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Abismo de Pasion Capitulo 136

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Abismo de Pasion Capitulo 136

Lucía caminaba por el pasillo empedrado de la hacienda en la costa de Puerto Vallarta, el sol del atardecer tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosados que se reflejaban en el mar Caribe. El aroma salino del océano se mezclaba con el dulce perfume de las buganvillas que trepaban por las paredes blancas, y el sonido de las olas rompiendo contra la playa le aceleraba el pulso. Hacía años que no veía a Mateo, su amor de juventud, el hombre que la había marcado con un abismo de pasion que aún la consumía en las noches solitarias. ¿Por qué vine? se preguntaba, mientras sus tacones resonaban suavemente.

Él la esperaba en la terraza, con una camisa de lino blanca desabotonada hasta el pecho, revelando la piel bronceada y los músculos definidos por años de surf. Sus ojos oscuros la devoraron al instante, y una sonrisa pícara se dibujó en sus labios carnosos. Mi chulo, pensó Lucía, sintiendo un calor traicionero subirle por el vientre.

¡Neta, Lucía, míralo! Sigue siendo el mismo cabrón que te volvía loca, con esa mirada que promete pecados deliciosos.

"Lucía, mi reina", murmuró Mateo con esa voz ronca que siempre la derretía, acercándose para rozar sus mejillas con las suyas. Su aliento olía a tequila reposado y limón, fresco y embriagador. Ella sintió el roce áspero de su barba incipiente contra su piel suave, y un escalofrío le recorrió la espina dorsal. "No sabes cuánto te extrañé, morenita".

Se sentaron en los sillones de mimbre, con una botella de tequila entre ellos. La conversación fluyó como el mar, recordando noches de besos robados en la playa, risas compartidas bajo las estrellas. Pero debajo de las palabras, la tensión crecía: miradas que se prolongaban, roces accidentales de rodillas, el modo en que él lamía el borde de su vaso, haciendo que ella imaginara esa lengua en otros lugares. Lucía cruzó las piernas, sintiendo la humedad traidora entre sus muslos. Este abismo de pasion me va a tragar viva otra vez, pensó, mientras el viento jugaba con su falda ligera, levantándola lo justo para insinuar la curva de sus caderas.

La noche cayó como un velo negro salpicado de estrellas, y Mateo puso música ranchera moderna, esa que vibra en los antros de Guadalajara. "Baila conmigo, corazón", dijo, extendiendo la mano. Ella se dejó llevar, sus cuerpos pegándose en el ritmo lento y sensual. Sus manos grandes la rodearon por la cintura, atrayéndola contra su pecho duro. Lucía inhaló su olor: sudor limpio mezclado con colonia masculina y el salitre del mar. ¡Qué rico se siente! Sus caderas se mecían juntas, y ella notó la erección creciente presionando contra su vientre, dura y prometedora.

"Mateo...", jadeó ella, cuando sus labios rozaron su oreja. Él giró su rostro y la besó, un beso hambriento que sabía a tequila y deseo puro. Sus lenguas danzaron, explorando, saboreando el dulzor de la boca del otro. Lucía gimió bajito, "ay, papi", mientras sus manos subían por la espalda de él, clavando las uñas en la tela. El beso se profundizó, sus dientes mordisqueando labios hinchados, el sonido húmedo de sus bocas uniéndose como música erótica.

La llevó adentro, a la habitación principal con vista al mar. La cama king size estaba cubierta de sábanas de algodón egipcio blancas, iluminada por la luz suave de las velas de coco que perfumaban el aire. Mateo la tumbó con gentileza, pero sus ojos ardían de urgencia. "Te quiero desnuda, nena", gruñó, quitándole la blusa con dedos temblorosos de anticipación. Sus pechos saltaron libres, pezones oscuros endurecidos por el aire fresco y la excitación. Él los miró como un hambriento, "Qué chingones, Lucía", y se lanzó a lamerlos, chupando uno mientras pellizcaba el otro.

Ella arqueó la espalda, el placer como rayos eléctricos bajando directo a su centro. Su boca... tan caliente, tan húmeda. El sonido de sus succiones, los jadeos entrecortados, el sabor salado de su piel en la lengua de él. Lucía metió las manos en su cabello negro revuelto, tirando suave. "Más, carnal, no pares". Él obedeció, bajando besos por su vientre plano, mordiendo la carne suave de sus caderas hasta llegar a sus bragas de encaje negro, empapadas.

¡Dios, estoy chorreando por él! Este wey sabe exactamente cómo volverme loca, lamiendo así, como si fuera su postre favorito.

Mateo las deslizó hacia abajo, exponiendo su sexo depilado y brillante. "Estás mojadita toda por mí, ¿verdad?", dijo con voz juguetona, separando sus pliegues con los dedos. El aire fresco besó su clítoris hinchado, y ella gimió alto. Él sopló suave, luego lamió desde la entrada hasta el botón sensible, saboreando su esencia almizclada y dulce. Lucía se retorció, las olas del mar de fondo sincronizándose con las de placer que la invadían. Su lengua era mágica: círculos lentos, succiones firmes, un dedo deslizándose adentro, curvándose para tocar ese punto que la hacía ver estrellas.

"¡Ay, Mateo, me vengo!", gritó ella, las paredes de su vagina contrayéndose alrededor de su dedo, jugos calientes inundando su boca. Él lamió todo, prolongando el orgasmo hasta que ella tembló exhausta. Pero no paró; se quitó la ropa rápido, revelando su polla gruesa, venosa, goteando precum. ¡Qué verga tan chula!, pensó Lucía, incorporándose para tomarla en la mano. Era caliente, terciopelo sobre acero, y la masturbó lento, saboreando la gota salada en la punta con la lengua.

"Chúpamela, mamacita", rogó él, y ella lo hizo con gusto. Su boca lo envolvió, succionando profundo, la garganta relajándose para tomarlo todo. El sabor masculino, el olor de su excitación, los gemidos roncos de Mateo "¡Órale, qué rico!" la ponían más caliente. Él la detuvo antes de explotar, "Te quiero dentro, ahora". La volteó boca abajo, poniéndola a cuatro patas, y entró de un empujón suave pero firme.

Lucía gritó de placer puro, su coño apretándolo como guante. Llenándome toda, estirándome delicioso. Él embestía rítmico, piel contra piel chocando con palmadas húmedas, sus bolas golpeando su clítoris. El sudor les corría por la espalda, mezclándose, el aroma de sexo llenando la habitación. Ella empujaba hacia atrás, "¡Más duro, pendejo, fóllame fuerte!". Mateo obedeció, una mano en su cadera, la otra pellizcando sus pezones, acelerando hasta que ambos jadeaban como animales.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo salvaje, pechos rebotando, uñas arañando su pecho. El roce de su pubis contra el de él enviaba chispas. "¡Me vengo otra vez!", chilló Lucía, contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. Mateo rugió, "¡Yo también, corazón!", y se vació dentro de ella en chorros calientes, llenándola hasta rebosar.

Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El mar susurraba fuera, las velas parpadeando. Mateo la besó la frente, "Eres mi abismo de pasion, Lucía, capítulo 136 de nuestra historia interminable". Ella sonrió, trazando círculos en su pecho, el corazón latiéndole fuerte aún.

Esto no es el fin, es solo el principio de más noches así. Neta, con él, caigo voluntaria en este abismo eterno.

Se durmieron abrazados, el sabor de sus besos lingering en los labios, el eco de sus gemidos en el aire, prometiendo más capítulos de puro fuego.

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