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La Pasión Muerte y Resurrección de Jesús

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La Pasión Muerte y Resurrección de Jesús

Era Viernes Santo en la costa de Puerto Vallarta, el sol del atardecer tiñendo el mar de un naranja ardiente que se colaba por las cortinas de encaje de nuestra suite en el hotel. Yo, Ana, una chilanga de treinta y tantos que había dejado el ajetreo de la Ciudad de México por un fin de semana de pasión con mi amante, Jesús. Él, con su piel morena curtida por el sol, ojos negros como la noche y un cuerpo esculpido por horas en el gimnasio, era mi pecado vivo. Nos conocimos en una fiesta en Polanco, y desde entonces, cada encuentro era un fuego que no se apagaba.

Estábamos recostados en la cama king size, con el balcón abierto dejando entrar la brisa salada y el eco lejano de las procesiones de Semana Santa. En la tele, pasaban las imágenes de la pasión muerte y resurrección de Jesús, esas escenas que me habían marcado desde niña en la catedral de mi barrio. Pero hoy, con su mano rozando mi muslo desnudo bajo la bata de seda, todo cobraba un matiz distinto, carnal, prohibido en su santidad.

Mira cómo lo flagelan, mi amor —murmuró Jesús, su voz ronca como el rugido del mar, mientras sus dedos subían despacio, trazando círculos en mi piel sensible—. ¿Te imaginas el dolor mezclado con el éxtasis?

Sentí un escalofrío, mi corazón latiendo fuerte contra las costillas. Olía a su colonia mezclada con el sudor ligero de la tarde, un aroma macho que me hacía mojarme sin remedio.

¿Por qué esta historia religiosa me enciende tanto ahora? ¿Es porque él se llama Jesús, o porque en su mirada hay esa promesa de entrega total?

Me giré hacia él, mi bata cayendo a un lado, dejando al aire mis pechos firmes. Lo besé con hambre, saboreando el salado de sus labios, la lengua invadiendo mi boca como una conquista dulce. Sus manos grandes me apretaron las nalgas, levantándome sobre su regazo. Sentí su verga dura presionando contra mi panocha, ya hinchada de deseo.

Quiero ser tu cruz, Jesús —le susurré al oído, mordisqueando el lóbulo—. Cárgame como lo cargó Simón.

Él rio bajito, ese sonido gutural que me derretía, y me tumbó boca arriba sobre las sábanas frescas. El aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el calor que subía por mi cuerpo.

La noche avanzaba, y el deseo se enredaba como las enredaderas del jardín del hotel. Jesús me besaba el cuello, lamiendo la curva de mi clavícula, bajando hasta mis tetas. Sus labios chupaban un pezón, tirando suave con los dientes, mientras su mano se colaba entre mis piernas. Estaba empapada, mis jugos resbalando por mis muslos. ¡Qué rico se siente su roce!, pensé, arqueando la espalda.

Estás chorreando, mamacita —dijo, metiendo dos dedos en mi entrada, moviéndolos lento, curvándolos para tocar ese punto que me hacía gemir—. Como María Magdalena lavando los pies del Señor, pero con tu miel.

Sus palabras me prendieron más. Imaginé la pasión muerte y resurrección de Jesús no como martirio, sino como un ciclo de placer: la pasión ardiente, la muerte en el clímax, la resurrección en el renacer del deseo. Él se quitó la ropa con prisa, su verga saltando libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precum. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado, el calor que emanaba como lava.

Me puse de rodillas en la cama, el colchón hundiéndose bajo mi peso. Lamí su tronco desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado y almizclado, ese sabor único de hombre excitado. Él gruñó, enredando sus dedos en mi cabello largo.

¡Así, Ana, trágatela toda, wey! —jadeó, empujando suave sus caderas.

Lo hice, ahogándome un poco, las lágrimas de placer en mis ojos. El sonido de mi succión llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos roncos y el oleaje rompiendo en la playa. Mi clítoris latía impaciente, rogando atención.

Esto es mi vía crucis personal: cada lamida un paso hacia el gozo supremo.

Me levantó, colocándome a cuatro patas, mi culo en pompa hacia él. Rozó su verga contra mis labios vaginales, untándose con mis jugos, torturándome con la espera. El olor a sexo flotaba pesado, embriagador, como incienso profano.

¿Me quieres adentro, mi Magdalena? —preguntó, su voz temblorosa de contención.

¡Sí, métemela ya, cabrón! Hazme tuya como el ladrón en la cruz.

Empujó de un golpe, llenándome hasta el fondo. Grité de placer, el estiramiento delicioso, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. Se movía ritmado, profundo, sus manos aferradas a mis caderas, dejando marcas rojas en la piel. Sudábamos juntos, gotas resbalando por su pecho, goteando sobre mi espalda. El slap-slap de carne contra carne era hipnótico, sincronizado con mi respiración agitada.

El clímax se acercaba como la coronación de espinas, punzante y glorioso. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como una amazona. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones, mientras yo rebotaba, sintiendo su verga golpear mi cervix. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo.

¡Me vengo, Jesús! ¡Muero en ti! —grité, el orgasmo rompiéndome como la lanza en su costado.

Olas de placer me sacudieron, mi panocha contrayéndose en espasmos, chorros de squirt mojando su abdomen. Él rugió, volteándome bajo él, embistiéndome salvaje. Su cara contraída en éxtasis, venas hinchadas en el cuello.

Aquí está la muerte: el pico del placer donde todo se apaga en blanco puro.

Se corrió dentro de mí, chorros calientes inundándome, su semilla mezclándose con mis jugos. Colapsamos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El corazón de él martilleaba contra mi pecho, su aliento caliente en mi oreja.

Pero no terminó ahí. Después de unos minutos, su verga se endureció de nuevo dentro de mí, resucitando como en la leyenda. La pasión muerte y resurrección de Jesús, pero en carne viva, en nuestra cama. Me penetró lento esta vez, besándome con ternura, rodando las caderas en círculos que me hacían ronronear.

Eres mi milagro, Ana —susurró, mientras yo clavaba uñas en su espalda—. De la tumba al cielo, contigo.

El segundo round fue más íntimo, mirándonos a los ojos, sintiendo cada pulso, cada contracción. El olor a sexo maduro, a corrida seca y sudor fresco, nos envolvía. Mis piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo. Gemí bajito, el placer reconstruyéndose desde las cenizas.

Al final, explotamos juntos otra vez, un orgasmo compartido que nos dejó temblando. Él se derramó de nuevo, yo apretándolo hasta la última gota. Nos quedamos unidos, su peso reconfortante sobre mí, el mar susurrando bendiciones fuera.

En la quietud del afterglow, con su cabeza en mi pecho, escuché su respiración calmada. La tele seguía con las imágenes religiosas, pero ahora eran solo fondo. Habíamos vivido nuestra propia pasión muerte y resurrección, un ciclo eterno de deseo que nos unía más que cualquier voto.

¿Volveremos a esto en Pascua? —pregunté, acariciando su cabello húmedo.

Cada día, mi amor. Cada día.

Y así, en los brazos de mi Jesús, supe que el verdadero milagro era este fuego que no moría nunca.

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