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Pasión de Gavilanes Capítulo 64 Fuego en la Carne

7045 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 64 Fuego en la Carne

Ana se recostó en el sillón de la sala de su cabaña en las afueras de Guadalajara, el aire cargado con el aroma dulce de las gardenias que trepaban por las paredes de adobe. La noche caía suave, como un velo de terciopelo, y el sonido lejano de los grillos se mezclaba con la ranchera que salía bajito del viejo radio. Frente a ella, Raúl, su hombre de ojos negros como el carbón y brazos fuertes de tanto trabajar la tierra, acomodaba las botellas de agua fresca en la mesita. Habían planeado esta noche para ellos solos, lejos del bullicio del rancho familiar.

Qué chulo se ve esta noche, pensó Ana, mordiéndose el labio mientras lo observaba. Llevaban meses de coqueteo intenso, desde que él llegó como capataz nuevo, con esa sonrisa pícara que la hacía derretirse. Pero esta vez, el deseo ardía más fuerte, como si el aire mismo los empujara uno hacia el otro.

—Órale, mi reina, ¿vamos a ver esa novela que tanto te gusta? —dijo Raúl con voz ronca, sentándose a su lado y pasando un brazo por sus hombros. Su piel olía a jabón fresco y a tierra fértil, un perfume que la mareaba.

Ana asintió, encendiendo el televisor. Pasión de Gavilanes, su telenovela favorita, justo en el capítulo 64. La pantalla cobró vida con las pasiones desbordadas de los hermanos Reyes y sus mujeres, en una escena donde el fuego del amor estallaba sin frenos. Los gemidos ahogados de la protagonista, el roce de cuerpos sudorosos bajo la luna ranchera, todo eso golpeó directo en el pecho de Ana.

Sintió un calor subirle por el vientre, como lava lenta. La mano de Raúl, grande y callosa, se posó en su muslo desnudo, bajo la falda ligera de algodón. El roce fue eléctrico, un cosquilleo que le erizó la piel.

—Mira nomás cómo se quieren esos gavilanes —murmuró él, su aliento cálido contra su oreja—. Me dan ganas de hacer lo mismo contigo, mamacita.

Ana giró el rostro, sus labios a un suspiro de los de él. El beso llegó suave al principio, como un roce de alas de mariposa, pero pronto se volvió hambriento. Sus lenguas danzaron, saboreando el dulce de las chicles que habían masticado antes, mezclado con el salado de la anticipación. Las manos de Raúl subieron por sus caderas, apretando la carne suave, mientras ella enredaba los dedos en su cabello revuelto.

La novela seguía de fondo, pero ya nadie la veía. El conflicto inicial era claro: ese deseo que habían reprimido por semanas, por respeto a la familia, al rancho, a las apariencias. Pero esta noche, en la intimidad de la cabaña, nada los detenía.

Raúl la levantó en brazos con facilidad, como si fuera una pluma, y la llevó al cuarto. La cama king size, cubierta de sábanas de lino fresco, los esperaba. La depositó con gentileza, sus ojos devorándola entera. Ana sintió su pulso acelerado, el corazón latiéndole en las sienes como un tamborazo de banda sinaloense.

¿Y si alguien nos ve? No, aquí estamos solos, y lo quiero tanto que duele
, se dijo ella, mientras él se quitaba la camisa, revelando el torso moreno, marcado por músculos que brillaban bajo la luz tenue de la lámpara de aceite.

—Ven pa'cá, corazón —la invitó Raúl, tirando de su blusa. Los senos de Ana saltaron libres, pezones endurecidos por el aire fresco y la excitación. Él los besó con devoción, chupando uno mientras masajeaba el otro con la palma áspera. Ana jadeó, el placer como un rayo que le recorría la espina dorsal. Olía su aroma masculino, intenso, mezclado con el jazmín de su loción.

Las manos de ella bajaron a su pantalón, desabrochándolo con dedos temblorosos. El miembro de Raúl brotó erecto, grueso y pulsante, venoso como una promesa de éxtasis. Lo tocó con reverencia, sintiendo el calor abrasador, la piel sedosa sobre la dureza de acero. —Qué rico estás, wey —susurró ella, lamiendo la punta, saboreando la gota salada de pre-semen.

Raúl gruñó, un sonido gutural que vibró en el pecho de Ana. La volteó boca abajo, besando su espalda desde las nucas hasta las nalgas redondas. Sus dedos se colaron entre sus piernas, encontrando la humedad empapada. —Estás chorreando, mi amor —dijo, introduciendo dos dedos despacio, curvándolos para rozar ese punto que la hacía arquearse.

Ana gimió alto, el sonido rebotando en las vigas de madera. El roce era perfecto, rítmico, mientras su lengua lamía el clítoris hinchado. El sabor de ella era almíbar dulce, adictivo. La tensión crecía, capa por capa: primero las caricias suaves, luego los dedos más profundos, la boca succionando con hambre. Internamente, Ana luchaba con el pudor ranchero, pero el placer lo barría todo. Sí, así, no pares, pendejo delicioso.

Él la giró de nuevo, posicionándose entre sus piernas abiertas. Sus ojos se clavaron en los de ella, pidiendo permiso mudo. Ana asintió, jalándolo hacia sí. La penetración fue lenta, milimétrica, estirándola deliciosamente. Sintió cada vena, cada pulgada llenándola hasta el fondo. —¡Ay, Diosito! —gritó ella, uñas clavándose en su espalda.

Raúl empezó a moverse, embestidas profundas y pausadas al principio, dejando que ella se acostumbrara. El slap de piel contra piel llenaba la habitación, junto con sus respiraciones entrecortadas y gemidos. El sudor perlaba sus cuerpos, goteando, mezclando sales y olores de sexo puro. Ana olía el almizcle de su unión, sentía el roce de vello púbico contra su monte de Venus, el vaivén que le apretaba el vientre.

La intensidad subió. Raúl aceleró, follándola con fuerza controlada, sus caderas chocando como olas furiosas. Ana levantó las piernas, envolviéndolo, profundizando cada thrust.

Esto es mejor que cualquier novela, neta que sí
, pensó, mientras recordaba vagamente la pantalla donde Pasión de Gavilanes capítulo 64 seguía ardiendo en pasiones similares.

El clímax se acercaba como tormenta. Ella lo sintió primero: un nudo en el bajo vientre que explotó en oleadas. —¡Me vengo, Raúl, no pares! —chilló, su coño contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. El orgasmo la sacudió entera, visión borrosa, cuerpo convulsionando, jugos calientes empapando las sábanas.

Raúl la siguió segundos después, gruñendo su nombre mientras se vaciaba dentro, chorros calientes que la llenaban hasta rebosar. Se derrumbó sobre ella, pesados jadeos sincronizados, pieles pegajosas unidas.

En el afterglow, yacieron enredados, el aire espeso con el olor a sexo satisfecho y sudor. Raúl besó su frente, suave como pluma. —Eres mi pasión, Ana, más que cualquier gavilán.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho. El deseo inicial se había transformado en algo profundo, un lazo que los ataba más que la carne. Afuera, los grillos cantaban su aprobación, y en la tele, los créditos rodaban mudos. Esta noche, su propia historia había eclipsado la novela, dejando un eco de placer que duraría días.

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