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Pasión de Gavilanes Capítulo 150 Noche de Fuego Prohibido

7112 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 150 Noche de Fuego Prohibido

La noche caía sobre la hacienda como un manto de terciopelo negro, con el aroma a tierra húmeda y jazmines flotando en el aire cálido de Sinaloa. Yo, Jimena, me recostaba en el sillón de mimbre de la sala, con el ventilador zumbando perezosamente sobre mi cabeza. El calor pegajoso me hacía sudar bajo el camisón de algodón fino que apenas cubría mis muslos. Encendí la tele, buscando distraerme de la soledad que me carcomía desde que Ricardo, mi hombre, se había ido a la ciudad por unos días. Neta, wey, ¿por qué tardas tanto? pensé, mientras mis dedos jugaban con el borde de la tela, rozando mi piel erizada.

El episodio empezó: Pasión de Gavilanes capítulo 150. Órale, justo el que todos comentaban en el mercado, con esa tensión entre los hermanos Reyes y las hermanas Elizondo. La pantalla cobraba vida con ranchos polvorientos, miradas ardientes y promesas susurradas al oído. Mi pulso se aceleró cuando Franco besó a Sarita con esa hambre salvaje, sus manos grandes explorando curvas bajo la luna. Sentí un cosquilleo entre las piernas, un calor que subía como tequila quemando la garganta.

¿Y si Ricardo estuviera aquí? ¿Me tomaría así, sin piedad?
Mi mano descendió sola, presionando suavemente sobre la humedad que ya empapaba mis bragas.

De repente, la puerta principal crujió. Mi corazón dio un brinco. Era él, Ricardo, con su camisa blanca pegada al pecho sudado, el sombrero vaquero ladeado y esa sonrisa pícara que me derretía. ¡Pinche惊喜! Olía a carretera, a sudor masculino y a esa colonia barata que tanto me gustaba. "Jimena, mi reina, no aguanté más. Te extrañé como loco", gruñó, dejando caer su maleta. Sus ojos oscuros me devoraron de arriba abajo, deteniéndose en mis pezones duros que asomaban bajo el camisón.

Me levanté despacio, sintiendo el roce del aire en mis piernas desnudas. "Ricardo, pendejo, me tenías aquí sola viendo Pasión de Gavilanes capítulo 150. Mira nomás esa pasión en la tele... me pusiste caliente sin estar", le dije con voz ronca, acercándome. Él rio bajito, ese sonido grave que vibraba en mi pecho, y me jaló contra su cuerpo duro. Sus manos ásperas por el trabajo en el rancho me apretaron la cintura, y su boca capturó la mía en un beso feroz, saboreando a sal y deseo. Nuestras lenguas bailaron, húmedas y urgentes, mientras la tele seguía con gemidos lejanos que avivaban el fuego.

Acto primero: la chispa. Nos besamos como si el mundo se acabara, sus dedos enredándose en mi cabello negro mientras yo arañaba su espalda. "Eres más sabrosa que esas Elizondo, mi chula", murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Lamí su oreja, oliendo su esencia varonil, ese olor a hombre que me volvía loca. Lo empujé al sillón, montándome a horcajadas sobre sus caderas. Sentí su verga endureciéndose bajo los jeans, palpitando contra mi panocha húmeda. "Quítate eso, wey. Quiero sentirte", exigí, tirando de su cinturón con impaciencia. Él obedeció, riendo, y pronto su polla gruesa saltó libre, venosa y lista, con una gota de precum brillando en la punta.

Mi mente giraba con las imágenes del capítulo: pasión rural, venganza convertida en lujuria. Yo soy Sarita, él es Franco, pero aquí en mi hacienda, sin dramas, solo puro placer. Bajé la cabeza, inhalando su aroma almizclado, y lo lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando la sal de su piel. "¡Carajo, Jimena! Tu boca es un paraíso", jadeó él, sus caderas alzándose. Chupé con hambre, succionando, mi lengua girando alrededor del glande mientras mis manos masajeaban sus huevos pesados. El sonido húmedo de mi mamada llenaba la sala, mezclado con su respiración agitada y el zumbido del ventilador.

Pero no quería acabar así. Lo detuve, subiendo para besarlo de nuevo, frotando mi clítoris hinchado contra su verga dura. "Fóllame ya, Ricardo. Como en la novela, pero mejor". Él me volteó con facilidad, poniéndome de rodillas en el sillón, mi culo en pompa. El aire fresco besó mi coño expuesto, chorreante de jugos. Sus dedos gruesos separaron mis labios, rozando el botón rosado que rogaba atención. "Estás empapada, mi amor. Hueles a mujer en celo", dijo, metiendo dos dedos adentro, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Gemí alto, empujando contra su mano, el sonido chapoteante de mi excitación resonando.

Acto segundo: la escalada. La tensión crecía como tormenta en el desierto. Ricardo se arrodilló detrás, su lengua caliente lamiendo mi raja desde el clítoris hasta el ano, saboreándome como si fuera miel de maguey. "¡Ay, Dios! No pares, cabrón", supliqué, mis tetas balanceándose, pezones rozando el mimbre áspero. Él chupaba mi clítoris con maestría, succionando mientras sus dedos follaban mi panocha, estirándome. Mi cuerpo temblaba, oleadas de placer subiendo por mi espina.

Esto es mejor que cualquier telenovela. Su lengua me quema, me llena de fuego.

Lo volteé, queriendo mirarlo a los ojos. Me recostó en el sillón, abriéndome las piernas como un libro sagrado. Su verga, roja y palpitante, rozó mi entrada. "Dime que la quieres, Jimena". "¡Sí, métela toda, mi rey! Hazme tuya". Empujó despacio al principio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Sentí cada vena, cada pulso, mi coño apretándolo como guante. Empezó a bombear, lento y profundo, sus bolas chocando contra mi culo con palmadas húmedas. El olor a sexo nos envolvía, sudor mezclado con jazmines del jardín.

Aceleró, follándome con fuerza, sus manos amasando mis tetas, pellizcando pezones. Yo clavaba las uñas en sus nalgas, urgiéndolo más adentro. "¡Más duro, pendejo! Rompe mi panocha". Nuestros cuerpos chocaban en ritmo frenético, piel contra piel resbalosa, gemidos convirtiéndose en gritos. La tele seguía de fondo, pero ya no importaba; nuestra propia Pasión de Gavilanes capítulo 150 ardía más viva. Sentí el orgasmo construyéndose, un nudo en mi vientre, mis paredes contrayéndose alrededor de su verga. "¡Me vengo, Ricardo! ¡No pares!" exploté, chorros de placer sacudiendo mi cuerpo, visión nublada por estrellas.

Él gruñó, embistiendo salvaje, su semen caliente inundándome en chorros potentes. "¡Toma todo, mi reina!" Colapsamos juntos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante. El sudor nos pegaba, corazones latiendo al unísono.

Acto tercero: el resplandor. Minutos después, nos recostamos enredados, el ventilador secando nuestro sudor. Besé su pecho, saboreando la sal, mientras él acariciaba mi cabello. "Neta, wey, eso fue épico. Mejor que la novela", susurré. Él rio, besando mi frente. "Contigo siempre lo es, Jimena. Eres mi pasión eterna". La tele parpadeaba con créditos, pero nuestro fuego seguía encendido, prometiendo más noches así en nuestra hacienda. El aroma a sexo y jazmines perduraba, un recordatorio dulce de nuestra unión. Cerré los ojos, satisfecha, sabiendo que el deseo nunca se apagaría entre nosotros.

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