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Pasión de Gavilanes Capítulo 156 Fuego en la Sangre

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Pasión de Gavilanes Capítulo 156 Fuego en la Sangre

La noche en la hacienda de los Elizondo ardía con un calor que no venía solo del sol sinaloense. Yo, Rosalba, me encontraba en la cocina amplia, con el aroma del mole poblano impregnando el aire, ese picor dulce que se pegaba a la piel como un amante insistente. Mis manos amasaban las tortillas frescas, pero mi mente volaba lejos, recordando las miradas que él me lanzaba desde el porche. Óscar, el capataz de ojos negros como la medianoche, con ese cuerpo forjado en el trabajo del rancho, músculos que se marcaban bajo la camisa ajustada.

Desde que llegué a esta tierra hace meses, huyendo de un pasado que no importaba ya, la tensión entre nosotros crecía como la tormenta antes de la lluvia. Él era el hermano de los Gavilanes, esos vatos duros que cuidaban el terreno con uñas y dientes, y yo, la sobrina lejana de los dueños, una morra que no encajaba del todo pero que sentía el pulso de este lugar en las venas.

¿Por qué carajos me mira así? Como si quisiera comerme viva, despacito, saboreando cada pedazo.
Mi corazón latía fuerte, el sudor perlaba mi escote, y no era solo por el fuego de la estufa.

Óscar entró sin avisar, el sonido de sus botas pesadas resonando en el piso de losa. Traía el olor a tierra húmeda, a caballo y a hombre trabajado, ese aroma macho que me erizaba la piel. Se acercó por detrás, tan cerca que sentí el calor de su pecho contra mi espalda. "Rosalba, ¿qué traes ahí que huele tan chingón?" murmuró con esa voz ronca, su aliento cálido en mi cuello.

Me quedé quieta, el rodillo temblando en mis manos. No te muevas, no vaya a ser que explote todo. Giré despacio, enfrentando esos ojos que ardían. "Mole para la cena, pero si quieres probar algo más caliente..." respondí, juguetona, con ese acento norteño que me salía natural. Nuestras miradas chocaron, y el aire se cargó de electricidad. Sus manos grandes se posaron en mis caderas, tirando de mí hacia él. Sentí la dureza de su verga presionando contra mi vientre, y un jadeo se me escapó.

Era el comienzo de algo que llevábamos semanas cocinando en silencio. La familia tenía sus rencores, historias de tierras y traiciones como en esas novelas que veíamos en la tele, pero aquí no había guion. Solo nosotros, adultos con fuego en la sangre.

La cena se enfrió esa noche porque no llegamos a la mesa. Óscar me cargó como si no pesara nada, sus brazos fuertes rodeándome, y me llevó a su cuarto en el ala de los trabajadores. El pasillo olía a madera vieja y jazmín del jardín, el crujido de las tablas bajo sus pasos marcando el ritmo de mi pulso acelerado.

Esto es como Pasión de Gavilanes capítulo 156, esa escena donde la pasión explota y nadie puede parar. Neta, si fuera telenovela, aquí pondrían comerciales.

Entramos al cuarto iluminado solo por la luna que se colaba por la ventana entreabierta. Me dejó en la cama king size que él mismo había armado, con sábanas ásperas pero limpias, oliendo a su jabón de lavanda silvestre. Se quitó la camisa de un tirón, revelando el pecho tatuado con un gavilán en pleno vuelo, músculos que brillaban con sudor fresco. Yo me incorporé de rodillas, mis manos temblorosas desabotonando mi blusa huipil, dejando al aire mis chichis llenas, pezones duros como piedras de río.

"Eres una tentación, Rosalba. Me tienes loco desde el primer día." Su voz era un gruñido bajo, y se arrodilló frente a mí, besando mi cuello con labios calientes, lengua trazando caminos que me hicieron arquear la espalda. Sentí su barba raspando mi piel suave, un cosquilleo delicioso que bajaba directo a mi panocha, ya mojada de anticipación. Mis dedos se enredaron en su pelo negro, tirando suave, guiándolo más abajo. Él lamía mis tetas, succionando un pezón con hambre, el sonido húmedo de su boca llenando el cuarto, mezclado con mis gemidos ahogados.

La tensión subía como el volumen de una cumbia rebajada. Yo lo empujé hacia atrás, montándome a horcajadas sobre él. Sus manos agarraron mi culo generoso, amasándolo con fuerza, dedos hundiéndose en la carne. Sí, así, cabrón, hazme tuya. Desabroché su pantalón, liberando esa verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, la dureza como hierro caliente, y la acerqué a mi boca. Lamí la punta, saboreando el precum salado, ese gusto amargo que me volvía loca. Él gruñó, caderas alzándose, "¡Órale, morra, qué rica boca!"

Lo chupé despacio al principio, lengua girando alrededor del glande, luego más profundo, hasta que sentí su grosor llenándome la garganta. El cuarto se llenaba de sonidos obscenos: succiones, jadeos, el slap de mi saliva. Óscar me miró con ojos enloquecidos, sus manos en mi cabeza guiándome sin forzar, puro acuerdo mutuo. Pero yo quería más. Me quité la falda y las tangas de encaje, quedando desnuda, mi concha depilada brillando de jugos. Me subí sobre él, rozando su verga contra mis labios hinchados, lubricándola con mi humedad.

La pausa fue eterna, nuestros ojos conectados.

En este momento, nada más existe. Ni rencores, ni hacienda. Solo esta calentura que nos une.
Bajé despacio, sintiendo cómo me abría, centímetro a centímetro, esa plenitud que me arrancó un grito. "¡Ay, Óscar, qué grande estás, me rompes!" Él sonrió pillo, "Aguántate, reina, que te voy a hacer volar."

Empecé a moverme, cabalgándolo como una amazona en el rodeo, mis caderas girando, arriba abajo, el choque de piel contra piel resonando como tambores. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, enviando chispas a mi clítoris. Sudábamos juntos, el olor a sexo crudo mezclándose con el jazmín de afuera, el viento fresco colándose y erizando nuestra piel. Él se incorporó, besándome con furia, lenguas enredadas, sabor a mole y tequila en su boca.

La intensidad creció. Me volteó boca abajo, de perrito, su verga embistiéndome desde atrás, profundo, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. ¡Chingado, sí! Más fuerte, no pares. Golpeaba mi culo con palmadas juguetones, el ardor delicioso sumándose al placer. Sus bolas chocaban contra mi clítoris, y yo me tocaba, frotando en círculos, la presión building como volcán. "Ven, Óscar, córrete conmigo, lléname."

Él aceleró, gruñendo mi nombre, "¡Rosalba, te amo, carajo!" El orgasmo nos golpeó como rayo. Sentí mis paredes contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer saliendo de mí, mojando las sábanas. Él se derramó dentro, caliente, espeso, pulsos que sentía en mi alma. Colapsamos juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos entrelazados.

Después, en el afterglow, yacíamos bajo la luna, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. El viento traía el relincho lejano de los caballos, paz absoluta.

Esto fue mejor que cualquier Pasión de Gavilanes capítulo 156. Aquí no hay villanos, solo nosotros, escribiendo nuestro propio final feliz.
Sus dedos trazaban círculos en mi piel, besos suaves en mi hombro. "¿Qué sigue, mi amor?" pregunté, voz ronca de satisfacción.

"Lo que sea, mientras estés tú. Mañana enfrentamos lo que venga, pero esta noche es nuestra." Sonreí, sabiendo que la pasión no se acababa ahí. En la hacienda de los Gavilanes, el fuego en la sangre ardía eterno.

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