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La Pasion de Cristo Frases en la Piel

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La Pasion de Cristo Frases en la Piel

Imaginabas que la noche en ese bar de Polanco sería como cualquier otra, con luces tenues y el murmullo de conversaciones elegantes flotando en el aire cargado de perfume caro y humo de cigarros electrónicos. Tú, con tu vestido negro ceñido que abrazaba tus curvas como un secreto bien guardado, sorbías un margarita helado, el limón picante bailando en tu lengua mientras observabas a la gente. Eras Mariana, treinta años, católica de hueso colorado, criada en una familia de Guadalajara que te metió la religión hasta los tuétanos. Pero esa noche, algo cambió cuando él se acercó.

Alejandro, güey alto con ojos oscuros que parecían pozos de miel quemada, sonrisa pícara y una camiseta ajustada que dejaba ver el tatuaje asomando en su cuello. "Órale, chula, ¿qué hace una morra como tú sola aquí?", te dijo con esa voz ronca, mexicana de pura cepa, como si el tequila ya le corriera por las venas. Te reíste, neta, porque su acento chilango te erizaba la piel. Charlaron de todo: de la vida en la CDMX, del tráfico infernal, de cómo la ciudad te chupa el alma pero te da noches como esta. Y de repente, sacó el tema de la fe.

"Yo soy fan de La Pasión de Cristo, ¿sabes? Esa película de Mel Gibson... esas la pasion de cristo frases me vuelan la cabeza. No por lo religioso, sino por la intensidad, carnal. Como si el dolor y el placer se mezclaran". Su mirada se clavó en la tuya, y sentiste un calor subiendo por tu pecho, el corazón latiéndote como tambor en fiesta. ¿Qué pendejo, pensaste, pero no te moviste. Al contrario, te inclinaste, oliendo su colonia amaderada mezclada con sudor fresco, y le dijiste: "Muéstrame qué tan intenso eres entonces".

Salieron del bar tomados de la mano, el aire nocturno fresco rozando tus piernas desnudas, el bullicio de las calles empedradas de Polanco envolviéndolos como una promesa. Tomaron un Uber hasta su depa en la Roma, un lugar chido con ventanales enormes, velas aromáticas a vainilla y una cama king size que parecía gritar pecado. Apenas cerraron la puerta, sus labios se encontraron. Bésalo suave al principio, explorando, el sabor de su boca a ron y menta invadiendo la tuya, lenguas danzando lento, como si midieran el terreno.

¿Qué carajos estoy haciendo? Padre nuestro que estás en los cielos... pero este hombre me quema viva.

Tus manos subieron por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa, el calor de su piel traspasando la tela. Él te quitó el vestido con dedos hábiles, dejando que cayera al piso como una ofrenda. Quedaste en lencería roja, tetas firmes alzándose con cada respiración agitada, pezones endurecidos rozando el encaje. "Eres una diosa, Mariana", murmuró, voz grave vibrando contra tu cuello mientras besaba la curva de tu hombro, dientes rozando suave, enviando chispas por tu espina.

Te llevó a la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso cuando te acostó. Sus manos expertas masajearon tus muslos, subiendo lento, el roce áspero de sus palmas contra tu piel suave haciendo que arquees la espalda. Olías su excitación, ese aroma almizclado de hombre listo para devorarte, mezclado con el jazmín de las sábanas. "Déjame recitarte algo", dijo, ojos brillando con picardía. Se quitó la ropa, revelando un cuerpo esculpido, verga dura palpitando, venas marcadas como ríos de fuego.

Entonces empezó. Se arrodilló entre tus piernas abiertas, besando el interior de tus muslos, aliento caliente humedeciendo tu piel. "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen", susurró una de esas la pasion de cristo frases, pero con un tono ronco, pecaminoso, mientras lamía la piel sensible detrás de tu rodilla. Gemiste, neta, el placer eléctrico subiendo como corriente. "En tus manos encomiendo mi espíritu", continuó, dedos deslizándose bajo tu tanga, rozando tu clítoris hinchado, círculos lentos que te hicieron morder el labio. El sonido de tu humedad chorreando, jugos calientes empapando sus dedos, llenaba la habitación junto con tus jadeos entrecortados.

Te quitó la lencería, exponiéndote completa, tetas rebotando libres, pezones duros como piedras preciosas. Él los chupó, lengua girando alrededor, succionando fuerte hasta que gritaste "¡Ay, pendejo, qué rico!". Tus uñas se clavaron en su espalda, dejando surcos rojos, el dolor placentero arrancándole gruñidos. Bajó más, boca devorando tu coño, lengua hundiéndose en pliegues mojados, saboreando tu esencia salada y dulce. "Bebe de mí", adaptó otra frase, lamiendo tu clítoris como si fuera el cáliz sagrado, chupando hasta que tus caderas se alzaron, temblando al borde del primer orgasmo.

Pero no te dejó caer aún. Se incorporó, verga rozando tu entrada, gorda y caliente, lubricada por tus jugos. "Dime que lo quieres, chula", exigió, ojos fijos en los tuyos, sudor perlando su frente, olor a sexo impregnando el aire. "Sí, carnal, métemela ya", suplicaste, voz ronca de deseo. Empujó lento, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente, paredes vaginales apretándolo como guante. El sonido obsceno de carne contra carne empezó cuando aceleró, embestidas profundas, bolas golpeando tu culo con palmadas húmedas.

La tensión crecía, tus pechos rebotando con cada thrust, manos enredadas en su pelo, tirando fuerte. Él recitaba más la pasion de cristo frases, torciéndolas al erotismo: "Mi Dios, mi Dios, ¿por qué me has abandonado... a este placer?", gruñendo mientras te follaba más duro, el colchón crujiendo, cabezas golpeando la cabecera. Sentías cada vena de su verga frotando tu punto G, placer acumulándose como tormenta, pulso acelerado en oídos, piel resbalosa de sudor compartido. Tus gemidos se volvieron gritos: "¡Más, Alejandro, no pares, cabrón!"

El clímax te golpeó como cruz en calvario, pero de puro éxtasis. Ondas de placer explotando desde tu coño, contrayéndose alrededor de él, jugos salpicando sus muslos. Él siguió bombeando, prolongando tu orgasmo hasta que rugió, llenándote con chorros calientes de semen, mezclándose con tus fluidos, goteando entre tus piernas. Colapsaron juntos, pechos agitados, respiraciones entrecortadas, el aroma de sexo y vainilla envolviéndolos como niebla.

Después, en el afterglow, yacían enredados, su cabeza en tu pecho, dedo trazando círculos en tu vientre. "Neta, esas la pasion de cristo frases nunca sonaron tan cabronas", reíste, besando su frente salada. Él levantó la vista, sonrisa satisfecha: "La pasión no es solo dolor, mi reina. Es esto, puro fuego". Te sentiste completa, el conflicto interno disipándose como humo. La fe seguía ahí, pero ahora con un matiz nuevo, sensual, humano. Afuera, la ciudad ronroneaba indiferente, pero en esa cama, habíais creado vuestro propio evangelio de placer.

Se durmieron así, cuerpos entrelazados, promesas tácitas en el aire quieto. Mañana sería otro día, pero esa noche, las frases prohibidas habían marcado tu piel para siempre.

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