La Pasion de Cristo Duracion
En las luces parpadeantes del antro en la Zona Rosa de Guadalajara, el aire olía a tequila reposado y sudor fresco de cuerpos bailando al ritmo de cumbia rebajada. Tú, con tu vestido rojo ceñido que abrazaba tus curvas como un amante impaciente, sentías el calor subiendo por tus muslos mientras movías las caderas. Habías venido con tus amigas, pero el wey que captó tu mirada desde la barra era otro nivel. Alto, moreno, con ojos negros que prometían pecados deliciosos y una sonrisa chueca que gritaba chingón.
Se llamaba Cristo. ¿Cristo? Neta, qué nombre, pensaste, pero cuando se acercó con un caballito en la mano y te dijo "
Órale, morra, ¿bailamos o qué? Esa pasión tuya en la pista me tiene bien puesto", algo se encendió en tu vientre. Su voz grave, con ese acento tapatío puro, vibraba contra tu piel como un tambor. Aceptaste el shot, el líquido ardiente bajando por tu garganta, quemando camino al estómago. Bailaron pegados, sus manos firmes en tu cintura, el roce de su pecho duro contra tus tetas, el olor a su colonia mezclada con macho sudado. La pasion de cristo duracion, murmuraste en tu mente, recordando chismes de amigas sobre tipos que duran toda la noche como santos en vigilia.
La noche avanzaba, el deseo crecía como la marea en Puerto Vallarta. Tus amigas se despidieron con guiños pícaros, y tú te fuiste con él en su camioneta pick-up, el viento nocturno azotando tu cabello mientras él ponía banda norteña bajito. "
¿A dónde vamos, carnala?", preguntó, su mano rozando tu rodilla. "
Donde sea, pero no me hagas esperar, pendejo", respondiste riendo, el pulso acelerado latiendo en tus sienes. Pararon en un hotel boutique en Providencia, luces tenues y sábanas de algodón egipcio esperándolos. La habitación olía a lavanda y anticipación.
Acto primero: la chispa. Cristo te besó en la puerta, sus labios carnosos devorando los tuyos con hambre santa. Su lengua exploraba tu boca, saboreando el tequila residual, mientras sus manos subían por tu espalda, desabrochando el vestido con maestría. Caíste en la cama, el colchón hundiéndose suave bajo tu peso, y él se quitó la camisa, revelando un torso esculpido por horas en el gym, vello oscuro bajando hacia su abdomen marcado. Qué chulo, pensaste, el corazón martilleando. Tus dedos trazaron sus músculos, sintiendo el calor irradiando, el leve salado de su piel al lamer su cuello. Él gimió bajito, "
Pinche morrita, me vas a volver loco", y bajó tus bragas con dientes, su aliento caliente rozando tu monte de Venus.
El segundo acto empezó lento, como un ritual. Sus dedos juguetones separaron tus labios húmedos, encontrando tu clítoris hinchado, frotándolo en círculos que te hicieron arquear la espalda. El sonido de tu humedad chorreando llenaba la habitación, mezclado con tus jadeos roncos. "
Estás empapada, wey", gruñó él, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que te hacía ver estrellas. Olías tu propia excitación, almizclada y dulce, mientras lamía tus pezones erectos, succionándolos con fuerza que dolía rico. Internamente luchabas:
¿Cuánto dura este cabrón? No quiero que acabe pronto. Él se arrodilló, su lengua plana lamiendo desde tu ano hasta tu clítoris, saboreándote como tamal fresco. Tus muslos temblaban, apretando su cabeza, el orgasmo primero llegando en olas suaves, tu voz gritando "
¡Sí, Cristo, chíngame con la lengua!".
Pero él no paró. Esa era su fama, la pasion de cristo duracion, decían las morras en el gym. Se quitó los pantalones, su verga saltando libre: gruesa, venosa, la cabeza morada brillando de precum. La mediste con la mano, no entraba toda, pero la querías adentro. "
Ven, métemela despacito", suplicaste, guiándola a tu entrada resbalosa. Entró centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente, el ardor placentero haciendo que mordieras su hombro. El olor a sexo crudo invadía el aire, sus bolas peludas golpeando tu culo al primer embiste profundo. Ritmo lento al inicio, sus caderas girando, rozando cada pared interna, tus jugos chorreando por sus muslos.
La tensión escalaba. Cambiaron posiciones: tú encima, cabalgándolo como jinete en palenque, tus tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho. Él te amasaba el culo, azotándolo suave, el sonido seco ecoando. "
Qué rico te sientes, morra, apriétame más". Sudor perlaba sus cuerpos, salado al lamerlo de su clavícula. Interno monólogo tuyo:
Este wey no se cansa, neta es un dios pagano. Mi coño palpita, quiere más, pero ¿cuánto aguanto yo?. Él te volteó a cuatro patas, penetrando desde atrás, su vientre contra tu espalda, una mano en tu clítoris, la otra tirando tu pelo. El slap-slap de piel contra piel, tus gemidos convirtiéndose en alaridos, "
¡Más duro, Cristo, no pares!". Segundo orgasmo te golpeó como rayo, piernas flaqueando, pero él seguía, su verga hinchándose más.
Tercer round: misionero intenso, piernas en sus hombros, follada profunda que tocaba tu cervix con cada thrust. Olías su axila masculina, embriagadora, mientras besaba tu boca hinchada. La habitación giraba, pulsos sincronizados latiendo furiosos. Él gruñía "
Me vengo, pero aguanto por ti", controlando, prolongando. Tú corrías por tercera vez, chorros calientes mojando las sábanas, cuerpo convulsionando. Finalmente, su liberación: rugido gutural, verga palpitando, llenándote de semen caliente, chorro tras chorro, desbordando.
Acto final: el afterglow. Colapsaron entrelazados, pieles pegajosas enfriándose, respiraciones jadeantes calmándose. Su dedo trazaba círculos en tu ombligo, besos suaves en tu frente. "
La pasion de cristo duracion, ¿eh? Eso decían las morras", bromeó él, riendo ronco. Tú sonreíste, exhausta pero plena, el aroma a sexo persistiendo como promesa.
Este wey no es cuento, es real, y quiero repetición, pensaste, mientras el sol amanecía tiñendo las cortinas. Se quedaron dormidos, cuerpos enredados, el eco de la noche resonando en cada músculo satisfecho.