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Pasión Elenco

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Pasión Elenco

Los reflectores del teatro en el corazón de la Ciudad de México parpadeaban con esa luz cálida que hacía sudar la piel antes de tiempo. Yo, Carla, acababa de entrar al elenco de Pasión Elenco, una obra que prometía revolver tripas y encender calzones. Neta, desde el primer ensayo, el aire se sentía cargado, como si el escenario mismo oliera a deseo reprimido. Diego, el galán principal, era un wey de esos que te miran y ya te sientes mojada sin razón. Alto, con esa barba recortada que raspaba la imaginación, y ojos negros que te clavaban como alfileres calientes.

El director, un tipo excéntrico pero chido, nos mandaba escena tras escena. ¡Sientan la pasión, cabrones! ¡Esto no es teatro de muñecos! gritaba mientras yo y Diego ensayábamos el beso del segundo acto. Sus labios rozaron los míos por primera vez esa tarde, y juro que un escalofrío me recorrió la espalda. Su aliento olía a café y a algo más, un toque de colonia barata que se mezclaba con el sudor fresco de su cuello. Mi corazón latía como tamborazo en fiesta, y entre mis piernas, un calorcito se asomaba, chiquito pero insistente.

¿Qué pedo conmigo? Es solo un ensayo, pendeja, me dije mientras nos separábamos. Pero Diego no soltaba mi cintura del todo; sus dedos se quedaron ahí, presionando suave, como probando el terreno. El elenco aplaudía, pero yo solo oía mi propia respiración agitada. Esa noche, en mi depa chiquito de la Roma, no pude dormir. Me masturbé pensando en él, en cómo su lengua había jugado con la mía por accidente, en el bulto que sentí contra mi muslo. Pasión Elenco no era solo el nombre de la obra; se estaba colando en mi sangre.

Al día siguiente, los ensayos se pusieron más intensos. El director nos aisló a Diego y a mí para pulir la escena de la cama. ¡Aquí hay que sudar la gota gorda! ¡Muéstrenme fuego, no chispas! Nos pusimos en la cama falsa del escenario, con sábanas que olían a lavandería industrial. Diego encima de mí, actuando el amante posesivo. Su cuerpo pesaba delicioso, músculos firmes bajo la camisa entreabierta. Sentí su verga endureciéndose contra mi entrepierna, y en lugar de apartarme, arqueé la cadera. Neta, ¿estoy loca? Pero se siente tan chingón.

Carla, tus ojos... me queman, murmuró Diego, ya no en personaje. Su voz ronca vibró contra mi oreja, y el olor de su piel, mezcla de sudor y hombre, me mareó. Lamí su cuello sin pensarlo, salado y caliente. Él gimió bajito, Órale, weyita... ¿estás segura? Asentí, mordiéndome el labio. Sí, Diego. Quiero esto. Tú también, ¿verdad? Sus manos bajaron a mis chichis, amasándolas por encima de la blusa. Los pezones se me pararon como piedras, sensibles al roce de sus pulgares.

El elenco se había ido; solo quedábamos nosotros, envueltos en esa penumbra teatral. Diego me quitó la blusa con urgencia, besando cada centímetro de piel expuesta. Su boca era fuego líquido: chupó un pezón, lo succionó hasta que grité bajito, y el placer me recorrió como corriente eléctrica. Esto es mejor que cualquier fantasía. Mis uñas se clavaron en su espalda, arañando suave mientras él bajaba la mano a mi falda. Metió los dedos por dentro de las panties, y cuando rozó mi clítoris hinchado, jadeé fuerte.

Estás empapada, Carla. Pinche deliciosa, gruñó, metiendo un dedo adentro. Gemí, moviendo las caderas contra su mano. El sonido húmedo de mi concha chupando sus dedos llenaba el silencio, obsceno y excitante. Lo jalé hacia mí, besándolo con hambre, saboreando su lengua que sabía a menta y lujuria. Le desabroché el pantalón, y saqué su verga dura, gruesa, palpitante en mi mano. La piel aterciopelada sobre acero, venas marcadas que latían al ritmo de su pulso acelerado.

Pasión Elenco se había desatado de verdad. Diego se quitó la ropa rápido, y yo me saqué las panties, abriéndole las piernas. Él se posicionó, rozando la cabeza de su verga contra mis labios vaginales, untándose con mis jugos. Te voy a coger despacio primero, ¿va? Asentí, ansiosa. Entró centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El ardor inicial se convirtió en plenitud cuando me llenó por completo. Sus caderas empezaron a moverse, lento al principio, cada embestida mandando ondas de placer desde mi centro hasta las puntas de los dedos.

El escenario crujía bajo nosotros, testigo mudo. Sudábamos, pieles resbalosas chocando con palmadas húmedas. Olía a sexo puro: almizcle de arousal, sudor salado, mi esencia dulce mezclada con la suya. Diego aceleró, clavándome profundo, y yo le clavé las uñas en el culo, urgiéndolo. ¡Más fuerte, cabrón! ¡Dame todo! rugí, perdida en el éxtasis. Él obedeció, follando con furia contenida, su aliento jadeante en mi cuello. Sentí el orgasmo construyéndose, una espiral tensa en mi vientre.

En mi mente, flashes: sus ojos fijos en los míos, el peso de su cuerpo, el roce de su pubis contra mi clítoris con cada thrust. No aguanto más. Grité cuando exploté, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. Diego gruñó, ¡Me vengo, Carla!, y se vació dentro de mí, chorros calientes que prolongaron mi clímax. Nos quedamos pegados, temblando, respiraciones entrecortadas sincronizadas.

Después, en la cama del escenario, Diego me abrazó, besándome la frente. Eso fue... neta, lo más chingón de mi vida, susurró. Yo sonreí, acariciando su pecho velludo, oliendo nuestro sexo mezclado en las sábanas. Pasión Elenco no es solo una obra; es nuestro secreto ardiente. El elenco nunca sabría, pero en cada ensayo futuro, las miradas entre nosotros arderían más. Salimos del teatro tomados de la mano, la noche mexicana envolviéndonos con su brisa tibia, prometiendo más noches de fuego.

Desde esa vez, los ensayos se volvieron rituales. Diego y yo robábamos momentos: un rapidín en el baño, besos robados en camerinos. La obra se estrenó con éxito, el público aplaudiendo la química explosiva en escena. Pero solo nosotros sabíamos que Pasión Elenco era real, latiendo en nuestras venas, en cada roce casual que encendía chispas. Y así, entre luces y aplausos, encontramos nuestro propio clímax eterno.

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