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Pasión de Gavilanes Capítulo 107 Fuego en la Carne

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Pasión de Gavilanes Capítulo 107 Fuego en la Carne

La noche caía suave sobre la Ciudad de México, con ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos. Yo, Rosalba, estaba recargada en el sofá de mi departamento en Polanco, con las luces bajas y el aire acondicionado zumbando bajito como un secreto. Mi hombre, Javier, se había acomodado a mi lado, su muslo fuerte rozando el mío, mientras la tele escupía el drama de Pasión de Gavilanes capítulo 107. Esa escena donde los amantes se miran con ojos de hambre, como si el mundo se les acabara en ese instante, me puso la piel chinita.

El olor a su colonia, esa vainilla ahumada que siempre me marea, se mezclaba con el mío, jazmín fresco de mi crema. Javier pasó el brazo por mis hombros, sus dedos juguetones trazando círculos en mi clavícula.

"Mira nomás cómo se comen con la mirada, nena",
murmuró con esa voz ronca que me eriza el alma. Carajo, este pendejo sabe cómo encender la mecha, pensé, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas.

En la pantalla, el beso estallaba como tormenta: labios chocando, manos ansiosas arrancando telas. Mi respiración se aceleró, el pecho subiendo y bajando rápido. Javier notó, porque su mano bajó despacito por mi brazo, hasta tomar mi mano y ponerla en su entrepierna. Ahí estaba, duro como piedra bajo el pantalón de mezclilla. ¡Qué chingón se siente eso! Mi pulso tronó en los oídos, y el calor de mi centro se humedeció, traidor.

Apagué la tele con el control remoto, dejando que el silencio nos envolviera como una sábana caliente. "¿Y si hacemos nuestro propio capítulo 107, carnal?" le dije, volteando a verlo con ojos de diosa vengadora. Él sonrió picoso, esa sonrisa de medio lado que me deshace. Me jaló hacia él, y nuestros labios se encontraron en un beso lento, saboreando el tequila de su lengua y el dulce de mi gloss de fresa.

Sus manos expertas se colaron bajo mi blusa holgada, subiendo por mi panza suave hasta los senos libres, sin sostén porque ¿pa' qué en casa?. Los amasó con ternura bruta, pulgares rozando mis pezones que se pararon como soldaditos. Gemí bajito contra su boca, el sonido vibrando en mi garganta. Olía a sudor limpio, a hombre de verdad, y yo me arqueé, presionando mi monte contra su verga tiesa.

No mames, Rosalba, ve por todo, me dije mientras lo empujaba suave al sofá. Me subí a horcajadas, sintiendo el roce áspero de su jeans en mis muslos desnudos bajo la falda corta. Le quité la playera de un tirón, revelando ese pecho moreno, marcado por horas en el gym. Mis uñas arañaron leve su piel, oliendo el salitre de su esfuerzo. Él gruñó,

"Así me gusta, mi reina, mánteca toda"
, y sus caderas se alzaron, frotando justo donde lo necesitaba.

La tensión crecía como olla exprés. Le desabroché el cinturón con dedos temblorosos, bajando el zipper despacio para torturarlo. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillando de precúm. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, y la apreté suave. Javier jadeó, ojos entrecerrados, perdido en mí. Me incliné, lamiendo la punta con lengua juguetona, saboreando su esencia salada, musgosa. "¡Órale, qué rico chupas, amor!"

Pero no quería acabarlo así. Me enderecé, quitándome la blusa con un movimiento fluido, senos rebotando libres al aire fresco. Él se incorporó, chupando uno, mordisqueando el pezón hasta que vi estrellas. El dolor placentero me recorrió la espina, directo a mi clítoris hinchado. Olía mi propia excitación, ese aroma almizclado que grita deseo. Bajé la mano entre mis piernas, tocándome sobre las panties empapadas, gimiendo su nombre.

Javier no se quedó atrás. Me volteó de un giro juguetón, poniéndome de rodillas en el sofá, falda arremangada. Sus dedos corrieron mi tanga a un lado, rozando mis labios húmedos.

"Estás chorreando, mi chula, toda mojadita pa' mí"
. Metió dos dedos adentro, curvándolos justo en ese punto que me hace ver fuegos artificiales. Bombeó lento, mientras su otra mano masajeaba mi clítoris en círculos perfectos. Mis caderas bailaban solas, el slap slap de piel húmeda llenando la habitación, mezclado con mis ayes roncos.

¡Más, cabrón, dame más! La presión subía, coiling en mi vientre como resorte. Él sacó los dedos, lamiéndolos con cara de vicio, y posicionó su verga en mi entrada. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Lleno, completo. Sus bolas peludas chocaban mi clítoris con cada estocada profunda. Agarró mis caderas, clavándome los dedos, y aceleró, el sofá crujiendo bajo nosotros.

Sudor nos cubría, goteando entre senos y espalda. El aire olía a sexo puro: semen, jugos, piel caliente. Yo empujaba hacia atrás, follándolo con furia, mis paredes apretándolo como guante. "¡Sí, Javier, cógeme duro, no pares!" Él gruñía en mi oído, mordiendo mi lóbulo,

"Eres mía, toda mía, en este capítulo nuestro"
. Recordé fugaz Pasión de Gavilanes capítulo 107, esa pasión salvaje en la tele que nos había prendido, pero esto era real, nuestro.

La espiral se apretó. Mi orgasmo llegó como avalancha: piernas temblando, visión borrosa, un grito gutural escapando mientras me convulsionaba alrededor de él. Javier siguió embistiendo, prolongando mi placer, hasta que su ritmo se volvió errático. "Me vengo, amor, agárrate", rugió, y sentí el chorro caliente llenándome, pulso tras pulso. Colapsamos juntos, él aún dentro, respiraciones entrecortadas sincronizadas.

Minutos después, nos recargamos en el piso mullido, tapijitos revueltos. Su mano acariciaba mi pelo húmedo, yo trazaba círculos en su pecho jadeante. El olor a nosotros persistía, embriagador.

"Mejor que cualquier telenovela, ¿verdad?"
susurró, besando mi frente. Sonreí, satisfecha hasta los tuétanos. Esto es pasión de verdad, no de gavilanes, sino de gavilanes en nuestra carne.

Nos quedamos así, envueltos en afterglow, con el eco de Pasión de Gavilanes capítulo 107 latiendo en nuestras venas. Mañana veríamos el siguiente, pero esta noche, nuestro capítulo ardía eterno.

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