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La Novela del Color de la Pasión

6502 palabras

La Novela del Color de la Pasión

Ana caminaba por las calles empedradas de Coyoacán, con el sol de la tarde tiñendo todo de un naranja intenso que le recordaba el calor de un abrazo prohibido. El aroma a churros fritos y café de olla flotaba en el aire, mezclándose con el bullicio de los vendedores ambulantes. Llevaba semanas sintiéndose vacía, como si su vida en esa departamentito en la Roma fuera solo una rutina gris. Trabajo en la oficina, Netflix por las noches, y un vacío que ni los tacos al pastor del puesto de la esquina podían llenar.

Entró a una librería antigua, de esas con olor a papel viejo y madera barnizada, escondida entre las galerías de arte. Sus ojos se posaron en un estante polvoriento. Ahí estaba: la novela el color de la pasión, con una portada desgastada que mostraba un rojo sangre vibrante, como labios hinchados por besos furiosos. No tenía autor, solo esas palabras grabadas en relieve. Lo tomó, sintiendo un cosquilleo en las yemas de los dedos, como si el libro respirara.

¿Qué traes ahí, mija? —preguntó el librero, un hombre maduro de ojos penetrantes y sonrisa pícara, con una playera ajustada que marcaba su pecho firme.

La novela el color de la pasión —murmuró Ana, sintiendo un rubor subirle por el cuello—. Nunca la había visto. ¿De dónde salió?

Él se acercó, su colonia fresca invadiendo su espacio. Juan, leyó en su gafete. —Es una joya rara, de esas que te prenden el alma... y otras cosas. Llévatela, te va a volar la cabeza.

Ana pagó y salió, el libro apretado contra su pecho. Esa noche, en su cama con sábanas de algodón suave, abrió las páginas bajo la luz ámbar de la lámpara. Las palabras la envolvieron como humo de incienso: descripciones de pieles sudadas, lenguas explorando curvas, el sabor salado del deseo. Su respiración se aceleró, un calor húmedo se acumuló entre sus muslos.

¿Por qué carajos me afecta tanto esto? Es solo un pinche libro...
Se tocó despacio, imaginando manos fuertes en lugar de las suyas, pero se detuvo, frustrada. Necesitaba más.

Al día siguiente, el destino jugó su carta. Tocaron a la puerta mientras Ana sorbía un café negro, aún en pijama de satén que rozaba sus pezones endurecidos. Era Juan, con una bolsa en la mano.

Olvidé darte esto, carnala. Un marquito para la novela, pa' que la cuides bien.

Ana lo invitó a pasar, el corazón latiéndole como tamborazo zacatecano. Su departamento olía a vainilla de la vela que había encendido la noche anterior, y la ventana abierta dejaba entrar la brisa con ecos de mariachis lejanos. Se sentaron en el sofá, las rodillas rozándose accidentalmente. Hablaron de la novela: él la había encontrado en un mercado de libros usados en Xochimilco, decía que era como un elixir para el alma sedienta.

Me dejó mojadita toda la noche —confesó Ana, riendo nerviosa, el vino tinto soltándole la lengua—. Es que describe el color de la pasión como si lo estuvieras pintando en la piel.

Juan la miró, sus ojos oscuros devorándola. —Yo lo sentí igual cuando la leí. Es como si te metiera en la cabeza los jadeos, el sudor chorreando... Su voz grave vibró en el aire, y Ana sintió un pulso traicionero entre las piernas.

El roce de sus manos al pasarle el marco fue eléctrico. Se miraron, el silencio cargado de promesas. ¿Quieres que te lea un pedacito? —susurró él, pero Ana negó con la cabeza. Lo jaló por la camisa, sus labios chocando en un beso hambriento. Sabía a menta y a algo salvaje, mexicano, como mezcal con sal.

Juan la levantó en brazos, sus músculos tensos bajo la tela, y la llevó a la cama. La recostó con cuidado, como si fuera frágil, pero sus ojos prometían tormenta. Ana se quitó el pijama, exponiendo su piel morena, pechos llenos que subían y bajaban con cada respiro jadeante. Él se desvistió despacio, revelando un torso marcado por horas en el gym, vello oscuro bajando hasta su verga ya dura, gruesa, palpitante.

Qué chingona estás, Ana. Me tienes bien puesto. —gruñó, besando su cuello, lamiendo el hueco de su clavícula. Ella arqueó la espalda, gimiendo cuando sus dedos encontraron su clítoris hinchado, resbaloso de jugos. El sonido de sus labios chupando era obsceno, húmedo, mezclado con sus ayy cabrón ahogados.

El calor escalaba. Juan la penetró con la lengua primero, saboreándola como tamarindo maduro, dulce y ácido. Ana se retorcía, uñas clavadas en su cabello negro, oliendo su sudor fresco, ese aroma macho que la volvía loca.

Esto es mejor que la novela, pinche realidad superando la ficción.
La volteó boca abajo, azotando suave su nalga redonda, riendo cuando ella soltó un ¡más, pendejo!

La tensión crecía como volcán en erupción. Él se posicionó detrás, frotando su verga contra su entrada empapada. —Dime si quieres, mi reina.¡Sí, métemela ya! —suplicó ella. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El placer era cegador: su grosor llenándola, el roce de sus bolas contra su clítoris, el slap slap de piel contra piel. Ana gritaba, el cuarto lleno de sus gemidos, el crujir de la cama, el olor almizclado del sexo impregnando todo.

Cambiaron posiciones, ella encima, cabalgándolo como jinete en palenque. Sus tetas rebotaban, él las amasaba, pellizcando pezones hasta que dolía rico. —Te sientes como terciopelo caliente adentro —jadeó Juan, embistiéndola desde abajo. El clímax la alcanzó primero, olas de éxtasis rompiendo, su coño contrayéndose alrededor de él, chorros de placer mojando sus muslos. Él la siguió, gruñendo como toro, llenándola con chorros calientes que la hicieron temblar.

Se derrumbaron, sudorosos, entrelazados. El afterglow era suave: besos perezosos, risas compartidas. Ana acariciaba su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. Afuera, la ciudad ronroneaba con cláxones y risas nocturnas.

La novela el color de la pasión palidece al lado de esto —dijo ella, besando su hombro salado.

Él sonrió, atrayéndola más cerca. —Es que el verdadero color se pinta con cuerpos como los nuestros, mi amor.

Durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, el libro olvidado en la mesa, pero su esencia viva en sus pieles marcadas por la pasión real.

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