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Clínica Veterinaria Pasión Animal

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Clínica Veterinaria Pasión Animal

Ana ajustó su bata blanca sobre la blusa ajustada que marcaba sus curvas con precisión quirúrgica, el olor a desinfectante mezclado con el leve aroma de tierra húmeda que traía el viento del atardecer en Guadalajara. La Clínica Veterinaria Pasión Animal era su orgullo, un rincón en las afueras donde los animales encontraban alivio y los dueños, a veces, algo más. Ese viernes, el sol se colaba por las ventanas empañadas, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que su piel morena brillara como miel fresca.

La puerta sonó con un tintineo metálico, y entró Marco, un tipo alto, fornido, con jeans desgastados y una camiseta que se pegaba a sus pectorales sudados. Llevaba en brazos a su labrador negro, Rex, que jadeaba con la lengua afuera. Chingón el wey, pensó Ana, sintiendo un cosquilleo en el estómago mientras lo veía acercarse. Sus ojos cafés se clavaron en los de ella, y el aire se cargó de inmediato con esa electricidad que no se explica.

—Doctora, Rex se comió algo raro en el parque. Lo traigo urgente —dijo él con voz grave, ronca como un ronroneo de motor viejo.

Ana tomó al perro con cuidado, sus manos rozando accidentalmente el brazo de Marco. La piel de él era cálida, áspera por el trabajo en la construcción, y ese toque fugaz le erizó los vellos de la nuca. —Pasa a la sala de examen, carnal. Vamos a checarlo —respondió ella, guiñándolo un ojo sin poder evitarlo.

En la mesa de acero inoxidable, Rex se calmó rápido bajo sus manos expertas. El pulso del animal latía fuerte contra sus palmas, pero Ana no podía concentrarse del todo. Marco estaba cerca, demasiado cerca, su aliento oliendo a menta y cerveza fresca del puesto de la esquina. Olía a hombre de verdad, a sudor limpio y colonia barata que volvía loca.

—Neta, doctora, sos una chingona con los animales. ¿Cómo le haces? —preguntó él, inclinándose para ver mejor, su pecho casi rozando su hombro.

Ella rio bajito, un sonido gutural que vibró en su garganta.

—Pasión, wey. Pa mí, los animales son puro instinto. Y a veces, contagian.
Sus palabras colgaban en el aire, cargadas de doble sentido. Rex ya estaba bien, solo un poco de indigestión, pero ninguno se movió. La tensión crecía como una tormenta de verano, el zumbido del ventilador viejo rompiendo el silencio espeso.

Marco se enderezó, pero no retrocedió. Sus ojos bajaron por un segundo a los labios de Ana, llenos y rojos por el calor. —¿Y si el instinto nos pega a nosotros también? —murmuró, su voz bajando un tono.

Ana sintió el calor subirle por el cuello, sus pezones endureciéndose bajo la bata. Órale, este pendejo me está calando hasta los huesos. El deseo era un pulso constante entre sus piernas, húmedo y exigente. Miró el reloj: las seis, la clínica vacía, solo ellos y Rex roncando en la jaula.

—¿Qué tal si cerramos y vemos qué pasa? —propuso ella, su voz temblando de anticipación.

Él asintió, lento, y el clic de la puerta al cerrarse fue como un disparo de salida.

La luz tenue del atardecer se filtraba ahora por las persianas, proyectando sombras largas sobre el piso de linóleo. Ana se quitó la bata despacio, revelando la blusa semitransparente y la falda corta que usaba para días como este. Marco la miró como si fuera un lobo hambriento, sus manos grandes abriéndose y cerrándose en puños.

—Ven acá, preciosa —gruñó, atrayéndola por la cintura. Sus labios chocaron en un beso feroz, hambriento, lenguas enredándose con sabor a café y deseo puro. Ana gimió contra su boca, el roce de su barba incipiente raspando su piel suave como lija deliciosa. Sus manos bajaron a las nalgas de él, firmes y musculosas, apretándolas mientras él la levantaba contra la mesa de examen.

El metal frío contra su espalda la hizo jadear, contrastando con el fuego de las manos de Marco subiendo por sus muslos. Olía a él por todos lados: sudor masculino, tierra del parque, y ese almizcle que gritaba pasión animal. Ella le arrancó la camiseta, exponiendo el torso tatuado, pectorales que subían y bajaban con respiraciones pesadas. Sus uñas arañaron la piel, dejando surcos rojos que lo hicieron gemir.

¡Ay, cabrón! Me vas a matar —dijo él, mordisqueando su cuello, chupando hasta dejar una marca púrpura.

Ana arqueó la espalda, sus tetas presionando contra él. Le desabrochó el cinturón con dedos temblorosos, liberando su verga dura, gruesa, latiendo contra su palma. Era caliente, venosa, el prepucio suave deslizándose bajo su toque.

Esto es lo que necesitaba, un macho que me coja como animal
, pensó, mientras lo acariciaba lento, sintiendo el pre-semen lubricando su mano.

Marco no se quedó atrás. Bajó la falda de ella de un tirón, exponiendo el tanga empapado. Sus dedos gruesos rozaron el clítoris hinchado, haciendo que ella gritara bajito. —Estás chingada de mojada, doctora. ¿Tanto te prendo? —susurró, metiendo dos dedos adentro, curvándolos para golpear ese punto que la volvía loca.

Ella cabalgó su mano, caderas moviéndose en ritmo frenético, el sonido húmedo de su coño llenando la habitación. El olor a sexo crudo se mezclaba con el desinfectante, embriagador. Sus pezones dolían de tan duros; él los liberó, chupándolos con avidez, dientes rozando lo justo para doler rico.

La tensión subía como fiebre. Ana lo empujó hacia atrás, arrodillándose. Su boca envolvió la punta de su verga, saboreando la sal de él, lengua girando alrededor del glande mientras lo tragaba más profundo. Marco gruñó, manos enredadas en su pelo negro, follando su boca con empujones controlados. Sabe a puro vicio, pensó ella, gimiendo alrededor de su carne.

Pero quería más. Se levantó, lo volteó contra la mesa y se subió encima, guiando su verga a su entrada resbaladiza. Bajó despacio, centímetro a centímetro, estirándose alrededor de su grosor. Ambos jadearon al unísono; él la llenaba perfecto, tocando lo más hondo.

—¡Muévete, pinche rica! —exigió él, manos en sus caderas, guiándola en un trote salvaje.

Ella rebotó, tetas saltando, sudor goteando entre ellos. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con gemidos guturales. Marco la volteó de repente, poniéndola a cuatro patas sobre la mesa, como perra en celo. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando su clítoris con cada embestida brutal.

—¡Sí, así, fóllame como animal! —gritó Ana, el orgasmo construyéndose como ola gigante. Sus paredes se apretaban, ordeñándolo, mientras él aceleraba, gruñendo obscenidades.

El clímax la golpeó primero: un estallido blanco detrás de los ojos, coño convulsionando, chorros de placer escapando. Marco la siguió, rugiendo, llenándola con chorros calientes que se sentían como lava. Colapsaron juntos, jadeando, piel pegajosa y reluciente.

Minutos después, envueltos en la bata de ella, Marco la besó suave en la sien. Rex ladró bajito desde la jaula, como aprobando. —Eso fue la neta, doctora. ¿Volverá Rex... o sea, yo? —preguntó con sonrisa pícara.

Ana rio, el cuerpo aún zumbando de placer residual.

En la Clínica Veterinaria Pasión Animal, el instinto siempre gana
. —Vuelve cuando quieras, wey. Trae al perro... o no.

El sol se había puesto, dejando la clínica en penumbras íntimas. Salieron tomados de la mano, el aire fresco oliendo a jazmín del jardín vecino, prometiendo más noches de pasión desbocada.

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