Pasión Capítulo 54
El aroma del café recién molido flotaba en el aire de mi departamento en la Condesa, mezclado con el perfume dulce de las gardenias que Marco había dejado en la mesa. Yo, Ana, acababa de cerrar la puerta después de un día eterno en la oficina, pero al verlo ahí, recargado en la barra de la cocina con esa camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales, sentí un cosquilleo traicionero entre las piernas. Neta, wey, pensé, este pendejo siempre sabe cómo encender la mecha.
—Órale, mi reina —dijo él con esa voz ronca que me erizaba la piel, acercándose con pasos lentos, como un tigre acechando—. ¿Lista para pasión capítulo 54 de nuestra historia?
¿Pasión capítulo 54? Simón, justo lo que necesitaba para olvidar el pinche tráfico y las juntas aburridas.
Le sonreí, dejando caer mi bolso al suelo con un thud suave. Nuestras miradas se cruzaron, cargadas de esa electricidad que solo nosotros dos podíamos generar. Hacía meses que éramos amantes, pero cada encuentro se sentía como el primero: fresco, intenso, lleno de promesas sucias. Él era mi escape, mi vicio consentido, un hombre de treinta y tantos, con barba recortada y ojos color café que me desnudaban sin esfuerzo.
Me acerqué, rozando mi cadera contra la suya. Su calor corporal me envolvió como una manta pesada, y olí su loción, esa mezcla de sándalo y limón que me hacía salivar. —Muévete, carnal —susurré, mordiéndome el labio—, o te voy a comerte aquí mismo.
Acto uno: la chispa. Nos besamos despacio al principio, labios suaves explorando, lenguas danzando con un ritmo juguetón. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desabrochando el sostén con maestría mientras yo tiraba de su camisa. La tela se rasgó un poco —qué chingón—, y mis uñas arañaron su pecho lampiño, dejando surcos rojos que lo hicieron gemir bajito. Su piel sabe a sal y deseo, pensé, lamiendo su cuello, saboreando el sudor fresco que empezaba a perlarse.
Lo empujé hacia el sofá de piel color crema, el que habíamos christado tantas veces. Se sentó, y yo me trepé a horcajadas sobre él, sintiendo su verga endureciéndose contra mi entrepierna a través de la falda. El roce era delicioso, un vaivén lento que me humedecía las bragas de encaje negro. —Te sientes tan dura, mi amor —jadeé, moliéndome contra él mientras sus dedos se clavaban en mis nalgas, amasándolas con fuerza.
Pero no queríamos apresurarnos. Esta era nuestra danza, el preludio que construía la tensión hasta volvernos locos. Me quitó la blusa, exponiendo mis tetas firmes al aire fresco de la noche que entraba por la ventana entreabierta. El sonido de la ciudad —cláxones lejanos, risas de transeúntes— se colaba, recordándonos que el mundo seguía girando mientras nosotros nos perdíamos en este universo privado.
Acto dos: la hoguera. Bajé al suelo, arrodillándome entre sus piernas abiertas. Desabroché su pantalón con dientes, liberando su miembro grueso, venoso, palpitante. Olía a hombre puro, a testosterona y anticipación. Lo tomé en mi mano, sintiendo su pulso acelerado contra mi palma cálida, y lo lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum que brotaba. —Qué rica verga tienes, wey —murmuré, mirándolo a los ojos mientras lo chupaba profundo, mi garganta relajándose para tragarlo todo.
Marco gruñó, enredando sus dedos en mi cabello largo y ondulado. —Mamacita, me vas a matar —dijo, su voz entrecortada por jadeos. Pero yo controlaba el ritmo, subiendo y bajando, alternando succiones fuertes con lengüetazos suaves en el glande sensible. Mis pezones rozaban sus muslos, enviando chispas de placer a mi clítoris hinchado. Estaba empapada, el olor almizclado de mi excitación llenando el aire.
Me levantó como si no pesara nada —gracias a sus horas en el gym—, y me tendió en el sofá. Sus labios bajaron por mi cuerpo: besos en el ombligo, mordidas en las caderas. Cuando llegó a mi panocha, separó mis labios mayores con los dedos, exponiendo mi botón rosado y brillante. —Estás chorreando, mi vida —dijo, soplando aire caliente que me hizo arquear la espalda.
No pares, por favor, fóllame con la lengua, suplicó mi mente mientras él obedecía, lamiendo con avidez, chupando mi clítoris como si fuera un dulce maduro.
El sonido era obsceno: lamidas húmedas, mis gemidos ahogados, el slap de su boca contra mi carne. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto G que me volvía loca. Mi primer orgasmo llegó como una ola, convulsionando mis muslos alrededor de su cabeza, gritando su nombre mientras saboreaba mis jugos en su lengua.
Pero la tensión no cedía; al contrario, crecía. Me volteó boca abajo, elevando mis caderas. Sentí la punta de su verga rozando mi entrada, untándose en mis fluidos. —Dime que la quieres —exigió, su aliento caliente en mi oreja.
—Sí, métemela toda, cabrón —rogué, empujando hacia atrás.
Entró de un solo empujón, llenándome por completo. El estiramiento era perfecto, su grosor rozando cada pared interna. Empezamos lento, él saliendo casi todo para volver a hundirse, el sonido de piel contra piel resonando como un tambor primitivo. Sus bolas golpeaban mi clítoris con cada embestida, y yo me aferraba a los cojines, oliendo el cuero mezclado con nuestro sudor.
Aceleramos. Marco me jaló el cabello, arqueándome como a una yegua salvaje. —Eres mía, Ana —gruñó, clavándome más profundo. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo con furia, mis tetas rebotando mientras giraba las caderas. Sudor corría por su torso definido, y yo lo lamía, salado y adictivo. Él pellizcaba mis pezones, enviando descargas directas a mi centro.
La habitación giraba en un torbellino de sensaciones: el crujido del sofá, nuestros jadeos sincronizados, el sabor de su piel en mi boca, el olor penetrante del sexo. Mi segundo clímax se acercaba, tensando cada músculo. —Me vengo, Marco, no pares —grité, y él redobló, su verga hinchándose dentro de mí.
Acto tres: la explosión y el eco. Eyaculamos juntos, mi coño contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo mientras chorros calientes inundaban mi interior. Colapsamos, entrelazados, pulsos latiendo al unísono. Su semen goteaba entre mis piernas, cálido y pegajoso, un recordatorio tangible de nuestra unión.
Nos quedamos así, respirando pesado, caricias perezosas en la piel enrojecida. El viento nocturno traía ecos de mariachis lejanos, anclándonos en esta México vibrante. —Pasión capítulo 54, el mejor hasta ahora —murmuró él, besando mi frente.
Simón, y hay más capítulos por escribir, mi amor. Esto no termina aquí.
En el afterglow, con su cabeza en mi pecho, sentí paz profunda, esa conexión que va más allá de lo físico. Éramos fuego y hogar, deseo y ternura. Mañana el mundo reclamaría su parte, pero esta noche, en nuestro nido de pasión, todo era perfecto.