Relatos Eroticos
Inicio DOMINACIÓN Deseando al Productor de la Pasion de Cristo Deseando al Productor de la Pasion de Cristo

Deseando al Productor de la Pasion de Cristo

7476 palabras

Deseando al Productor de la Pasion de Cristo

En el corazón de Polanco, donde las luces de neón besan los cristales de los rascacielos y el aire huele a jazmín mezclado con el humo de cigarros caros, entré a esa fiesta exclusiva. La música reggaetón suave retumbaba en mis oídos, vibrando hasta mis caderas. Yo era Daniela, una actriz de veintiocho años luchando por un breakthrough en el cine mexicano, con curvas que volvían locos a los directores pero que aún no me habían dado el papel soñado. Esa noche, el rumor corría como pólvora: el productor de la Pasion de Cristo estaba en la ciudad, buscando talentos para su nuevo proyecto, una historia épica de redención y deseo humano.

Lo vi de inmediato, recargado en la barra, con esa mirada intensa que parecía perforar almas. Alto, moreno, con canas plateadas en las sienes que lo hacían ver como un dios pagano disfrazado de Hollywood. Hablaba con un grupo de ejecutivos, su risa grave resonando sobre el bullicio. Órale, güey, pensé, ese es el que hizo sangrar a la pantalla con esa película que me dejó temblando de emoción y algo más que no confesaba ni a mi mejor amiga. Me acerqué con un tequila en la mano, el líquido quemándome la garganta como un presagio.

"¿Y tú qué, eres fan de las pasiones extremas?" me soltó él, sus ojos verdes clavándose en mis labios mientras me tendía la mano. Su voz era ronca, con acento gringo suavizado por años en sets internacionales. "Soy Marco, pero todos me llaman el productor de la Pasion de Cristo." Su piel olía a cuero nuevo y a esa colonia amaderada que me hacía cosquillas en la nariz. Le sonreí, sintiendo un calor subirme por el pecho.

Neta, Daniela, no seas pendeja. Este wey es legendario, pero aquí estás tú, con tu vestido rojo ceñido que deja poco a la imaginación, y él no quita los ojos de ti. ¿Qué pasaría si...?

Charlamos horas, el mundo desvaneciéndose. Habló de cómo La Pasion de Cristo fue su obra maestra de sufrimiento y éxtasis espiritual, pero ahora quería algo terrenal, carnal. "Pasión real, Daniela, la que se siente en la piel, no solo en el alma." Su mano rozó mi brazo accidentalmente, enviando chispas por mi espina. El deseo inicial era como una brisa tibia: sutil, pero cargada de promesas.

Acto uno del destino: me invitó a su suite en el hotel más chingón de Reforma para "revisar un guion". Subí al elevador con él, el silencio espeso, solo roto por nuestra respiración acelerada. El ding del piso sonó como un disparo de largada.

La suite era un paraíso de lujo: ventanales con vista al Ángel de la Independencia, sábanas de hilo egipcio oliendo a lavanda fresca, una botella de mezcal artesanal abierta en la mesa. Nos sentamos en el sofá de terciopelo, el guion olvidado entre nosotros. "Dime, ¿qué te apasiona a ti?" preguntó, su dedo trazando el borde de mi copa. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano, el pulso retumbando en mis sienes.

"La vida, Marco. La que quema, la que duele rico." Me acerqué, mis labios a centímetros de los suyos. Él no se movió, solo sonrió con esa picardía que gritaba experiencia. El beso llegó gradual, como el amanecer sobre el Popo: primero un roce suave, sus labios carnosos probando los míos, sabor a mezcal y menta. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el vestido con maestría, la tela cayendo como cascada de seda al piso.

¡Qué chingón se siente esto! Su piel contra la mía, áspera en los lugares justos, como si hubiera cargado cruces reales en esos sets. No pares, Daniela, déjate llevar.

Acto dos, la escalada: lo empujé al colchón king size, mi cuerpo encima del suyo, sintiendo su dureza presionando contra mis muslos. El aire se llenó del aroma almizclado de nuestro sudor naciente, mezclado con el perfume de él que ahora era puro macho en celo. Le arranqué la camisa, besando su pecho ancho, la sal de su piel en mi lengua como néctar prohibido. "Pinche Daniela, eres fuego puro," gruñó, sus manos amasando mis nalgas con fuerza consentida, dedos hundidos en carne suave.

Desnudos al fin, rodamos en las sábanas revueltas. Su boca descendió por mi cuello, lamiendo el hueco de mi clavícula, mordisqueando pezones que se endurecían como chiles secos bajo su diestra lengua. Gemí bajito, el sonido escapando como vapor caliente, mientras sus dedos exploraban mi humedad, resbaladizos, circundando mi clítoris con círculos lentos que me hacían arquear la espalda. ¡Órale, qué bien la hace este cabrón! El roce era eléctrico, cada caricia enviando ondas de placer desde mi centro hasta las puntas de mis pies.

Lo volteé, queriendo dominar un rato. Mi boca bajó por su abdomen marcado, oliendo a testosterona pura, hasta llegar a su verga erecta, venosa y palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor febril, el pulso acelerado bajo la piel tensa. La lamí desde la base hasta la punta, sabor salobre y adictivo, mientras él jadeaba "Córrete, mamacita, no pares." Lo chupé con hambre, lengua girando, garganta acomodándose a su grosor, sus caderas empujando suave, siempre chequeando mis ojos para el sí mutuo.

La tensión crecía como tormenta en el desierto sonorense: interna, yo luchando contra el pudor residual "¿Y si solo soy un polvo de una noche para el productor de la Pasion de Cristo?", pero su mirada me anclaba, profunda, diciendo esto es real, güey. Él me penetró despacio, centímetro a centímetro, mi panocha envolviéndolo como guante húmedo y caliente. El estiramiento delicioso me arrancó un grito ahogado, sus embestidas iniciando lentas, profundas, el sonido de piel contra piel como aplausos obscenos.

Aceleramos, sudor perlando nuestros cuerpos, resbaloso bajo las luces tenues. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo, yo cabalgándolo ahora, pechos rebotando, uñas clavadas en su pecho dejando surcos rojos. El olor a sexo impregnaba la habitación, espeso, embriagador. "¡Más fuerte, Marco, dame todo!" exigí, y él obedeció, volteándome a cuatro patas, penetrando desde atrás con fuerza animal pero tierna, su vientre chocando contra mis nalgas, bolas golpeando suave.

El clímax se acercaba como volcán en erupción: mis músculos internos apretándolo, su verga hinchándose dentro. Gemidos se volvieron gritos, "¡Me vengo, Daniela, joder!" y yo exploté primero, olas de placer convulsionándome, jugos empapando las sábanas, visión borrosa de estrellas mexicanas. Él se corrió segundos después, chorros calientes llenándome, su rugido primal vibrando en mi espalda.

Acto tres, el afterglow: colapsamos entrelazados, piel pegajosa enfriándose, respiraciones sincronizándose. Su dedo trazaba círculos en mi ombligo, besos suaves en mi sien. "Eres mi nueva musa, la pasión que buscaba después de Cristo." Reí bajito, el corazón lleno, no de arrepentimiento sino de empoderamiento. Neta, qué noche chida. El productor de la Pasion de Cristo no solo hace películas; hace mujeres renacer.

Al amanecer, con el sol tiñendo el skyline de oro, nos despedimos con promesas de más. Salí del hotel con piernas temblorosas pero alma ligera, sabiendo que esa pasión no era ficción. Era mía, consensual, ardiente, eterna.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatoseroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.