Pasión de Enseñar Gabriela Mistral
Entré al aula de literatura latinoamericana en la UNAM con el corazón latiéndome a mil por hora. Era el primer día de clases con la maestra Gabriela Mistral, una mujer que ya traía fama de ser la más apasionada del departamento. No por nada se apellidaba igual que la poeta chilena; decían que era descendiente lejana y que su pasión de enseñar Gabriela Mistral era legendaria. Yo, Alejandro, un pinche estudiante de último semestre, nomás quería graduarme, pero desde que la vi en el pasillo, supe que esa semestre iba a ser diferente.
La maestra entró como un huracán de curvas y elegancia. Vestía una blusa blanca ceñida que marcaba sus chichis firmes, una falda lápiz negra que abrazaba sus caderas anchas y unos tacones que resonaban como promesas en el piso de mármol. Su cabello negro azabache caía en ondas hasta los hombros, y sus ojos verdes brillaban con fuego. "¡Buenos días, chavos! Hoy vamos a hablar de la verdadera pasión de enseñar, como la de Gabriela Mistral", dijo con voz ronca, sensual, mientras escribía en el pizarrón. Olía a jazmín y vainilla, un aroma que me invadió las fosas nasales y me puso la verga tiesa al instante.
Se paró frente a mí, inclinándose un poco para hojear mi cuaderno. Su aliento cálido rozó mi oreja. ¿Qué chingados? ¿Esto es normal en una clase? pensé, sintiendo el calor de su cuerpo tan cerca. Hablaba de cómo Mistral veía la enseñanza como un acto de amor profundo, de entrega total.
"La pasión de enseñar no es solo transmitir conocimiento, es encender almas, hacer que ardan", recitó, citando un ensayo de la poeta. Sus labios rojos se movían hipnóticos, y yo imaginaba cómo se sentirían contra los míos. El salón estaba en silencio, todos cautivados, pero yo ya estaba perdido en su escote, viendo el leve sudor perlado en su piel morena.
Al final de la clase, me quedé recogiendo mis cosas lento, como pendejo. Ella se acercó, su falda susurrando contra sus muslos. "Alejandro, ¿verdad? Vi que tomaste buenas notas. ¿Quieres que te dé unas lecturas extras sobre la pasión de enseñar Gabriela Mistral?" Su sonrisa era puro fuego. Neta, ¿me está coqueteando o soy yo el wey iluso? Asentí, y quedamos en su oficina para el viernes después de clases.
El viernes llegó y yo andaba nerviosísimo. La oficina estaba en un pasillo tranquilo del edificio de humanidades, con ventanales que daban a los jardines de la uni. Llamé y ella abrió, ahora con un vestido rojo escotado que dejaba ver el nacimiento de sus senos perfectos. "Pasa, mi amor... digo, Alejandro", corrigió riendo bajito. El aire estaba cargado de su perfume, mezclado con el olor a libros viejos y café recién hecho. Me senté frente a su escritorio, y ella se acomodó al lado, tan cerca que su rodilla rozó la mía. El toque fue eléctrico, como una chispa que me recorrió la entrepierna.
Empezamos hablando de Mistral. "Su pasión de enseñar era casi erótica, ¿no crees? Entregarse por completo al otro, moldear su mente con las manos", dijo, mientras sus dedos trazaban líneas en mi brazo al explicar un poema. Su piel era suave como seda, cálida, y yo sentía mi pulso acelerado en las sienes. Órale, esto no es solo una tutoría, me dije, notando cómo sus pezones se marcaban bajo la tela delgada. Le conté que siempre me había gustado la poesía, pero que ella lo hacía sonar vivo, carnal. Ella se mordió el labio. "¿Carnal? Me gusta cómo piensas, Alejandro. Ven, acércate".
Me paré y ella también, quedando frente a frente. El espacio entre nosotros se achicó hasta desaparecer. Sus manos subieron a mi pecho, sintiendo mi corazón galopando. Su tacto quema, neta quiero devorarla. "He visto cómo me miras en clase. ¿Quieres saber qué es la verdadera pasión de enseñar?", susurró, su aliento mentolado rozando mis labios. Asentí como idiota, y ella me besó. Fue un beso lento al principio, sus labios carnosos probando los míos, lengua suave explorando, saboreando a café y deseo. Gemí bajito, mis manos en su cintura, apretando esa carne firme y redonda.
La tensión subió como lava. La empujé suave contra el escritorio, besando su cuello, oliendo su sudor dulce mezclado con jazmín. Ella jadeaba, "Sí, así, cabrón, enséñame tú ahora", riendo juguetona. Le quité el vestido, revelando lencería negra que enmarcaba sus chichis grandes, pezones duros como piedras. Los chupé, succionando fuerte, sintiendo su leche tibia en la lengua mientras ella arqueaba la espalda, gimiendo "¡Ay, wey, qué rico!". Sus uñas arañaban mi espalda, enviando ondas de placer doloroso.
La senté en el escritorio, libros cayendo al piso con ruido sordo. Le abrí las piernas, viendo su panocha depilada, húmeda, brillando. Olía a mujer en celo, almizclado y adictivo. "Lámeme, Alejandro, muéstrame tu pasión". Me arrodillé, lengua en su clítoris hinchado, saboreando su jugo salado y dulce. Ella se retorcía, muslos apretando mi cabeza, grititos ahogados "¡No mames, qué chingón comes verga... digo, panocha!". Lamí más rápido, metiendo dos dedos, sintiendo sus paredes calientes contrayéndose.
No aguanté más. Me paré, saqué mi verga dura como fierro, venosa y palpitante. Ella la miró con hambre, "Qué pinga tan rica, métemela ya". La penetré de un golpe, sintiendo su calor envolviéndome, apretándome como guante. Empecé a bombear lento, profundo, el sonido de piel contra piel llenando la oficina, mezclado con sus gemidos roncos y mis gruñidos. Su coño es fuego puro, me va a quemar. Aceleré, sus tetas rebotando hipnóticas, sudor chorreando por nuestros cuerpos. Ella clavó las uñas en mis nalgas, "¡Más duro, pendejo, rómpeme!".
Cambié posiciones, la puse en cuatro sobre el escritorio, viendo su culo redondo perfecto. La azoté suave, sintiendo la carne temblar, roja. La embestí desde atrás, bolas golpeando su clítoris, ella gritando placer. "¡Sí, cabrón, soy tu puta maestra!". El clímax se acercaba, mis huevos apretados, su coño palpitando. La pasión de enseñar Gabriela Mistral es esto, pura entrega carnal. Eyaculé dentro, chorros calientes llenándola, mientras ella se corría temblando, jugos chorreando por sus muslos, grito gutural escapando su garganta.
Nos derrumbamos en el sillón de la oficina, jadeantes, piel pegajosa de sudor. Ella acurrucada en mi pecho, besando mi cuello. "Esto fue la lección más chida de mi vida, Alejandro", murmuró, su voz suave ahora. Yo acariciaba su cabello, oliendo nuestro sexo mezclado en el aire. Neta, ¿fue real? Su cuerpo aún tiembla contra el mío. Hablamos bajito de poesía, de cómo la pasión de enseñar Gabriela Mistral nos unió, no solo en mente sino en carne.
Salí de la oficina con piernas de gelatina, el sol del atardecer tiñendo los jardines de naranja. Sabía que volvería, que esa pasión no se apagaría fácil. Gabriela Mistral no solo enseñaba literatura; enseñaba a arder, a vivir el deseo sin frenos. Y yo, pinche alumno aplicado, estaba listo para más clases privadas.