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Diario de una Pasion Reseña

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Diario de una Pasion Reseña

Querido diario, hoy te escribo esta reseña de mi pasión más ardiente, la que me ha dejado temblando de pies a cabeza. Todo empezó en esa fiesta en Polanco, con el aire cargado de risas y el olor a mezcal recién servido. Yo, vestida con ese vestido rojo ceñido que me hace sentir como una diosa, entré al lugar y ahí estaba él: alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba trouble en grande. Se llama Diego, un wey de esos que parecen salidos de una novela de Corín Tellado pero con esteroides mexicanos. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo ya supiera lo que vendría.

Nos acercamos en la barra, el ruido de la música reggaetón retumbando en mis oídos mientras pedía un paloma. "¿Qué hace una chava tan guapa sola por aquí?", me dijo con voz grave, oliendo a colonia fresca y un toque de tabaco. Le contesté con una risa coqueta: "Buscando un poco de acción, carnal. ¿Tú qué traes?" Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico de la Reforma, de lo chido que está el rooftop, de cómo el calor de la noche nos hacía sudar. Sus ojos recorrían mi escote sin disimulo, y yo no era tonta, dejaba que viera lo que quisiera. Sentí su mano rozar la mía al pasarme el vaso, un toque eléctrico que me erizó la piel. Ahí supe que esta noche no acabaría en un goodnight inocente.

Diario de una pasión: la reseña apenas comienza, y ya mi pulso late como tamborazo zacatecano.

Salimos de la fiesta tomados de la mano, el viento nocturno de la Ciudad de México revolviéndonos el pelo. Caminamos hasta su depa en la colonia Roma, riéndonos de tonterías, pero el aire entre nosotros estaba cargado de promesas. Subimos en el elevador, solos, y no aguanté más: lo jalé hacia mí y lo besé. Sus labios sabían a tequila y menta, ásperos pero suaves, devorándome la boca con hambre. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretando mi cintura, y gemí bajito contra su cuello. Olía a hombre puro, a sudor limpio y deseo crudo. "Eres una ricura, wey", murmuró mientras abría la puerta.

Adentro, luces tenues, un desmadre chido de libros y vinilos por todos lados. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. Sentí su aliento caliente en mis hombros, su lengua trazando caminos de fuego por mi clavícula. Mis pechos se endurecieron al instante, los pezones rogando atención. Él los tomó con delicadeza al principio, lamiendo, chupando suave hasta que mordió juguetón y yo arqueé la espalda, gimiendo su nombre. "Diego, no pares, pendejo", le dije entre jadeos, riendo porque todo se sentía tan natural, tan nuestro.

Caímos en la cama king size, sábanas frescas contra mi piel ardiente. Exploré su cuerpo con las manos, sintiendo los músculos duros de su pecho, el vello suave bajando por su abdomen hasta esa erección impresionante que palpitaba bajo mis dedos. Lo toqué despacio, sintiendo la piel aterciopelada sobre acero, el calor que emanaba. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi centro. Me abrió las piernas con ternura, besando el interior de mis muslos, oliendo mi excitación que ya empapaba todo. "Estás mojada para mí, mi reina", dijo, y su lengua encontró mi clítoris, lamiendo con maestría, círculos lentos que me hicieron retorcer. El sabor salado de mi propia piel en su boca después, cuando me besó de nuevo, fue lo más sucio y delicioso.

Pero no quería solo eso. Lo empujé sobre la cama y me subí encima, frotándome contra él, sintiendo su verga resbalosa contra mis labios hinchados. "Te quiero adentro, ya", le rogué, y él obedeció, guiándome mientras me hundía en él centímetro a centímetro. Dios, qué plenitud. Lleno, estirándome justo como necesitaba. Empecé a moverme despacio, sintiendo cada roce interno, el roce de su pubis contra mi clítoris. El sonido de nuestras pieles chocando, chapoteante por mi humedad, llenaba la habitación junto con nuestros gemidos. Sudábamos, el olor a sexo puro invadiendo todo: almizcle, sal, pasión mexicana en ebullición.

En este diario de una pasión reseña, confieso: cada embestida era una página nueva de éxtasis.

La tensión crecía como tormenta en el desierto sonorense. Aceleré el ritmo, cabalgándolo con furia, mis uñas clavándose en su pecho mientras él me agarraba las nalgas, guiándome más profundo. Sentía mi orgasmo construyéndose, un nudo apretado en el vientre que se deshacía en oleadas. "Ven conmigo, Diego, no aguanto", grité, y exploté, contrayéndome alrededor de él en espasmos que me nublaron la vista. Él me siguió segundos después, gruñendo mi nombre –Ana, sí, ese es mi nombre, diario– mientras se vaciaba dentro de mí, caliente, abundante, marcándome por completo.

Nos quedamos así un rato, jadeando, cuerpos pegajosos entrelazados. El silencio post-sexo era roto solo por nuestras respiraciones calmándose. Me besó la frente, suave, y yo tracé círculos en su espalda con la yema de los dedos, sintiendo la textura de su piel salada. "Eso fue épico, wey. ¿Repetimos?", bromeé, y reímos bajito. Pidió unas chelas del refri, frías y espumosas, y brindamos desnudos en la cama, hablando de sueños locos, de viajes a la playa en Cancún, de lo chingón que es la vida cuando fluye así.

Ahora, horas después, sola en mi casa con el cuerpo aún sensible, te escribo esta reseña completa, diario. Diego no es solo un polvo de una noche; hay chispa ahí, algo que huele a más noches como esta. Mi piel aún guarda su tacto fantasma, mis labios hinchados por sus besos, y entre mis piernas un dulce dolor que me hace sonreír. Calificación: diez de diez, con estrellas de fuego. ¿Qué sigue? No sé, pero por primera vez en meses, siento que la pasión no es solo un recuerdo.

Fin de la entrada. Mañana, quién sabe qué reseña nueva me inspiras, diario de una pasión.

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