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Canciones Para Una Noche De Pasión

7464 palabras

Canciones Para Una Noche De Pasión

La noche caía sobre la Ciudad de México como un manto de terciopelo negro, salpicado de luces que parpadeaban como estrellas traviesas. Yo, Laura, había preparado todo con esmero en mi departamento de la Condesa: velas de vainilla encendidas que llenaban el aire con un aroma dulce y embriagador, una botella de tequila reposado abierta sobre la mesa de centro, y mi playlist especial en Spotify. Canciones para una noche de pasión, la había titulado, con rolas rancheras sensuales, baladas de José Alfredo Jiménez y unos corridos románticos que siempre me ponían la piel chinita. Esa noche, Marco venía. Habíamos estado separados por su pinche trabajo en Monterrey, pero ahora, órale, íbamos a compensar el tiempo perdido.

El timbre sonó y mi corazón dio un brinco. Abrí la puerta y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Llevaba una camisa guayabera blanca que se le pegaba al pecho musculoso por el calor de la calle, y unos jeans que marcaban justo lo necesario. "

¡Mamacita! ¿Me extrañaste?
" dijo con voz ronca, jalándome hacia él para darme un beso que sabía a chicle de menta y a aventura.

Lo hice pasar, cerré la puerta y prendí la bocina. La primera canción empezó: El Rey, pero en versión acústica, suave, como un susurro que invitaba a pecar. "Ven, baila conmigo", le dije, tomándolo de la mano. Sus palmas eran cálidas, callosas por el trabajo en construcción, y me erizaron la piel del brazo. Nos movimos despacio en la sala, mis caderas rozando las suyas al ritmo de la guitarra. Olía a su colonia barata, esa que siempre usaba, mezclada con el sudor fresco de su viaje en camión. Mi mente divagaba:

¿Cuánto tiempo sin sentirlo así? Quiero que me toque ya, pero no, hay que saborear esto poquito a poco
.

La tensión crecía con cada rola. Pasamos a Si Nos Dejan, y Marco me apretó más contra su cuerpo. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, dura como piedra, y un calor líquido se extendió entre mis piernas. "Estás bien rica esta noche, Laura", murmuró en mi oído, su aliento caliente haciendo que se me pusieran los vellos de la nuca como escarpias. Le mordí el lóbulo de la oreja, suave, juguetona. "No seas pendejo, Marco, todavía no". Reímos, pero el deseo ardía. Le serví un trago de tequila, el líquido ámbar bajando por mi garganta con un ardor que me recordaba al fuego que él despertaba en mí.

La playlist seguía: Cielito Lindo en voz de una cantante sensual, y nos besamos de verdad. Sus labios gruesos devoraban los míos, lengua explorando mi boca con sabor a tequila y sal. Mis manos bajaron por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. Él deslizó las suyas por mi blusa suelta, rozando mis pezones que ya estaban duros como piedritas. Un gemido se me escapó, ahogado por su boca.

Esto es lo que necesitaba, su toque que me hace sentir viva, mujer, deseada
. Lo empujé hacia el sofá, sentándome a horcajadas sobre él. La fricción de su paquete contra mi concha húmeda me hizo jadear.

Acto seguido, la música cambió a algo más intenso, La Puerta Negra, con ese acordeón que vibra en el pecho. Marco me quitó la blusa con urgencia, pero yo lo detuve: "Despacio, mi amor, hagámoslo chido". Besó mi cuello, bajando por el escote del brasier, lamiendo la piel con una lengua áspera que olía a deseo. El aroma de mi propia excitación subía, almizclado, mezclado con la vainilla de las velas. Sus manos amasaron mis tetas, pellizcando los pezones hasta que dolió rico, enviando chispas directo a mi clítoris palpitante.

Me puse de pie, quitándome la falda despacio, dejándolo ver mis panties de encaje negro empapados. "¿Te gusta, wey?" pregunté con voz ronca. Él asintió, ojos oscuros devorándome. Se desabrochó la camisa, revelando ese torso tatuado con un águila y una rosa, piel bronceada que brillaba bajo la luz tenue. Lo jalé hacia la recámara, la canción de fondo ahora Bésame Mucho, perfecta para lo que venía. En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio frescas, nos tendimos. Sus besos bajaron por mi vientre, mordisqueando la carne suave, hasta llegar a mis muslos. Abrí las piernas, invitándolo. "Sí, ahí, chúpame".

Su boca en mi concha fue éxtasis puro. Lengua girando alrededor del clítoris, succionando suave, luego fuerte, mientras dos dedos gruesos entraban en mí, curvándose para tocar ese punto que me volvía loca. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes, ahogado solo por la música. Olía a sexo, a mi jugo dulce y salado que él lamía con avidez. Mis caderas se movían solas, follándole la cara, manos enredadas en su pelo negro revuelto.

¡Qué rico! Este hombre sabe cómo hacerme volar, no como esos pendejos del pasado
. El orgasmo me golpeó como ola del Pacífico, cuerpo convulsionando, jugos brotando en su boca mientras gritaba su nombre.

No le di tregua. Lo volteé, besando su pecho, lamiendo los tatuajes salados. Bajé a su pantalón, liberando esa verga gruesa, venosa, con la cabeza morada brillando de precum. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, y la chupé despacio, saboreando el gusto salado y almendrado. Él gruñó, "¡Carajo, Laura, qué buena mamada!", caderas empujando. La tragué profunda, garganta relajada por práctica, bolas pesadas en mi mano. La playlist seguía con Amor Prohibido de Selena, irónico y caliente.

Lo monté entonces, guiando su verga a mi entrada resbaladiza. Entró de un jalón, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. "¡Ay, qué chingona!" jadeé, empezando a cabalgar. Sus manos en mis caderas, guiándome, tetas rebotando al ritmo. El slap-slap de piel contra piel se mezclaba con nuestros gemidos y la música. Sudor nos cubría, perlas resbalando por su pecho, goteando en mi piel. Él se incorporó, mamando mis pezones mientras yo lo follaba duro, clítoris frotándose en su pubis.

Cambié de posición: él encima, misionero profundo. Piernas en sus hombros, verga golpeando mi cervix con cada embestida. "Más fuerte, pendejito, rómpeme", le pedí, uñas clavadas en su espalda. El cuarto olía a sexo puro, sudor, tequila derramado. Sus ojos en los míos, conexión profunda más allá de lo físico.

Lo amo, este cabrón me hace sentir completa
. Aceleró, bolas azotando mi culo, y sentí el segundo orgasmo venir, apretándolo dentro de mí como vicio.

Él se tensó, "Me vengo, mi reina", y explotó, chorros calientes inundándome, mezclándose con mis jugos. Colapsamos juntos, jadeantes, corazones latiendo al unísono con el fade out de la canción. La playlist seguía, pero nosotros nos quedamos quietos, su peso sobre mí reconfortante, verga ablandándose aún dentro.

Después, en la afterglow, nos acurrucamos bajo las sábanas. Le acaricié el pelo, oliendo su cuello ahora mezclado con mi esencia. "Fue chido, ¿verdad?", dijo riendo bajito. "Las mejores canciones para una noche de pasión", respondí, besándolo suave. Afuera, la ciudad zumbaba, pero aquí, en nuestro mundo, todo era paz y promesa de más noches así. Me dormí pensando en la próxima playlist, en su cuerpo entrelazado al mío, en este amor que ardía como tequila en las venas.

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