Pasión México Bernabé Adame En Vivo Desnuda
Estaba ahí en la plaza de toros de México, el sol pegando como diablo en la Monumental, el aire cargado de ese olor a tierra seca, sudor y cuero viejo que te eriza la piel. Pasión México Bernabé Adame en vivo, decían los carteles por todos lados, y neta que lo sentías en el pecho, esa vibración del público gritando, las trompetas anunciando la entrada del toro. Yo, Karla, una morra de veintiocho tacos bien puestos, con mi falda floreada ceñida a las caderas y una blusa que dejaba ver justo lo suficiente para volver loco a cualquiera, no podía quitarle los ojos de encima al torero. Bernabé Adame, el chulo ese con el traje de luces que brillaba como estrella, el pelo negro peinado pa'trás, los ojos fieros como el animal que enfrentaba.
Desde mi asiento en la barrera, lo veía moverse, elegante y peligroso, la capa rosa ondeando como una promesa de algo prohibido. Cada quite era un latido en mi entrepierna, el sudor resbalando por su cuello moreno, el aroma de su hombría mezclándose con el polvo levantado por los cascos del toro.
¿Qué carajos me pasa? Este wey me tiene mojada sin siquiera tocarme, pensaba mientras apretaba las piernas, sintiendo el calor subir desde mi panocha hasta la cara. El público rugía, pero yo solo oía mi respiración agitada, el pulso acelerado como tambores de mariachi.
La faena fue de antología, Bernabé clavando las banderillas con precisión quirúrgica, el toro embistiendo furioso, y él girando como si bailara un son jarocho. Al final, el descabello perfecto, el público en pie ovacionando. Yo aplaudía como loca, gritando su nombre, y de repente, sus ojos se cruzaron con los míos. Fue un segundo eterno, una chispa que me recorrió la espina dorsal. Bajó la cabeza en saludo, pero juraría que me guiñó el ojo. Órale, Karla, no seas pendeja, me dije, pero el cosquilleo no paraba.
Después del paseíllo, me armé de valor y bajé a los tendidos, zigzagueando entre la gente que salía. Quería acercarme, olerlo de cerca, sentir esa pasión México que desprendía. En la zona de toriles, lo vi saliendo del vestidor, ya sin el traje, en camisa blanca pegada al cuerpo por el sudor, jeans ajustados que marcaban todo. Me planté frente a él, el corazón en la garganta.
—¡Qué faena tan chingona, Bernabé! Me dejaste con el alma en un hilo, le solté, la voz ronca de emoción.
Él sonrió, esa sonrisa de torero conquistador, dientes blancos relampagueando. —Gracias, güerita. ¿Y tú quién eres, que gritas más fuerte que el mismísimo público?
Nos quedamos platicando, el ruido de la plaza apagándose a lo lejos, solo nosotros dos en ese pasillo angosto, el olor a sangre y arena aún flotando. Me contó de la adrenalina de la corrida, yo le dije que Bernabé Adame en vivo era puro fuego. Sus manos rozaron las mías al pasarme una botella de agua, y sentí la electricidad, piel contra piel, áspera y caliente.
Si no lo beso ahora, me muero.
—Ven, te invito unas chelas pa' celebrar, me dijo, y yo, sin pensarlo dos veces, subí a su camioneta pick-up, el viento de la noche mexicana azotando mi pelo mientras íbamos a un antro chido en Polanco. Ahí, entre luces neón y cumbia rebajada, bailamos pegaditos, su cuerpo duro contra el mío, sus manos en mi cintura bajando despacito hasta mis nalgas. Olía a colonia cara mezclada con ese sudor varonil, y yo me restregaba como gata en celo, sintiendo su verga endurecerse contra mi vientre.
La tensión crecía con cada roce, cada mirada cargada de promesas. Pasión México pura, carnal, viva. Me susurraba al oído: —Eres una chula, Karla. Me traes loco desde que te vi allá arriba. Yo respondía mordiéndome el labio, —Entonces haz algo, torero, que no aguanto más. Salimos del antro, el valet trayendo la troca, y en el camino a su depa en Lomas, ya nos devorábamos con besos, mi lengua explorando su boca salada, sus dedos metiéndose bajo mi falda, rozando mi tanga empapada.
Llegamos a su penthouse, vistas al skyline de la CDMX brillando como diamantes. Apenas cerramos la puerta, me empujó contra la pared, sus labios devorando mi cuello, chupando la piel hasta dejar marcas. —Te quiero toda, güera, gruñó, mientras me quitaba la blusa, exponiendo mis tetas firmes al aire fresco. Sus manos las amasaron, pulgares en los pezones duros como piedras, y yo gemía bajito, arqueándome contra él. Bajó la boca, lamiendo un pezón, succionando fuerte, el sonido húmedo resonando en la habitación. Olía a mi excitación, ese almizcle dulce subiendo desde mi entrepierna.
Lo empujé al sofá de piel, me arrodillé entre sus piernas, desabrochando sus jeans con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillante de precum. —Qué pinga tan chingona, Bernabé, murmuré, y la tomé en la mano, sintiendo el calor palpitante, las venas latiendo bajo mi palma. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el salado, luego me la metí a la boca, chupando profundo, mi lengua girando alrededor. Él jadeaba, enredando los dedos en mi pelo, —Sí, así, mámacita, trágatela toda. El sonido de mi succión, sus gemidos roncos, el olor a sexo llenando el aire.
Pero quería más, lo necesitaba dentro. Me quité la falda y la tanga de un jalón, mi panocha rasurada reluciente de jugos. Me trepé encima, frotando mi clítoris contra su verga dura, lubricándola con mis mieles. —Cógeme ya, cabrón, le rogué, y él me agarró las caderas, hundiéndose de un solo empujón. ¡Ay, Dios! Llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso, el dolor placer mezclándose. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho moreno, sudado. Cada bajada era un choque de pelvis, piel contra piel chapoteando, mis paredes apretándolo como puño.
Nos volteamos, él encima ahora, piernas sobre sus hombros, embistiéndome brutal pero cariñoso, ojos en los míos. —Eres mía esta noche, Karla, pura pasión, decía entre jadeos. Yo gritaba, —Más fuerte, Bernabé, rómpeme, sintiendo el orgasmo construyéndose, una ola desde el estómago hasta el cerebro. El cuarto olía a sudor, semen y mi esencia, sonidos de carne chocando, respiraciones entrecortadas. Sus bolas golpeaban mi culo, su verga rozando ese punto adentro que me volvía loca.
El clímax llegó como estocada final, mi cuerpo convulsionando, chorros calientes saliendo de mí, empapándolo todo. Él gruñó profundo, hinchándose dentro, descargando chorros espesos que pintaban mis paredes. Nos quedamos unidos, temblando, besándonos lento, lenguas perezosas ahora.
Después, recostados en la cama king size, sábanas revueltas, él acariciándome el pelo, yo trazando círculos en su pecho. —Esto fue mejor que cualquier corrida, ¿verdad?, bromeé. Él rio, esa risa grave que vibraba en mi piel. —Contigo, Bernabé Adame en vivo cobra otro sentido, carnal. Afuera, la ciudad dormía, pero nosotros, en esa burbuja de pasión México, sabíamos que esto era solo el principio. El sol saldría, pero el fuego en nosotros ardía eterno.