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El Secreto del Libro La Pasion de Cristo PDF

7175 palabras

El Secreto del Libro La Pasion de Cristo PDF

Estaba sentada en el sillón de mi depa en la colonia Providencia de Guadalajara, con la tablet en las manos y el aire acondicionado zumbando bajito como un susurro. Era miércoles de cuaresma, neta, y el calor de marzo me tenía sudando aunque el fresco artificial me aliviara un poco. Busqué en Google "libro la pasion de cristo pdf" porque quería algo profundo para leer, algo que me conectara con lo espiritual en estos días. Bajé el archivo rapidito, lo abrí y empecé a hojear las páginas digitales. Las palabras hablaban de sufrimiento, de entrega total, de una pasión que quemaba el alma. Pero mientras leía, mi mente pendeja empezó a divagar. Esa pasión, ¿y si no era solo dolor? ¿Y si era fuego en la piel, temblores en el cuerpo, un éxtasis que te hace gritar al cielo?

El olor a café recién hecho flotaba desde la cocina, mezclado con el perfume de las gardenias que Juan había traído del mercado esa mañana. Juan, mi carnal, mi esposo desde hace tres años, el vato que me hace vibrar con solo una mirada. Alto, moreno, con esos brazos tatuados que parecen esculpidos por un dios pagano. Lo imaginé entrando, viéndome así, concentrada en el PDF, y sentí un cosquilleo entre las piernas.

¡Neta, este libro me está poniendo caliente sin querer!
Cerré los ojos un segundo, inhalando hondo, y el pulso se me aceleró como si ya estuviera cerca de él.

La puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba. "¿Qué onda, morra? ¿Ya cenaste?" dijo con esa voz grave que me eriza la piel. Traía una playera ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le quedaban pintados. El olor de su sudor limpio después del gym me golpeó como una ola, fresco y masculino, con un toque de su loción Old Spice que siempre me marea de deseo. Me levanté despacio, dejando la tablet en la mesa, y me acerqué. "No, wey, estaba leyendo esto", le dije, señalando el archivo abierto. "Libro la pasion de cristo pdf. Es heavy, habla de entrega total".

Él se rio bajito, ese sonido ronco que vibra en mi pecho. "¿En cuaresma y lees de Jesús? Eres una santa pendeja". Se acercó más, su aliento cálido rozándome la oreja. Nuestros cuerpos casi se tocaban, y sentí el calor de su piel a través de la ropa. Mi corazón latía fuerte, como tambores en una procesión. "Pero neta, esta pasión que describe... me hace pensar en nosotros", murmuré, mirándolo a los ojos oscuros. Él arqueó una ceja, intrigado. "¿En serio? Léeme un pedazo". Tomó la tablet y se sentó en el sillón, jalándome a su regazo. Mi culo se acomodó perfecto contra su entrepierna, y ya sentía esa dureza creciendo. Chingao, qué rápido se prende el vato.

Empecé a leer en voz alta, mi voz temblorosa: las flagelaciones, la corona de espinas, el camino al calvario. Pero mientras las palabras salían, las transformaba en mi cabeza. Cada latigazo era un roce de uñas en la espalda, cada gota de sangre un beso salado. Juan respiraba más pesado, sus manos subiendo por mis muslos bajo la falda corta. El roce de sus dedos callosos en mi piel suave me hizo jadear. "Sigue, mi reina", susurró, su boca en mi cuello, lamiendo despacio. Saboreé el salado de su sudor, mezclado con el dulzor de su piel. El ambiente se cargó de electricidad, el zumbido del AC ahora parecía un gemido lejano.

Dejé la tablet caer al piso con un thud suave. "Ya no puedo, carnal. Esta pasión me quema por dentro". Me giré en su regazo, mis tetas presionando contra su pecho. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando como fuego. Sabía a menta de su chicle y a hombre puro. Sus manos me amasaron las nalgas, apretando fuerte, y yo gemí en su boca.

¡Qué chingón se siente su verga dura contra mí!
Me levanté un segundo para quitarme la blusa, mis pezones ya tiesos como piedritas, expuestos al aire fresco. Él los miró con hambre, "Putas, qué ricas están tus chichis", y los chupó con avidez, su lengua caliente girando, dientes rozando justo lo suficiente para doler rico.

Lo empujé al sillón y me arrodillé entre sus piernas, desabrochando sus jeans con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando al aire. El olor almizclado de su excitación me invadió, embriagador como tequila añejo. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, la piel sedosa sobre el acero. "Te voy a mamar como si fuera mi cruz, wey", le dije juguetona, recordando el libro. Él rio, "Chíngame la boca entonces, santa mía". Lamí la punta, saboreando el pre-semen salado, luego la engullí profunda, mi garganta relajándose para tomarlo todo. Sus gemidos roncos llenaron la habitación, "¡Ah, cabrona, qué buena chupas!". El sonido húmedo de mi boca en él, sus caderas empujando suave, me mojaba más la panocha.

Pero quería más. Me paré, quitándome la tanga empapada. El aire tocó mi coño depilado, fresco contra el fuego líquido que chorriaba. "Ven, fóllame ya", le rogué, montándome a horcajadas. Su verga entró despacio, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. ¡Madre santa, qué grande está hoy! Empecé a moverme, arriba abajo, mis caderas girando como en un ritual. Él me agarraba la cintura, embistiéndome desde abajo, piel contra piel chapoteando. El sudor nos unía, resbaloso y caliente. Olía a sexo puro, a deseo desatado, con el leve aroma de las gardenias ahora pervertido por nuestro aroma.

La tensión crecía, mis paredes apretándolo, su punta golpeando mi punto G con cada thrust. "¡Más fuerte, pendejo!" grité, uñas clavadas en su pecho. Él aceleró, gruñendo como animal, "¡Te voy a romper la madre, mi amor!". Sentía cada vena de su verga frotándome, el roce eléctrico enviando chispas a mi clítoris hinchado. Mi vientre se contraía, el orgasmo acercándose como la crucifixión final.

Esta es mi pasión, mi calvario de placer
. Exploté primero, un grito gutural escapando, mi coño ordeñándolo en espasmos, jugos chorreando por sus bolas. Él me siguió segundos después, "¡Me vengo, carajo!", llenándome con chorros calientes que sentí palpitar dentro.

Colapsamos juntos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Su verga aún dentro, ablandándose lento. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El cuarto olía a nosotros, a pasión cumplida, con el PDF olvidado en el piso como testigo mudo. "Neta, ese libro fue el detonador", murmuró él, acariciándome el pelo. Yo sonreí contra su cuello, saboreando el salado residual. "La pasión no es solo sufrir, carnal. Es esto, entregarnos sin reservas". Nos quedamos así, envueltos en sábanas que trajimos del cuarto, el corazón latiendo al unísono. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en nuestro mundo, habíamos resucitado en éxtasis. Mañana volvería a abrir ese libro la pasion de cristo pdf, pero ahora sabía su secreto: el verdadero fuego de la pasión vive en la carne, en el toque, en el amor que quema y renueva.

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