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El Imperio de la Pasión

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El Imperio de la Pasión

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te estuviera acariciando. Yo, Ana, acababa de salir de una cena de negocios en uno de esos restaurantes fancy donde todos fingen ser importantes. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir chida, poderosa, con el escote justo para que los ojos se detuvieran un segundo de más. Caminaba por la avenida, el ruido de los autos y las risas lejanas mezclándose con el pulso acelerado de mi corazón.

Ahí lo vi. Diego. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba trouble en el mejor sentido. Estaba apoyado en la barra de un bar al aire libre, con una cerveza en la mano, charlando con unos cuates. Nuestras miradas se cruzaron y órale, fue como si el mundo se pusiera en pausa. Él se acercó, oliendo a colonia fresca y a algo más, a hombre que sabe lo que quiere.

¿Qué onda, preciosa? ¿Te invito una chela o prefieres algo más fuerte?
—me dijo, su voz grave retumbando en mi pecho.

Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Neta, hacía meses que no sentía esa chispa. Mi último novio había sido un pendejo que no sabía ni dónde tocar. —

Algo más fuerte, carnal. Como tequila reposado.

Charlamos un rato, riéndonos de tonterías, pero el aire entre nosotros estaba cargado. Sus ojos recorrían mi cuerpo sin disimulo, y yo no era tonta, respondía dejando que mi rodilla rozara la suya bajo la mesa. Hablamos de la vida en la CDMX, de cómo la ciudad te come viva si no le pones sabor. Él era arquitecto, diseñaba casas lujosas en las Lomas, y yo, publicista, siempre corriendo de junta en junta. Pero esa noche, no importaba nada más que esa tensión que crecía como una ola.

Al rato, su mano tocó la mía. Su piel era cálida, áspera en las yemas de los dedos, como si hubiera estado trabajando con las manos. Qué rico. —

Vámonos de aquí, Ana. Quiero mostrarte mi imperio.

Reí. —¿

Tu imperio?
—pregunté, juguetona.

El imperio de la pasión que tengo en mente para ti.

Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza. Lo seguí a su auto, un BMW negro que rugió al encenderse. Íbamos a su penthouse en Reforma, con vistas a la ciudad iluminada como un mar de estrellas caídas.

En el elevador, no aguantamos. Sus labios encontraron los míos, urgentes, saboreando a tequila y a menta. Su lengua exploró mi boca con hambre, y yo gemí bajito, sintiendo su erección presionando contra mi vientre. El ding del elevador nos separó, pero solo por un segundo.

Adentro, el lugar era puro lujo: ventanales del piso al techo, muebles de piel suave, luces tenues que pintaban todo de dorado. Me quitó el vestido con manos temblorosas de deseo, besando mi cuello, inhalando mi perfume mezclado con el sudor ligero de la noche. —

Eres una diosa, mamacita
—murmuró, su aliento caliente en mi oreja.

Yo lo desvestí también, admirando su torso definido, el vello oscuro bajando hasta donde empezaba la promesa. Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Mis pechos rozaban su pecho, mis pezones endurecidos como piedritas contra su piel. Lo besé por todo el cuello, lamiendo el salado de su sudor, bajando hasta sus abdominales. Él jadeaba, sus manos en mi culo, amasándolo con fuerza.

Esto es el paraíso
, pensé, mientras mi mano bajaba a su verga, dura como acero, palpitante. La envolví, sintiendo las venas bajo mis dedos, el calor que emanaba. Él gruñó, un sonido animal que me mojó al instante.

Me levantó como si no pesara nada y me llevó a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a limpio y a lavanda. Me tendió boca arriba, besando mi cuerpo entero. Sus labios en mis senos, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro, mandando descargas directas a mi clítoris. Bajó más, lamiendo mi ombligo, mis caderas, hasta llegar a mi panocha depilada, ya empapada.

Qué rica estás, Ana. Hueles a miel
—dijo, antes de hundir la lengua. ¡Ay, cabrón! Lamía despacio, círculos en mi clítoris, metiendo la lengua adentro, saboreándome. Mis caderas se movían solas, agarrando sus cabellos, gimiendo alto. El sonido de mi humedad con su boca era obsceno, perfecto. Olía a sexo, a nosotros, a deseo puro.

Lo quería dentro. Lo jalé arriba, guiando su verga a mi entrada. Entró de un empujón suave, llenándome por completo. Qué grande, qué duro. Empezamos lento, mirándonos a los ojos, sus embestidas profundas, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El slap slap de piel contra piel, nuestros jadeos mezclados con el zumbido de la ciudad abajo.

Esto es el imperio de la pasión
, se me cruzó por la mente mientras él aceleraba, mis uñas en su espalda, dejando marcas. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como reina, mis tetas rebotando, su mirada devorándome. Sudábamos, el olor almizclado llenando la habitación, el sabor salado en nuestros besos.

Él se puso atrás, a cuatro patas, embistiéndome fuerte, una mano en mi clítoris frotando, la otra jalándome el pelo con permiso. —

¿Te gusta, preciosa? ¿Quieres más?
—gruñía.

Sí, pendejito, dame todo
—respondí, riendo entre gemidos.

La tensión crecía, mis músculos apretándolo, su verga hinchándose más. Sentí el orgasmo venir, como una ola gigante. Exploté primero, gritando su nombre, mi cuerpo temblando, jugos corriendo por mis muslos. Él siguió unos segundos, rugiendo al venirse dentro, caliente, llenándome hasta rebosar.

Nos derrumbamos, jadeantes, envueltos en el olor de nuestro clímax. Su brazo alrededor de mí, besos suaves en mi hombro. La ciudad brillaba afuera, testigo de nuestro imperio privado.

Esto fue increíble, Ana. Como construir un imperio de la pasión en una noche
—dijo él, trazando círculos en mi piel.

Yo sonreí, satisfecha, el cuerpo pesado de placer. Neta, hacía tiempo no me sentía tan viva. No sabía si sería algo más, pero esa noche, en sus brazos, todo era perfecto. El pulso de la ciudad seguía, pero ahora latía al ritmo de mi corazón calmado, lleno.

Nos quedamos así, hablando bajito de sueños y locuras, hasta que el sueño nos venció. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, supe que había conquistado algo grande: el imperio de la pasión que siempre busqué en mí misma.

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