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Poema de Pasión y Deseo

6812 palabras

Poema de Pasión y Deseo

La noche en el balcón de mi depa en la Condesa olía a jazmín y a la ciudad viva allá abajo, con sus cláxones lejanos y el rumor de la gente que no duerme. Javier y yo nos sentamos en las sillas de mimbre, con una botella de tequila reposado entre nosotros. Hacía meses que no nos veíamos así, solos, sin el pinche trabajo jodiéndonos el mood. Él, con su camisa guayabera entreabierta, mostrando ese pecho moreno que siempre me ha puesto como moto. Yo, Ana, con mi vestido negro ceñido que me hace sentir chida y deseada.

Órale, mi amor, ¿qué traes ahí? —me preguntó Javier, señalando el librito viejo que saqué de mi bolsa.

Era un cuadernito de cuando éramos novios en la uni, lleno de garabatos y poemas que él escribía a la hora de la neta. Hojeé las páginas amarillentas bajo la luz tenue de la lamparita, y ahí estaba: Poema de pasión y deseo. Lo leí en voz baja primero, sintiendo cómo las palabras me erizaban la piel.

En tus ojos arde el fuego que me quema,
tu boca un río de miel que me ahoga,
tu piel un mapa donde pierdo el norte,
pasión y deseo en cada roce que provoca.

Levanté la vista y lo vi mirándome con esos ojos cafés que prometen travesuras. El corazón me latió fuerte, como tamborazo en una fiesta de pueblo. Neta, ese poema siempre me ha movido el piso. Recordé las noches en su cuarto de estudiante, cuando me recitaba versos así mientras sus manos exploraban mi cuerpo.

—Todavía me encanta, wey —le dije, pasando el dedo por la página—. Es como si lo hubieras escrito ayer.

Él se acercó, su aliento cálido con toques de tequila rozando mi cuello. —Porque sigue siendo verdad, Ana. Tú sigues siendo mi poema de pasión y deseo.

El primer beso fue suave, como probar un mango maduro, dulce y jugoso. Sus labios carnosos contra los míos, la lengua danzando perezosa, saboreando el reposado y el deseo acumulado. Sentí su mano en mi muslo, subiendo despacio por el vestido, y un escalofrío me recorrió la espalda. La brisa nocturna jugaba con mi pelo, mezclándose con el olor de su colonia, esa que siempre huele a madera y aventura.

Nos levantamos sin decir nada, como si el poema nos jalara adentro. El depa estaba en penumbras, solo la luz de la luna colándose por las cortinas. Javier me cargó como si no pesara nada, sus brazos fuertes apretándome contra su pecho. Lo oía respirar hondo, el corazón galopando bajo mi oreja. Me depositó en la cama king size que compramos juntos, y se arrodilló frente a mí, besando mis rodillas, subiendo por los muslos.

¡Carajo, qué rico se siente esto!, pensé, mientras sus dedos desabrochaban el vestido. La tela resbaló como seda sobre mi piel, dejando al aire mis tetas firmes y mi tanga de encaje negro. Él gemía bajito, un sonido ronco que me humedecía más. —Eres tan pinche hermosa, Ana. No sabes las ganas que traigo.

Me recosté, abriendo las piernas un poquito, invitándolo. Su boca encontró mi ombligo primero, lamiendo con la lengua plana, caliente y húmeda. Bajó más, besando el borde de la tanga, aspirando mi aroma, ese olor almizclado de mujer lista. ¡Ay, Dios, no pares! Lo jalé del pelo, guiándolo. Cuando su lengua tocó mi clítoris por primera vez, grité suave, arqueando la espalda. Era como chispas, placer eléctrico que me hacía temblar.

Pero no quería que terminara tan rápido. Lo empujé hacia arriba, desabrochándole la camisa con urgencia. Su piel olía a sudor limpio y deseo, músculos duros bajo mis uñas. Le quité el pantalón, liberando su verga tiesa, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La apreté suave, sintiendo el calor, el pulso acelerado. —Ven, cabrón, fóllame ya —le susurré, con voz ronca.

Él se rio, esa risa pícara que me deshace. —Paciencia, mi reina. Vamos a hacer que dure.

Nos volteamos, yo encima ahora, cabalgándolo despacio. Su verga entró en mí centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Gemí fuerte, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas, húmedas y calientes. El sonido de nuestros cuerpos chocando era obsceno, chapoteo mojado mezclado con jadeos. Sudábamos, piel contra piel resbalosa, sus manos amasando mis nalgas, dándome nalgadas suaves que ardían rico.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Recordaba el poema en mi mente, pasión y deseo en cada roce, y era verdad. Javier se incorporó, sentándome en su regazo, mamándome las tetas con hambre. Sus dientes rozaban los pezones duros, tirando suave, enviando ondas de placer directo a mi concha. Yo cabalgaba más rápido, el clítoris frotándose contra su pubis, building up ese nudo en el estómago que pedía explotar.

Neta, Ana, me vas a matar —gruñó él, clavando los dedos en mi cadera.

—Dame más, pendejo, hazme tuya —le respondí, mordiéndole el hombro.

Cambié de posición, de perrito ahora, mi culo en pompa para él. Entró de un embestida profunda, golpeando ese punto que me hace ver estrellas. El slap-slap de carne contra carne llenaba el cuarto, junto con mis gritos ahogados y sus mugidos. Olía a sexo puro, a jugos mezclados, a nosotros. Sudor goteaba por su espalda, yo lo lamí, salado en mi lengua. Sus bolas chocaban contra mi clítoris, intensificando todo.

El orgasmo me agarró de sorpresa primero, como ola gigante. Convulsioné alrededor de su verga, apretándola, chorros de placer saliendo de mí. —¡Sí, cabrón, así! —grité, temblando entera.

Él no tardó, embistiendo salvaje unas veces más antes de correrse dentro, caliente y espeso, llenándome hasta rebosar. Se desplomó sobre mí, besándome el cuello, respirando entrecortado.

Nos quedamos así un rato, enredados, piel pegajosa y corazones calmándose. La ciudad seguía su jale afuera, pero adentro éramos un mundo aparte.

Después, envueltos en las sábanas suaves que huelen a lavanda, Javier tomó el cuadernito y lo abrió en la página del poema. Lo leyó en voz alta, su voz grave envolviéndome como caricia.

Tu gemido es verso que rompe el silencio,
tu abrazo el clímax de mi inspiración,
en ti se escribe eterno mi latido,
poema de pasión y deseo sin fin.

—Este poema eres tú, Ana. Siempre lo serás —me dijo, besándome la frente.

Sonreí, sintiendo un calorcito en el pecho que no era solo del sexo. Chido, pensé, esto es lo que necesitaba. No solo el cuerpo, sino el alma conectada. Mañana el mundo seguiría girando con sus pedos, pero esta noche, en este poema de pasión y deseo hecho carne, éramos invencibles.

Nos dormimos así, con su brazo alrededor de mi cintura, soñando versos y caricias eternas.

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