Pasión Capítulo 3 Fuego en las Venas
El sol de la tarde se colaba por las cortinas entreabiertas del hotel en Playa del Carmen, tiñendo la habitación de un naranja ardiente que hacía juego con el calor que bullía en mi pecho. Me llamo Ana, y desde que Marco y yo empezamos esta locura, cada encuentro se sentía como un capítulo nuevo en nuestra historia de deseo desenfrenado. Pasión capítulo 3, pensé mientras me pasaba el peine por el cabello negro largo, soltando un suspiro que olía a vainilla de mi perfume. Habían pasado dos semanas desde la última vez, en esa fiesta en la Zona Rosa, donde sus manos me habían explorado como si fuera la primera vez.
La puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba él, Marco, con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Alto, moreno, con los ojos cafés que brillaban como el tequila bajo la luna. Llevaba una camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales, y unos jeans que abrazaban sus caderas de manera pecaminosa. Órale, qué chulo se ve, murmuré para mis adentros, sintiendo un cosquilleo entre las piernas solo con verlo.
—¿Me extrañaste, nena? —dijo con esa voz ronca, mexicana hasta la médula, cerrando la puerta y avanzando hacia mí como un depredador juguetón.
Me levanté del borde de la cama, mi vestido rojo corto subiéndose un poco por mis muslos bronceados. El aire del ventilador zumbaba, trayendo el olor salado del mar que entraba por la ventana. Asentí, mordiéndome el labio inferior.
—Neta que sí, cabrón. No aguanto más sin ti.
Nos abrazamos, y su cuerpo duro contra el mío fue como encender una chispa. Sentí su erección presionando mi vientre, dura y caliente a través de la tela. Olía a colonia fresca, a sol y a hombre. Sus labios capturaron los míos en un beso lento, profundo, con lengua que saboreaba a menta y promesas. Mis manos subieron por su espalda, arañando suavemente la camisa, mientras su aliento caliente me erizaba la piel.
Esto es pasión capítulo 3, y ya quiero que explote todo, pensé, mientras mi corazón latía como tambor en fiesta.
Nos separamos un segundo, jadeantes. Él me miró con esos ojos que decían te voy a devorar. —Ven, mi reina —susurró, guiándome a la cama king size, con sábanas blancas que crujían bajo nuestro peso.
Acto uno de nuestra noche: las caricias inocentes que no lo eran. Me recostó con gentileza, su boca bajando por mi cuello, lamiendo el hueco de mi clavícula donde el sudor empezaba a perlar. Gemí bajito, el sonido ahogado por el rumor de las olas lejanas. Sus dedos desabrocharon los botones del vestido uno a uno, revelando mi piel morena, mis senos libres bajo el encaje negro del bra. El aire acondicionado me puso los pezones duros como piedritas, y él los miró con hambre.
—Qué chingonas tetas tienes, Ana —dijo, voz grave, antes de chupar uno con succión suave, lengua girando como experto. El placer fue eléctrico, un rayo que me hizo arquear la espalda. Olía su cabello, a shampoo de coco, y probé la sal de su piel cuando lo jalé hacia mí para besarlo de nuevo.
Pero no era solo físico; había algo más. En mi mente, flashbacks de nuestras aventuras pasadas: el auto en la carretera a Cuernavaca, el baño de la casa de su carnal. Cada vez más intenso, más nuestro. ¿Y si esto es para siempre? me pregunté, mientras sus manos bajaban por mis costados, masajeando mis caderas anchas, mexicanas y orgullosas.
El medio tiempo llegó con la escalada. Me quitó el vestido por completo, dejándome en tanga roja que ya estaba empapada. Él se desvistió rápido, camisa volando, jeans cayendo para revelar su verga gruesa, venosa, apuntando al techo como un pinche soldado listo para la batalla. La miré, lamiéndome los labios, y él rio bajito.
—¿Quieres probarla, preciosa?
Asentí, arrodillándome en la alfombra suave. El olor almizclado de su excitación me golpeó, embriagador. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, y la metí en mi boca despacio. Saboreé el precum salado, chupando con hambre, lengua rodeando el glande mientras él gemía ¡Ay, wey, qué rico!. Sus dedos enredados en mi pelo, guiándome sin forzar, puro ritmo consensuado. Lo miré desde abajo, sus abdominales contrayéndose, venas saltando en el cuello. El sonido de su respiración agitada, mis slurps húmedos, todo se mezclaba con el jazz suave del radio.
Pero quería más. Lo empujé a la cama, montándome a horcajadas. Mi concha rozaba su verga, lubricada y ansiosa. Rozábamos, tribbing lento, sintiendo cada vena contra mi clítoris hinchado. Despacio, construye el fuego, pensé, mientras él amasaba mis nalgas, dedos hundiéndose en la carne suave.
—Te quiero adentro, Marco. Chingame ya.
Él sonrió, ese pendejo encantador, y me volteó boca arriba. Sus labios bajaron por mi panza, besando el ombligo, hasta llegar a la tanga. La quitó con dientes, exponiendo mi sexo depilado, brillando de jugos. Su lengua atacó primero el clítoris, lamiendo en círculos, chupando suave, luego fuerte. Grité, piernas temblando, el placer como olas rompiendo. Olía mi propia excitación, dulce y musgosa, mezclada con su saliva. Dos dedos entraron, curvándose en mi punto G, bombeando mientras su boca no paraba. ¡Madre santa, este wey sabe!
El clímax se acercaba, pero lo detuve. —No aún, amor. Quiero sentirte todo.
Me penetró despacio, centímetro a centímetro, su verga llenándome hasta el fondo. El estiramiento delicioso, paredes vaginales abrazándolo. Empezamos lento, misionero íntimo, mirándonos a los ojos. Sus embestidas profundas, saliendo casi todo para volver con fuerza controlada. Sentía cada roce, el slap de piel contra piel, sudor goteando de su pecho al mío. Aceleramos, yo clavando uñas en su espalda, él gruñendo en mi oído ¡Eres mi vicio, Ana!.
Cambiamos: yo encima, cabalgando como reina. Mis tetas rebotando, él chupándolas mientras yo giraba caderas, moliendo mi clítoris contra su pubis. El olor del sexo llenaba la habitación, espeso y adictivo. Mis gemidos subían de tono, ¡Más duro, cabrón!, y él empujaba desde abajo, pelotas golpeando mi culo.
El final explotó como volcán. Sentí el orgasmo venir, un nudo en el vientre deshaciéndose en placer puro. Convulsioné alrededor de su verga, chorros de squirt mojando las sábanas, gritando su nombre. Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, pulsos que sentía en las paredes. Colapsamos, entrelazados, respiraciones sincronizadas.
En el afterglow, su cabeza en mi pecho, caricias perezosas. El sol se había ido, luna iluminando nuestras pieles brillantes de sudor. —Esto fue épico, nena. Pasión capítulo 3, y hay más por venir —murmuró, besando mi sien.
Sonreí, saboreando la paz post-sexo, su semen goteando lento entre mis piernas. Sí, hay más. Mucho más. El mar susurraba fuera, prometiendo noches eternas de fuego en las venas.