Pasión de Gavilanes Capítulo 126 Fuego en las Entrañas
La noche caía suave sobre la hacienda en las afueras de Guadalajara, con el aroma a jazmín y tierra húmeda colándose por las ventanas entreabiertas. Rosalía se recostaba en el sofá de cuero viejo pero mullido, sus piernas morenas cruzadas con gracia, mientras el televisor iluminaba la penumbra con los colores vibrantes de Pasión de Gavilanes. Era su guilty pleasure, esa telenovela que la hacía suspirar cada martes. Javier, su carnal desde hace dos años, estaba a su lado, con una cerveza fría en la mano, el pecho ancho marcado bajo la camisa desabotonada. Sus ojos cafés la miraban de reojo, notando cómo se mordía el labio inferior cada vez que la trama se ponía intensa.
—Órale, mi reina, ¿ya te prendió el capítulo? —dijo él con esa voz ronca que le erizaba la piel, pasando un brazo por sus hombros. Rosalía soltó una risita, acomodándose contra su calor.
—Neta, Javier, este capítulo 126 está cañón. Mira nomás cómo se miran esos dos, como si se fueran a comer vivos.
En la pantalla, los protagonistas se enfrentaban en una discusión cargada de electricidad, sus cuerpos casi rozándose, el aire espeso de deseo reprimido. Rosalía sentía un cosquilleo traicionero entre las piernas, el calor subiendo por su vientre como una ola lenta. Javier lo notó, porque siempre lo notaba. Su mano grande bajó despacio por su brazo, trazando círculos con el pulgar que le aceleraban el pulso.
La escena escalaba: besos robados, manos que exploraban curvas ocultas bajo la ropa. Rosalía jadeó bajito, imaginándose en el lugar de esa mujer. Javier apagó el televisor de golpe, dejando la habitación en una oscuridad suave solo rota por la luz de la luna que se colaba por las cortinas.
—Ya estuvo, mi amor. Si esa Pasión de Gavilanes capítulo 126 te puso así de caliente, mejor hagamos la nuestra —murmuró él, girándose para atraparla con su mirada hambrienta.
Rosalía no respondió con palabras. En cambio, se lanzó hacia él, sus labios chocando contra los suyos en un beso que sabía a tequila y promesas. Sus lenguas se enredaron con urgencia, el sabor salado de su boca mezclándose con el dulzor de la suya. Javier la levantó sin esfuerzo, como si no pesara nada, y la sentó a horcajadas sobre su regazo. Sus manos callosas subieron por sus muslos, arrugando la falda ligera de algodón, rozando la piel sensible del interior hasta llegar al encaje húmedo de sus panties.
Qué chingón se siente esto, pensó ella, mientras sus caderas se movían instintivamente contra la dureza que crecía bajo sus jeans. El roce era delicioso, un fuego que lamía cada nervio. Javier gruñó contra su cuello, inhalando su perfume a vainilla y sudor fresco.
—Estás empapada, preciosa. ¿Tanto te gustó el capítulo? —susurró, mordisqueando el lóbulo de su oreja. Rosalía arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta.
—Cállate, pendejo, y hazme tuya ya —replicó ella con voz entrecortada, tirando de su camisa para exponer el torso musculoso, cubierto de un vello oscuro que le picaba las palmas al acariciarlo.
La llevaron al dormitorio principal, un espacio amplio con sábanas de hilo egipcio y velas aromáticas que Javier encendió con un cerillo, llenando el aire de olor a canela y ámbar. La tiró sobre la cama con gentileza bruta, quitándole la blusa de un tirón. Sus pechos saltaron libres, los pezones endurecidos por el fresco de la noche y la anticipación. Javier se arrodilló entre sus piernas, besando un camino ardiente desde el ombligo hasta el borde de la falda.
—Déjame probarte, Rosalía. Quiero saborear esa pasión que traes de Gavilanes —dijo, bajando la boca al calor entre sus muslos. Ella se retorció cuando su lengua la tocó por primera vez, lamiendo con lentitud felina el encaje empapado. El sonido húmedo de su boca contra la tela era obsceno, delicioso, mezclado con sus jadeos ahogados. Rosalía enredó los dedos en su cabello negro, tirando suave para guiarlo.
¡Ay, Diosito! Esta lengua suya es pecado puro, me va a volver loca antes de que entre en mí.
Javier deslizó los panties a un lado, exponiéndola al aire fresco. Su aliento caliente la hizo temblar antes de que su lengua se hundiera en ella, saboreando el néctar salado y dulce que brotaba. Lamía con maestría, círculos alrededor del clítoris hinchado, succionando hasta que sus piernas se tensaron como cuerdas de guitarra. El olor almizclado de su excitación llenaba la habitación, embriagador, primal. Rosalía gritó su nombre, las uñas clavándose en las sábanas mientras oleadas de placer la recorrían, pero él no la dejó llegar aún. Se apartó jadeante, lamiéndose los labios con una sonrisa lobuna.
—Todavía no, mi reina. Quiero sentirte apretándome cuando te corras.
Se quitó los jeans a toda prisa, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante de necesidad. Rosalía la tomó en la mano, sintiendo el calor aterciopelado sobre la rigidez de acero, el pulso latiendo contra su palma. La masturbó despacio, viendo cómo él cerraba los ojos y gemía, el pre-semen perlando la punta rosada. Se lamió los labios, bajando la cabeza para tomarlo en la boca. El sabor salado explotó en su lengua, grueso y varonil, mientras lo chupaba con avidez, la saliva resbalando por su mentón. Javier empujó las caderas, follándole la boca con cuidado, sus manos en su cabello guiándola.
—Qué rico, carnala. Tu boquita es un paraíso —gruñó él, el sudor brillando en su pecho.
Pero la tensión crecía como tormenta. Rosalía lo empujó sobre la cama, montándolo con urgencia. Se posicionó sobre él, frotando su entrada húmeda contra la cabeza de su polla, lubricándola. Bajó despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la estiraba, la llenaba hasta el fondo. El ardor exquisito la hizo gritar, sus paredes internas contrayéndose alrededor de su grosor. Comenzó a cabalgar, lento al principio, el sonido de piel contra piel resonando como tambores, mezclado con sus respiraciones entrecortadas y gemidos roncos.
Javier la sujetó por las caderas, amasando la carne suave, sus pulgares rozando el clítoris con cada embestida. El sudor los unía, resbaladizo y caliente, el aroma de sus cuerpos en celo impregnando todo. Rosalía aceleró, sus pechos rebotando, el placer acumulándose como una presa a punto de romperse. Es como esa escena del capítulo 126, pero real, nuestro fuego particular, pensó ella, recordando fugazmente la telenovela que los había encendido.
Él se incorporó, capturando un pezón entre sus dientes, mordiendo suave mientras la penetraba más profundo desde abajo. Sus movimientos se volvieron salvajes, brutales en su ternura, el colchón crujiendo bajo ellos. Rosalía sintió el orgasmo acercarse, un nudo apretado en el vientre que explotó en estrellas blancas detrás de sus párpados. Gritó, convulsionando alrededor de él, ordeñándolo con espasmos que lo llevaron al borde.
—¡Me vengo, mi amor! —rugió Javier, llenándola con chorros calientes que la prolongaron en éxtasis, sus cuerpos temblando unidos.
Se derrumbaron exhaustos, enredados en sábanas revueltas, el corazón de ella latiendo contra el suyo como un solo tambor. Javier la besó la frente, suave ahora, trazando patrones perezosos en su espalda húmeda.
—Esa fue nuestra Pasión de Gavilanes capítulo 126, ¿verdad? Mejor que la tele —susurró él, riendo bajito.
Rosalía sonrió contra su piel, inhalando su olor a hombre satisfecho, a hogar. Neta, no hay telenovela que supere esto. El deseo se aquietaba en una paz profunda, pero sabía que volvería, como siempre, con la próxima entrega o sin ella. Por ahora, en los brazos de Javier, el mundo era perfecto, ardiente y completo.