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Correr Es Mi Pasión Y Tú Mi Meta Ardiente

7802 palabras

Correr Es Mi Pasión Y Tú Mi Meta Ardiente

El sol apenas despuntaba sobre el Parque México en la Condesa, tiñendo el cielo de un naranja suave que me hacía sentir viva. Correr es mi pasión, neta, desde chava que lo descubrí. Cada zancada contra el pavimento, el aire fresco llenándome los pulmones, el sudor perlándome la piel... era mi ritual matutino, mi escape perfecto de la rutina del DF. Vestida con mi short ajustado y top deportivo, mis chichis rebotando al ritmo de mis pasos, me lanzaba a la pista sintiendo el pulso acelerarse como un motor chido.

Aquel día, mientras aceleraba en mi trote habitual, lo vi. Un wey alto, moreno, con músculos definidos bajo una camiseta empapada que se pegaba a su torso como segunda piel. Corría con una gracia felina, el sudor brillando en su cuello, goteando hasta su pecho. Órale, qué pinta, pensé, y sin querer mi mirada se clavó en sus piernas fuertes, imaginando cómo se sentirían envueltas en las mías. Él me miró de reojo, sonrió con picardía y aminoró el paso para igualar el mío.

—¿Qué onda? ¿Siempre corres tan rápido o nomás hoy traes prisa? —dijo con voz ronca, jadeante por el esfuerzo.

Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Neta, correr es mi pasión. Me llama Alejandro, ¿y tú?

—Fer, wey. Y se nota que te apasiona, vas como endemoniada. ¿Me dejas unirme?

Asentí, y así empezó todo. Corrimos lado a lado, platicando de tonterías: el tráfico del Periférico, los tacos al pastor del puesto de la esquina, cómo el running nos mantenía en forma. Su olor, una mezcla de sudor fresco y loción masculina, me invadía con cada ráfaga de viento. Sentía mi piel erizarse, mis pezones endureciéndose bajo el top. Contrólate, pinche Lorena, me dije, pero era imposible ignorar cómo su brazo rozaba el mío accidentalmente, enviando chispas eléctricas.

Correr es mi pasión, pero este wey... ay, wey, me está encendiendo de otra forma. ¿Y si le sigo el rollo?

Los días siguientes fueron una tortura deliciosa. Nos topábamos en el parque como por arte de magia. Fer llegaba puntual, con esa sonrisa que me derretía. Corrimos más lejos, hasta el borde del parque donde los árboles altos filtraban la luz en rayos dorados. Sudábamos a chorros, el sol pegando duro, y en las pausas para estirar, sus manos guiaban las mías sobre mis muslos tensos.

—Relájate aquí, mira —decía, sus dedos firmes masajeando mi piel húmeda. El toque era eléctrico, mi panocha palpitando de anticipación. Lo veía tragar saliva, sus ojos bajando a mis labios entreabiertos, a mis chichis subiendo y bajando con la respiración agitada.

Una mañana, después de diez kilómetros brutales, colapsamos en un banco sombreado. El aire olía a hierba fresca y tierra mojada por el rocío. Fer sacó una botella de agua y me la pasó; bebí con sed, el líquido frío resbalando por mi barbilla hasta el pecho. Él no quitaba la vista.

—¿Sabes qué, Lorena? Correr contigo es lo mejor que me ha pasado en mucho. Pero... no solo por el ejercicio.

Mi corazón tronó más fuerte que durante la carrera. —¿Ah sí? ¿Y qué más te gusta?

Se acercó, su aliento cálido en mi oreja. —Tu fuerza, tu sudor, cómo te mueves. Me traes loco, neta.

Lo besé sin pensarlo. Sus labios sabían a sal y deseo puro, su lengua invadiendo mi boca con urgencia. Sus manos en mi cintura, apretándome contra él, sintiendo su verga dura presionando mi vientre. ¡Qué chingón! Gemí bajito, el mundo desapareciendo alrededor.

—Ven a mi depa —susurró, mordisqueándome el lóbulo de la oreja—. Está cerca, en la Roma. Necesito más de ti.

—Simón, llévame —respondí, mi voz temblorosa de excitación.

Llegamos corriendo, riendo como pendejos, el deseo ardiendo en cada paso. Su departamento era chido: piso de madera reluciente, ventanales con vista al parque, aroma a café y sándalo. Apenas cerramos la puerta, nos devoramos. Me quitó el top de un jalón, sus labios capturando un pezón, chupándolo con hambre mientras yo enredaba los dedos en su pelo húmedo.

Correr es mi pasión, pero esto... esto es fuego puro. Su boca en mi piel, ¡Dios, no pares!

Caímos en el sofá, piel contra piel resbaladiza por el sudor. Lamí su cuello, saboreando la sal de su esfuerzo, bajando hasta su pecho firme. Desabroché su short, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado bajo mi palma. Fer gruñó, un sonido animal que me mojó hasta los huesos.

—Pinche Lorena, me vas a matar —dijo, mientras yo la lamía desde la base hasta la punta, saboreando su pre-semen salado. La mamé despacio al principio, luego con ganas, mi lengua girando alrededor del glande hinchado. Él jadeaba, sus caderas empujando, follándome la boca con ritmo creciente.

Me levantó como pluma, quitándome el short. Mis bragas estaban empapadas, el olor de mi excitación llenando el aire. —Estás chorreando, mi reina —murmuró, hundiéndose de rodillas para oler y lamer mi panocha. Su lengua experta separó mis labios, encontrando mi clítoris hinchado, chupándolo como si fuera el último néctar del mundo. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en sus hombros, el placer subiendo en oleadas.

—¡Fer, no pares, cabrón! —supliqué, mis piernas temblando. Me corrí en su boca, un estallido que me dejó viendo estrellas, mi jugo inundándolo mientras gritaba su nombre.

Aún jadeante, me cargó a la cama. El colchón nos recibió suave, sábanas frescas contrastando con nuestra piel ardiente. Me abrió las piernas, posicionando su verga en mi entrada húmeda. —¿Lista para la meta final? —preguntó con ojos llameantes.

—Dale con todo, wey. Hazme tuya.

Se hundió en mí de un solo empujón, llenándome por completo. ¡Qué rico! El estiramiento delicioso, su grosor rozando cada pared sensible. Empezó a bombear lento, profundo, nuestros cuerpos chocando con sonidos húmedos, sudor goteando de su frente a mis chichis. Aceleró, sus embestidas brutales, mis nalgas rebotando contra sus muslos. Lo monté después, cabalgándolo como en mi carrera favorita, mis caderas girando, su verga golpeando mi punto G.

El cuarto olía a sexo crudo: almizcle, sudor, fluidos mezclados. Oía nuestros jadeos sincronizados, piel palmoteando, mi panocha chorreando por sus bolas. Sentía cada vena de su polla pulsando dentro, mi clítoris frotándose contra su pubis.

Esto es mejor que cualquier carrera. Correr es mi pasión, pero correr juntos... ay, Fer, me vienes haciendo explotar.

—Me vengo, Lorena, ¡ahora! —rugió, y sentí su verga hincharse, chorros calientes inundándome mientras yo alcanzaba el segundo orgasmo, mi cuerpo convulsionando, uñas arañando su espalda.

Colapsamos entrelazados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Su mano acariciaba mi pelo húmedo, besos suaves en mi frente. El sol entraba por la ventana, bañándonos en luz dorada. Me sentía plena, empoderada, como después de la mejor carrera de mi vida.

—¿Y ahora qué, corredora? —preguntó con voz perezosa, su dedo trazando círculos en mi nalga.

Sonreí, besándolo lento. —Ahora, más carreras juntos. Correr es mi pasión, pero contigo... es mi adicción.

Nos quedamos así, piel pegada, corazones latiendo al unísono, sabiendo que esto era solo el principio de muchas metas ardientes por conquistar.

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