Una Pasión de Cristo
En las calles empedradas de Oaxaca, durante la Semana Santa, el aire estaba cargado de incienso y murmullos devotos. Ana caminaba entre la multitud, con el corazón latiéndole fuerte bajo el huipil bordado que ceñía sus curvas generosas. Tenía veintiocho años, soltera por elección, y esa noche la procesión de la Pasión la había envuelto en un calor que no venía solo de las velas. Neta, qué chido está este ambiente, pensó, mientras el olor a cera quemada se mezclaba con el sudor de los cuerpos apiñados.
Entonces lo vio. Javier, alto, moreno, con ojos negros que brillaban como obsidianas bajo el sombrero de palma. Portaba una cruz ligera en la procesión, su camisa blanca pegada al pecho musculoso por el esfuerzo. Sus labios carnosos se movían en una oración silenciosa, pero cuando sus miradas se cruzaron, Ana sintió un cosquilleo en el vientre. Él sonrió de lado, un guiño pícaro que decía te vi, güey. Ella respondió con una risa contenida, mordiéndose el labio inferior.
Después de la estación, cuando la multitud se dispersó, Javier se acercó. Olía a tierra húmeda y a hombre trabajado, un aroma que le erizó la piel.
¿Qué onda? ¿Vienes a la procesión sola o qué?
—Sola, pero ya no —respondió ella, juguetona, con esa voz ronca que usaba cuando coqueteaba.
Charlaron bajo las luces tenues de un puesto de mole y mezcal. Él era carpintero, de un pueblo cercano, y contaba anécdotas con ese acento oaxaqueño que la hacía derretirse. Este pendejo es chingón, se dijo Ana, mientras su mano rozaba accidentalmente la de él al tomar el vasito. El toque fue eléctrico, como si la pasión de Cristo se hubiera encarnado en sus dedos.
La invitó a su casa, una casita colonial con patio de bugambilias. Ella aceptó sin pensarlo dos veces. Caminaron en silencio, el roce de sus brazos avivando el fuego interno.
En el patio, bajo la luna llena, Javier la besó. Sus labios eran firmes, con sabor a mezcal y sal. Ana jadeó, presionando su cuerpo contra el de él, sintiendo la dureza de su erección contra su vientre. Órale, qué vergón tan rico, pensó, mientras sus lenguas danzaban en un tango húmedo. Las manos de él subieron por su espalda, desatando el huipil con maestría. El vestido cayó, revelando sus pechos llenos, pezones oscuros endurecidos por el fresco de la noche.
—Eres una diosa, Ana —murmuró él contra su cuello, inhalando su perfume de jazmín y deseo.
Ella lo empujó hacia la hamaca, riendo. Le quitó la camisa, lamiendo el sudor salado de su pecho velludo. Javier gimió, sus manos amasando sus nalgas redondas bajo la falda. La tensión crecía como la procesión subiendo la cuesta: lenta, inexorable. Ana sentía su coño palpitar, húmedo, ansioso.
Quiero que me cojas como si fuera mi propia pasión de Cristo, sufriendo de placer, se confesó en silencio.
Entraron a la habitación, iluminada por velas que parpadeaban como estrellas pecadoras. Javier la tendió en la cama de madera tallada, besando cada centímetro de su piel morena. Sus labios descendieron por el valle de sus senos, chupando un pezón hasta hacerla arquearse. El sonido de sus succiones era obsceno, mezclado con los gemidos ahogados de ella. Olía a sexo inminente, a almizcle y piel caliente.
Ana lo volteó, montándose a horcajadas. Desabrochó su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, que saltó erguida como una ofrenda. La tomó en su mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. Javier gruñó, sus caderas embistiéndola hacia arriba.
—No aguanto más, mi reina —dijo, con voz ronca.
Ella se posicionó, frotando la cabeza de su polla contra su clítoris hinchado. El roce era tortura exquisita, jugos resbalando por sus muslos. Lentamente, se hundió en él, centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud. ¡Ay, cabrón, me estira tan chido! Estaban unidos, piel con piel, sudando bajo el calor de sus cuerpos.
El ritmo empezó suave, como una oración susurrada. Javier la embestía desde abajo, sus manos guiando sus caderas. Ana cabalgaba, sus tetas rebotando, el slap-slap de carne contra carne resonando en la habitación. El olor a sexo era espeso, embriagador. Ella se inclinó, besándolo con furia, mordiendo su labio hasta saborear un hilo de sangre dulce.
Cambiaron posiciones. Él la puso a cuatro patas, admirando su culo perfecto. Entró de nuevo, profundo, golpeando su punto G con cada estocada. Ana gritaba, sí, así, pendejito, dame más. Sus bolas chocaban contra su clítoris, enviando chispas de placer por su espina. Javier le jalaba el pelo suave, no con fuerza, sino con posesión amorosa. Ella se tocaba el botón, círculos rápidos, sintiendo el orgasmo acercarse como la crucifixión final.
Esta es a pasión de Cristo mía, puro éxtasis doliente
El clímax la golpeó primero: un estallido de luz detrás de sus ojos cerrados, su coño contrayéndose alrededor de su verga como un puño caliente. Gritó su nombre, temblando, jugos chorreando por sus piernas. Javier la siguió segundos después, rugiendo como un toro, llenándola de semen caliente, pulsación tras pulsación. Colapsaron juntos, exhaustos, piel pegajosa de sudor y fluidos.
En el afterglow, yacían enredados. Javier la acariciaba el cabello, besando su frente. El aire olía a jazmín marchito y pasión consumada. Ana sentía una paz profunda, como después de la resurrección.
—Fue como una pasión de Cristo, intensa y redentora —susurró ella, riendo bajito.
—La mejor, mi amor —respondió él, atrayéndola más cerca.
Durmieron así, con el eco de la procesión lejana, sabiendo que esa noche habían creado su propio milagro carnal. Al amanecer, el sol besó sus cuerpos desnudos, prometiendo más noches de fuego eterno.