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Pasion de Gavilanes Capitulo 75 Fuego en la Sangre

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Pasion de Gavilanes Capitulo 75 Fuego en la Sangre

Estábamos en el sofá de nuestra casita en las afueras de Guadalajara, con el aire cargado de ese olor a tierra mojada que entra por la ventana después de la lluvia. Juan y yo, acurrucados como siempre los viernes por la noche, viendo la tele. Pasión de Gavilanes capítulo 75 estaba en lo mejor: Jimena y Franco en esa hacienda, mirándose con esos ojos que prometían tormenta. El corazón me latía fuerte, no solo por la novela, sino por el calor del cuerpo de Juan pegado al mío. Su mano descansaba en mi muslo, inocente al principio, pero yo sentía el roce de sus dedos callosos, ásperos de tanto trabajar en el rancho de su familia.

Mira nomás cómo se ven, carnal —murmuró él, su voz grave como un ronroneo, mientras su aliento cálido me rozaba el cuello. Olía a tequila del trago que nos echamos antes, mezclado con su sudor limpio, ese aroma macho que me ponía la piel de gallina.

Yo giré la cabeza, mis labios casi tocando los suyos. Qué chingón está esta escena, pensé, pero no dije nada. En la tele, los amantes se acercaban, la música subía de intensidad, y de repente, el beso. Profundo, hambriento. Sentí un cosquilleo entre las piernas, mi panocha empezando a humedecerse solo de imaginarlo. Juan apretó un poco más mi muslo, y supe que él también lo sentía. La tensión crecía, como en la novela, pero esta vez era nuestra.

¿Por qué carajos esta telenovela siempre nos prende tanto? Es como si nos estuvieran hablando directo a nosotros, wey.

Apagué la tele con el control remoto, el silencio repentino roto solo por nuestra respiración agitada. Juan me miró, sus ojos oscuros brillando con esa picardía mexicana que tanto me gustaba.

—¿Qué pasa, mi reina? ¿Ya no quieres ver Pasión de Gavilanes capítulo 75?

—Pendejo —le dije riendo bajito, trepándome a horcajadas sobre él—. Quiero algo mejor.

Sus manos subieron por mis caderas, amasando la carne suave bajo mi falda corta. Sentí su dureza presionando contra mí, dura como piedra, y un gemido se me escapó. Lo besé entonces, lento al principio, saboreando el sabor salado de su boca, la lengua juguetona enredándose con la mía. Él gruñó, profundo en su pecho, y sus dedos se clavaron en mi culo, apretando con esa fuerza que me hacía sentir viva, deseada.

Nos levantamos del sofá torpes de deseo, tropezando un poco mientras íbamos al cuarto. El pasillo olía a las velas de vainilla que prendí antes, y el suelo de losa fría contrastaba con el fuego que nos quemaba por dentro. Juan me empujó suave contra la pared, besándome el cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. Qué rico, pendejito, pensé, arqueando la espalda para darle más acceso. Sus manos se colaron bajo mi blusa, rozando mis tetas, los pezones ya duros como piedritas, rogando por su toque.

Estás cañona esta noche, Jimena —susurró, su voz ronca, mientras me quitaba la blusa de un jalón. El aire fresco del cuarto me erizó la piel, pero su boca caliente en mi escote lo compensaba todo. Lamía, chupaba, y yo enredaba los dedos en su pelo negro revuelto, tirando suave para guiarlo.

Entramos al dormitorio, la cama king size esperándonos con sábanas de algodón fresco. Lo empujé a él primero, quitándole la playera con prisa. Su pecho ancho, moreno, marcado por el sol del rancho, olía a hombre puro, a sudor y loción barata que usaba. Bajé los besos por su torso, saboreando la sal de su piel, hasta llegar al cinturón. Lo desabroché despacio, torturándolo, oyendo sus jadeos cada vez más fuertes.

¡Órale, mami, no me hagas sufrir!

Me reí, sacando su verga gruesa, venosa, ya brillando de anticipación. La tomé en la mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave, caliente. La lamí de abajo arriba, saboreando el gusto salado de su pre-semen, mientras él gemía mi nombre. Esto es poder, pensé, mirándolo a los ojos mientras me la metía a la boca, chupando hondo, la lengua girando alrededor del glande. Juan se retorcía, las manos en mi cabeza, pero siempre suave, respetando mi ritmo.

No aguantó mucho. Me levantó, me quitó la falda y las calzas de un tirón, exponiéndome al aire. Me tumbó en la cama, abriendo mis piernas con delicadeza. Su mirada devorándome, fija en mi panocha depiladita, ya mojada y abierta para él.

En este momento, soy la reina de la hacienda, como Jimena en la novela. Y él es mi Franco, listo para darme todo.

Se hincó entre mis muslos, su lengua encontrando mi clítoris de inmediato. ¡Ay, Dios! Lamía despacio, círculos perfectos, chupando suave, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo donde me volvía loca. El sonido húmedo de mi excitación llenaba el cuarto, mezclado con mis gemidos altos, sin vergüenza. Olía a sexo puro, a miel de mi propia humedad, y él lo bebía como si fuera el mejor tequila.

¡Juan, no pares, cabrón! ¡Qué rico! —grité, las caderas moviéndose solas contra su cara. El orgasmo me pegó fuerte, olas de placer recorriéndome desde el centro hasta las yemas de los dedos. Temblé entera, mordiéndome el labio para no chillar demasiado, pero él no paró hasta que me quedé jadeando, la piel brillante de sudor.

Ahora era su turno. Me volteó boca abajo, poniéndome de rodillas. Sentí la cabeza de su verga rozando mi entrada, resbalosa, lista. Empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Qué chingón se siente! Grueso, duro, pulsando dentro de mí. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y metiéndola de nuevo, profundo. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi clítoris, me volvía loca.

Más fuerte, mi amor, ¡tírale! —le pedí, empujando hacia atrás para encontrarlo. Aceleró, una mano en mi cadera, la otra enredada en mi pelo, jalando suave. Sudábamos juntos, el olor almizclado envolviéndonos, sus gruñidos animales en mi oído. Cambiamos de posición: yo encima, cabalgándolo como amazona, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas. Sus manos en mis tetas, pellizcando los pezones, mi clítoris frotándose contra su pubis.

El clímax nos alcanzó juntos. Él se hinchó dentro de mí, gritando mi nombre mientras se vaciaba, chorros calientes llenándome. Yo exploté de nuevo, el mundo volviéndose blanco, el placer tan intenso que vi estrellas. Colapsamos, enredados, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco.

Después, en la afterglow, su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en la nuca. Prendimos la tele otra vez, Pasión de Gavilanes capítulo 75 seguía, pero ahora era solo fondo. Juan me apretó contra él.

Eres mi pasión, Jimena. Mejor que cualquier novela.

Sonreí, el cuerpo lánguido, satisfecho. Neta, esto es vida. El corazón lleno, la piel aún sensible a su toque, sabiendo que mañana, y todos los días, repetiríamos este fuego.

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