Venciendo la Falta de Pasion en la Pareja
La lluvia caía a cántaros sobre el balcón del depa en Polanco, ese golpeteo constante contra el vidrio que parecía burlarse de mi estado de ánimo. Yo, Ana, sentada en el sillón de piel con una copa de vino tinto en la mano, sentía el peso de la rutina aplastándome el pecho. Marco y yo llevábamos cinco años casados, y últimamente esa falta de pasión en la pareja se había vuelto como un huésped no invitado que se instalaba en la cama cada noche. Sus besos eran mecánicos, como si estuviera tachando una lista de pendientes: cena, Netflix, sexo rápido si había suerte, y a dormir. Neta, me moría de ganas de sentir algo más, ese fuego que nos consumía al principio, cuando nos conocimos en una fiesta en la Condesa y terminamos enredados hasta el amanecer.
Escuché la llave en la cerradura y el corazón me dio un brinco. Marco entró sacudiéndose la chamarra mojada, su cabello negro revuelto y esa sonrisa cansada que me derretía antes, pero que ahora solo me recordaba lo predecible de todo. "Hola, mi reina", dijo mientras se acercaba y me plantaba un beso en la frente. Olía a lluvia y a esa colonia amaderada que siempre usaba, un aroma que me hacía cosquillas en la nariz y despertaba recuerdos lejanos.
—Hola, carnal —respondí, poniéndome de pie y rodeándolo con los brazos—. ¿Cómo te fue en el jale?
—Pendejadas del jefe, como siempre. Pero ya estoy aquí contigo. —Me miró un segundo más de lo usual, y juré que vi un destello en sus ojos cafés.
¿Será que él también siente esta falta de pasión en la pareja? ¿O soy yo la que ya no enciende la chispa?
Decidí no dejar pasar el momento. Lo jalé hacia la cocina, donde tenía lista una botana de guacamole con totopos y unas quesadillas de flor de calabaza que olían a gloria. Cenamos platicando de tonterías, riéndonos de los chismes del trabajo, pero debajo de todo eso bullía mi frustración. Quería más. Quería que me viera como la morra ardiente que era, no como la esposa cómoda.
Después de cenar, mientras lavábamos los trastes, me acerqué por detrás y le mordí juguetona el lóbulo de la oreja. Sentí su cuerpo tensarse, su respiración acelerarse contra mi mejilla. —¿Qué traes, nena? —murmuró, girándose con las manos espumosas aún.
—Traigo ganas de ti, Marco. De verdad. Esta falta de pasión en la pareja nos está matando, ¿no lo sientes?
Él se quedó callado un momento, secándose las manos en un trapo. Luego, con una mirada que me erizó la piel, me tomó de la cintura y me pegó a él. —Sí la siento, Ana. Todos los días. Pero no sé cómo prender el fuego de nuevo.
—Yo sí sé —le susurré, rozando mis labios contra los suyos—. Vamos a la regadera. Ahora.
Acto uno cerrado: la chispa inicial prendida. Lo arrastré al baño, donde el vapor ya empezaba a empañar el espejo gracias al agua caliente que abrí de inmediato. Nos quitamos la ropa con prisa, pero sin desesperación, saboreando cada prenda que caía. Su camisa blanca pegada a los pectorales por la lluvia, mis jeans ajustados que él desabrochó con dedos temblorosos. Desnudos, nos metimos bajo el chorro tibio. El agua nos golpeaba la piel como una caricia líquida, resbalando por mis curvas, por su pecho velludo que tanto me gustaba lamer.
Lo empujé contra la pared de azulejos fríos, contrastando con el calor de nuestros cuerpos. Mis manos exploraron su torso, sintiendo los músculos contraerse bajo mis palmas húmedas. Olía a jabón de lavanda mezclado con su sudor natural, ese olor macho que me ponía cardíaca. —Eres un chingón, le dije bajito, bajando la boca a su cuello, saboreando las gotas saladas que corrían por su piel.
Marco gimió, un sonido gutural que reverberó en el baño angosto. Sus manos grandes me amasaron las nalgas, apretándome contra su erección dura como piedra. ¡Pinche sí!, pensé, mientras mi lengua trazaba círculos en su clavícula. El vapor nos envolvía, haciendo que todo se sintiera etéreo, como si estuviéramos en nuestra propia nube de deseo.
Salimos de la regadera envueltos en toallas, riendo como pendejos por resbalar en el piso mojado. Lo tiré en la cama king size, con las sábanas de algodón egipcio que crujieron bajo su peso. Me subí encima, cabalgándolo con las rodillas a sus lados, dejando que la toalla se soltara y mis senos rozaran su pecho. Él los tomó, pellizcando los pezones rosados hasta que dolió rico, enviando descargas directas a mi entrepierna.
Esta falta de pasión en la pareja se va al carajo esta noche. Lo voy a hacer mío, como la primera vez.
La tensión subía como la marea. Le besé la boca con hambre, nuestras lenguas enredándose en un baile salvaje, saboreando el vino residual y el frescor del agua. Bajé por su abdomen, lamiendo la línea de vello que bajaba hasta su verga palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor, las venas hinchadas pulsando contra mi palma. La chupé despacio al principio, saboreando la sal de su piel, el gusto almizclado que me volvía loca. Marco arqueó la espalda, sus manos enredadas en mi cabello mojado, gimiendo mi nombre: "Ana, mi amor, no pares".
Pero no quería que terminara aún. Me incorporé, frotándome contra él, mi humedad resbalando por sus muslos. —Te quiero adentro, jadeé, guiándolo a mi entrada. Entró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. El estiramiento delicioso, el roce de su grosor contra mis paredes internas. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada centímetro deslizarse dentro y fuera. El sonido de piel contra piel, chapoteante por nuestra excitación, llenaba la habitación junto con nuestros jadeos.
Él me volteó, poniéndome de rodillas, y me embistió desde atrás. Sus manos en mis caderas, clavándose con fuerza, mientras yo arqueaba la espalda y empujaba contra él. Olía a sexo puro: sudor, feromonas, el leve aroma a vainilla de mi crema corporal. Cada choque enviaba ondas de placer por mi espina, mis tetas balanceándose, pezones rozando la sábana áspera. —Más duro, pendejo, le rogué, y él obedeció, acelerando hasta que el mundo se redujo a esa fricción ardiente.
La intensidad crecía, mis músculos internos apretándolo, ordeñándolo. Sentí el orgasmo aproximándose como una ola gigante, el calor acumulándose en mi vientre bajo. Marco gruñó, mordiéndome el hombro, su aliento caliente en mi nuca. —Vente conmigo, susurró, y explotamos juntos. Mi coño se contrajo en espasmos violentos, leche caliente inundándome mientras él se vaciaba dentro. Grité, un sonido primal que salió de lo más hondo, mientras el placer me cegaba, estrellas detrás de mis párpados cerrados.
Colapsamos en la cama, jadeantes, sudorosos, enredados. Su peso sobre mí era reconfortante, su corazón latiendo desbocado contra mi pecho. Besos suaves ahora, post-sexo, con sabor a sal y satisfacción. La lluvia seguía cayendo afuera, pero adentro todo era calor y paz.
—Te amo, Ana —murmuró, acariciándome el cabello.
—Yo más, mi rey. Y esa falta de pasión en la pareja... ya fue. Vamos a mantener esto encendido.
Nos quedamos así, piel con piel, escuchando nuestras respiraciones calmarse. El aroma a sexo impregnaba las sábanas, un recordatorio tangible de nuestra reconexión. Por primera vez en meses, dormí con una sonrisa, sabiendo que el fuego no se había apagado; solo necesitaba un soplido para volver a arder con todo.