una sonrisa el corazón latiendo al ritmo de multitudes eternas.

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