Relatos Eroticos
Inicio DOMINACIÓN La Septima Hora de la Pasion La Septima Hora de la Pasion

La Septima Hora de la Pasion

6311 palabras

La Septima Hora de la Pasion

El sol se ponía en la playa de Puerto Vallarta, tiñendo el cielo de un naranja ardiente que se reflejaba en el mar. Yo, Ana, acababa de llegar a la villa que rentamos con Marco, mi amor de toda la vida. Habíamos escapado de la ciudad por unos días, solo nosotros dos, para reconectar como en los viejos tiempos. Él me esperaba en la terraza, con una cerveza fría en la mano y esa sonrisa pícara que siempre me hace derretir.

Qué chido verte llegar, nena, me dijo mientras me abrazaba por la cintura, su aliento oliendo a sal y a limón de la michelada. Su piel bronceada brillaba bajo la luz del atardecer, y sentí sus manos firmes contra mi espalda baja, despertando ese cosquilleo familiar en mi vientre. Yo llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a mis curvas por el sudor del viaje, y al besarme, su lengua rozó la mía con urgencia contenida.

Entramos a la habitación principal, con vistas al Pacífico. La brisa marina entraba por las ventanas abiertas, trayendo el olor a yodo y a flores tropicales del jardín. Marco me quitó el vestido despacio, sus dedos trazando senderos de fuego sobre mi piel. Te he extrañado tanto, murmuró contra mi cuello, mordisqueando suave hasta que gemí bajito. Nos tumbamos en la cama king size, con sábanas de hilo egipcio que olían a lavanda fresca.

La primera hora fue de besos lentos, explorándonos como si fuera la primera vez. Sus labios sabían a sal y a deseo, y yo le recorrí el pecho con las uñas, sintiendo los músculos tensos bajo mi tacto. El sonido de las olas rompiendo en la playa era como un latido constante, sincronizándose con nuestros corazones acelerados.

En la segunda hora, las caricias se volvieron más intensas. Marco me abrió las piernas con gentileza, su aliento caliente sobre mi monte de Venus.

Estás tan mojada para mí, mi reina
, susurró, y su lengua encontró mi clítoris con precisión. El placer era eléctrico, oleadas de calor subiendo por mi espina dorsal. Yo arqueé la espalda, agarrando las sábanas, mientras el aroma de mi propia excitación se mezclaba con el suyo, ese olor almizclado y varonil que me volvía loca.

La tercera hora nos encontró enredados en una danza de cuerpos. Él encima de mí, penetrándome despacio al principio, cada centímetro estirándome deliciosamente. Neta, qué rico te sientes, jadeé, clavando mis talones en su trasero firme. El sudor perlaba su frente, goteando sobre mis pechos, y yo lo lamí, saboreando la sal de su esfuerzo. Nuestros gemidos se fundían con el rumor del mar, un coro privado de pasión.

Pero no paramos. La cuarta hora fue de posiciones juguetones. Me puse encima, cabalgándolo con ritmo, sintiendo cómo su verga dura me llenaba por completo. Sus manos amasaban mis nalgas, guiándome, y el slap slap de piel contra piel resonaba en la habitación. ¡Más rápido, chula! me pedía, y yo obedecía, perdida en el vaivén, el olor a sexo impregnando el aire como un perfume prohibido.

En la quinta hora, el cansancio empezó a asomarse, pero el deseo era más fuerte. Nos dimos la vuelta, él detrás de mí en cucharita, embistiéndome profundo mientras me besaba el hombro. Sus dedos jugaban con mis pezones endurecidos, pellizcándolos justo lo suficiente para que doliera rico. Internamente, pensaba: Esto es lo que necesitaba, esta conexión pura, sin prisas ni dramas. El tacto de su piel pegajosa contra la mía era adictivo, resbaladizo por el sudor compartido.

La sexta hora nos llevó al borde del agotamiento placentero. Nos besamos con hambre, lamiendo el sudor del otro, probando cada rincón. Marco me levantó contra la pared, mis piernas alrededor de su cintura, y follándome allí, con la brisa refrescando nuestros cuerpos febriles. El sonido de su respiración entrecortada en mi oído, Te amo, Ana, neta te amo, me hizo estremecer. Olía a mar, a él, a nosotros.

Y entonces llegó la septima hora de la pasion. Habíamos perdido la noción del tiempo, pero el reloj en la mesita marcaba las dos de la mañana. Nuestros cuerpos estaban exhaustos, pero el fuego no se apagaba. Me tendí de espaldas, abriéndome para él una vez más. Marco se deslizó dentro de mí con un gruñido gutural, su peso reconfortante sobre mi pecho. Esta vez fue lento, profundo, cada embestida como una promesa.

El roce de su pubis contra mi clítoris era exquisito, enviando chispas por todo mi ser. Sentía su pulso latiendo dentro de mí, sincronizado con el mío.

Esta es nuestra séptima hora de la pasión, mi vida
, me dijo al oído, su voz ronca por el esfuerzo. Yo respondí con un gemido largo, Sí, cabrón, dame todo, en ese tono juguetón que solo usamos en la intimidad.

La tensión se acumulaba como una tormenta. Mis uñas arañaban su espalda, dejando surcos rojos que él adoraba. El olor a semen próximo, a mi humedad, a sudor rancio y dulce, nos envolvía. Oía su corazón tronando contra mi oreja, sentía el calor de su aliento en mi cabello. Cada movimiento era deliberado, construyendo el clímax inevitable.

De pronto, el mundo se redujo a eso: él dentro de mí, yo apretándolo con mis paredes internas. Grité su nombre cuando el orgasmo me golpeó, oleadas convulsivas que me arquearon como un arco. Marco se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando sobre el mío. Nos quedamos así, unidos, jadeando, mientras el placer residual nos recorría como ecos.

En el afterglow, nos acurrucamos bajo las sábanas revueltas. El mar susurraba afuera, calmado ahora, como si aprobara nuestra unión. Marco me acarició el cabello, besando mi frente. Qué chingón fue eso, ¿verdad? dijo con una risa cansada. Yo asentí, sintiendo una paz profunda, esa satisfacción que solo viene de entregarse por completo.

Internamente, reflexionaba: La séptima hora de la pasión nos unió más que nunca. No era solo sexo, era amor crudo, mexicano, apasionado como un corrido de banda. Mañana seguiríamos explorando, pero esta noche era nuestra eternidad. El sueño nos venció envueltos el uno en el otro, con el sabor de la sal en los labios y el calor de su piel como última caricia.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatoseroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.