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Pasiones Desenfrenadas del Canal de Telenovelas Pasiones

6650 palabras

Pasiones Desenfrenadas del Canal de Telenovelas Pasiones

Yo era Ana, la productora estrella del Canal de Telenovelas Pasiones, ese rincón mágico donde las historias de amor y traición se volvían adictivas para millones de morras y carnales en todo México. Cada día en los estudios de Televisa en San Ángel, el aire olía a café recién hecho mezclado con el perfume caro de las actrices y el sudor nervioso de los extras. Ese olor me ponía la piel chinita, como si el drama de las telenovelas se filtrara en la realidad.

Desde que entré al canal hace dos años, mis ojos no se despegaban de Javier, el galán principal de nuestra última producción, Corazones en Llamas. Era alto, con esa barba de tres días que le daba un toque rudo, ojos café oscuro que te miraban como si te desnudaran el alma, y una voz grave que hacía temblar las rodillas.

¿Por qué carajos me hace esto este pendejo?,
pensaba yo cada vez que lo veía ensayar escenas de besos apasionados con la protagonista. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano, y entre las piernas sentía ese calor húmedo que me obligaba a cruzar las piernas bajo el escritorio.

Una noche de viernes, después de un día eterno de tomas fallidas por la lluvia que azotaba los techos de los foros, nos quedamos solos él y yo revisando el guion para el capítulo final. El set estaba vacío, solo el zumbido de las luces de emergencia y el eco de gotas en los charcos afuera. Javier se acercó con una botella de tequila reposado en la mano, esa que siempre guardaba en su camerino. Órale, Ana, ¿un trago pa' relajar los nervios? Neta que hoy la armamos bien gacho con esas escenas.

Le sonreí, sintiendo el pulso acelerarse. Chido, carnal, pero no me emborraches, que mañana tengo junta con los jefes. Nos sentamos en el sofá del foro, ese mullido donde tantas parejas ficticias se habían declarado amor eterno. El tequila bajaba ardiente por mi garganta, sabroso como un beso prohibido, despertando mariposas en el estómago. Hablamos de todo: de cómo empezó en el canal, de sus ex que lo traicionaron como en las novelas, de mis sueños de dirigir mi propia historia. Sus ojos se clavaban en los míos, y juraba que olía su colonia, una mezcla de madera y especias que me mareaba más que el alcohol.

De pronto, su mano rozó mi rodilla al gesticular. Fue un toque eléctrico, como chispas de un cortocircuito.

¡No seas mensa, Ana, levántate y vete! Pero neta, quiero más,
me gritaba mi cabeza. Él no se apartó. Ana, ¿sabes? Siempre te he visto desde el primer día. Eres la única que hace que este circo valga la pena. Su voz era ronca, y antes de que pudiera responder, sus labios se estrellaron contra los míos. Sabían a tequila y a deseo puro, su lengua explorando con hambre, suave pero insistente. Gemí bajito, mis manos subiendo por su pecho firme bajo la camisa desabotonada.

El beso se volvió feroz, como las pasiones que escribíamos para la pantalla. Lo empujé contra el sofá, montándome a horcajadas sobre él. Sentí su verga dura presionando contra mi entrepierna a través de los jeans, y un jadeo se me escapó. ¡Javier, qué rico! murmuré, mientras él me quitaba la blusa con urgencia, exponiendo mis tetas al aire fresco del foro. Sus manos eran calientes, ásperas de tanto manejar cables y guiones, amasándome los pezones hasta ponérmelos duros como piedras. El roce me erizaba la piel, y el olor de su sudor mezclado con mi excitación llenaba el espacio.

Me bajé los pantalones con prisa, quedándome en tanga empapada. Él se desabrochó el cinturón, liberando esa polla gruesa y venosa que tanto había imaginado en mis noches solitarias viendo repeticiones del canal. Métemela ya, pendejo, no me hagas esperar, le ordené con voz temblorosa de pura lujuria. Javier sonrió pícaro, Como tú digas, jefa. Me penetró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El placer era cegador, su grosor llenándome hasta el fondo, rozando ese punto que me hacía arquear la espalda.

Empezamos a movernos en ritmo perfecto, como si hubiéramos ensayado la escena mil veces. El sonido de carne contra carne resonaba en el foro vacío, mezclado con nuestros gemidos ahogados. ¡Más duro, cabrón! ¡Sí, así! gritaba yo, clavándole las uñas en los hombros. Sudábamos a chorros, el olor almizclado de sexo impregnando todo. Él me chupaba las tetas, mordisqueando suave, mientras sus caderas me embestían con fuerza creciente. Sentía cada vena pulsando dentro de mí, mi clítoris rozando su pubis en cada estocada, acumulando tensión como una tormenta en el horizonte.

Pero no era solo físico. En mi mente, flashes de nuestras charlas, de cómo me hacía reír en medio del caos del canal, de sus miradas robadas durante las grabaciones.

Esto es real, no como las mentiras de las telenovelas. Lo quiero a él, entero,
pensaba entre jadeos. Javier me volteó, poniéndome de rodillas en el sofá, y volvió a entrar por atrás. Esa posición era brutal, profunda, sus bolas golpeando mi culo con palmadas húmedas. Agarró mis caderas, tirando de mí hacia él, y yo me arqueé, empujando contra su polla como una desesperada.

La intensidad subía, mis muslos temblando, el orgasmo acechando como el clímax de un capítulo. ¡Me vengo, Javier! ¡No pares! chillé, y exploté en oleadas de placer que me nublaron la vista. Mi coño se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, y sentí sus gruñidos roncos mientras se corría dentro, caliente y abundante, llenándome hasta rebosar. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa contra piel, el corazón martilleando al unísono.

Después, nos quedamos abrazados en ese sofá testigo de tantas pasiones ficticias. Él me acariciaba el cabello húmedo, besándome la frente. Ana, esto no es solo un revolcón. Quiero más escenas contigo, pero de las reales. Yo sonreí, oliendo su cuello salado, sintiendo la paz de un final feliz que no necesitaba rating. Afuera, la lluvia había parado, y el amanecer pintaba los sets de dorado.

Desde esa noche, el Canal de Telenovelas Pasiones cobró nuevo sentido para mí. Ya no era solo trabajo; era el lugar donde mi propia historia de amor ardiente había nacido. Cada vez que veía a Javier en pantalla, recordaba el sabor de su semen en mi boca después de limpiarnos mutuamente, el calor de su abrazo prometiendo más noches locas.

Neta, la vida es mejor que cualquier guion,
pensé, mientras planeaba nuestra próxima "toma" en el camerino.

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