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Dragon Pasión Desatada

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Dragon Pasión Desatada

En las colinas ardientes de Oaxaca, donde el sol besa la tierra como un amante impaciente, viví la noche que cambió todo. Me llamo Ximena, una chamaca de veintiocho años que trabaja en el mercado vendiendo moles y tamales que hacen agua la boca a medio pueblo. Esa tarde, el aire olía a incienso y copal por la feria del pueblo, con mariachis tocando rancheras que retumbaban en el pecho. Estaba yo ahí, con mi huipil rojo ceñido al cuerpo, sintiendo el sudor perlar mi piel morena bajo el sol que no perdona.

Entonces lo vi. Alto, moreno como la noche oaxaqueña, con ojos verdes que brillaban como esmeraldas en llamas. Se paró frente a mi puesto, oliendo a tierra húmeda y algo salvaje, como si acabara de bajar de las sierras. "¿Qué me recomiendas, güerita?", me dijo con voz grave que me erizó la piel. Le sonreí, coqueta, porque el wey me prendió de inmediato. "Un mole negro con el toque secreto de mi abuelita, para que te quemes la lengua como debe ser."

Charlamos un rato, él se llamaba Drago –nombre rarísimo, pero chido– y me contó que andaba de paso, explorando ruinas antiguas. Sus manos grandes, callosas, rozaron las mías al pasarme un billete, y sentí un chispazo que me subió por el brazo hasta el ombligo.

¿Qué carajos es esto? Me late el corazón como tambor de son ajuichil.
Me invitó a bailar esa noche en la plaza, y yo, que no soy de las que dicen no a la aventura, acepté.

La noche cayó como manto de terciopelo, con estrellas titilando sobre las montañas. La banda tocaba un son que hacía vibrar el suelo, y Drago me tomó de la cintura. Su cuerpo pegado al mío era puro músculo duro, caliente como brasa. Bailamos pegaditos, sus caderas moviéndose contra las mías al ritmo, y olía a él: sudor masculino mezclado con algo ahumado, como fogata en la sierra. "Estás bien rica, Ximena. Me traes loco con ese meneo." Sus palabras roncas me mojaron entre las piernas, y yo le mordí el lóbulo de la oreja, susurrando: "Tú tampoco estás tan pendejo, dragón."

Ahí lo dije sin pensarlo, porque sus ojos tenían ese fuego dragón pasión que me consumía. Se rio bajito, un sonido que vibró en mi pecho, y me jaló más cerca. Bailamos hasta que el sudor nos empapó, mis pechos rozando su torso, sus manos bajando a mis nalgas con permiso implícito en mi gemido. La tensión crecía como tormenta en el Pacífico; quería arrancarle la camisa y lamerle el cuello ahí mismo, pero el pueblo nos rodeaba.

Acto dos: la escalada

Al final de la noche, me llevó a su cabaña en las afueras, una casita de adobe con vista a las ruinas zapotecas. El camino fue silencio cargado, solo el crujir de las hojas bajo nuestros pies y nuestras respiraciones agitadas. Adentro, el aire olía a madera quemada y jazmín silvestre. Encendió velas que parpadeaban sombras en las paredes, y me sirvió mezcal en un vasito de barro. "Por la dragon pasión que siento por ti." Brindamos, el licor quemándome la garganta como su mirada.

Nos sentamos en la cama de petate, y empezó el juego. Sus dedos trazaron mi brazo, dejando rastros de fuego.

¡Madre santa, este wey me va a volver loca! Su toque es como lava.
Yo le desabotoné la camisa, revelando un pecho tatuado con escamas que parecían moverse a la luz de las velas. "¿Qué es esto, Drago? Pareces dragón de verdad." Él sonrió misterioso: "Tal vez lo soy, mamacita. Prueba y verás."

Lo besé primero, lento, saboreando sus labios salados y su lengua que invadió mi boca como conquistador. Gemí contra él, mis manos enredadas en su pelo negro. Se quitó la camisa del todo, y yo lamí su piel, sintiendo el sabor salado del sudor y algo metálico, como sangre antigua. Sus manos subieron mi huipil, exponiendo mis tetas al aire fresco; mis pezones se endurecieron como piedras bajo su mirada hambrienta. "Qué chulas, Ximena. Déjame mamarlas." Asentí, arqueándome, y su boca caliente las succionó, dientes rozando justo lo suficiente para hacerme jadear.

La habitación se llenó de nuestros jadeos, el petate crujiendo bajo nosotros. Bajó mis rebozo, desvistió mi falda con urgencia consentida. Mis bragas ya estaban empapadas; él las olió, gruñendo: "Hueles a miel y deseo, carnala." Me tendí, abriendo las piernas, y él se arrodilló, su aliento caliente en mi coño antes de lamer. ¡Órale! Su lengua era mágica, círculos lentos en mi clítoris, chupando mis labios hinchados. Sentí el pulso acelerado en mi vientre, el olor a sexo impregnando el aire, mis jugos en su barbilla.

Siento que voy a explotar. Este dragón pasión me come viva.

Lo jalé arriba, queriendo más. Le bajé los pantalones, y su verga saltó libre: gruesa, venosa, con una cabeza roja como llama. La tomé en mi mano, sintiendo su calor palpitante, el olor almizclado que me mareaba. "Métemela, Drago. No aguanto." Él se puso condón –siempre responsable, el cabrón– y se posicionó. Entró despacio, estirándome delicioso, centímetro a centímetro. Grité de placer, uñas clavadas en su espalda. Empezó a bombear, lento al principio, sus caderas chocando contra las mías con palmadas húmedas.

El ritmo subió: fuerte, profundo, su sudor goteando en mis tetas. Yo le clavaba las uñas, mordiéndole el hombro, gritando: "¡Más duro, pendejo! ¡Quémame con tu dragon pasión!" Él rugió, como bestia, acelerando hasta que el mundo se redujo a fricción ardiente, mis paredes apretándolo, su verga golpeando mi punto G. El olor a sexo crudo, pieles chocando, gemidos mezclados con el viento nocturno aullando fuera.

Acto tres: la liberación

El clímax llegó como avalancha. Sentí la ola subir desde mi coño, explotando en temblores que me arquearon. "¡Me vengo, Drago! ¡Ay, Dios!" Él gruñó, embistiendo una vez más antes de tensarse, su verga latiendo dentro de mí mientras se vaciaba. Colapsamos, jadeantes, su peso cálido sobre mí, corazones tronando al unísono.

Después, en el afterglow, nos quedamos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. Él me besó la frente, suave ahora. "Eres fuego puro, Ximena. Mi dragon pasión despertó contigo." Yo reí bajito, trazando sus tatuajes que ahora brillaban levemente, como escamas reales.

¿Fue real o sueño? No importa, valió cada segundo.
Hablamos de tonterías, de moles y ruinas, hasta que el sueño nos venció, envueltos en sábanas oliendo a nosotros.

Al amanecer, con el sol pintando las colinas de oro, se despidió con un beso que prometía regreso. Me quedé ahí, tocándome el cuerpo aún sensible, recordando cada roce, cada gemido. La dragon pasión había marcado mi alma, y supe que mi vida ya no sería la misma. En Oaxaca, las pasiones arden eternas, como dragones en las sierras.

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