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Mario Cimarro Desata Pasión de Gavilanes

7187 palabras

Mario Cimarro Desata Pasión de Gavilanes

En las colinas verdes de Jalisco, donde el sol besa la tierra con un calor que enciende todo a su paso, Ana caminaba por el sendero de la hacienda familiar. El aire olía a jazmín silvestre y a tierra húmeda después de la lluvia matutina. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco que se pegaba a su piel morena por el bochorno, marcando las curvas de sus caderas anchas y sus pechos firmes. Hacía semanas que no veía a nadie interesante por aquí, solo jornaleros y familiares. Pero esa tarde, todo cambió.

Lo vio aparecer en el horizonte, montado en un caballo negro como la noche. Alto, musculoso, con el cabello oscuro revuelto por el viento y una mandíbula cuadrada que gritaba fuerza masculina. Neta, pensó Ana, parece sacado de mis sueños. Su corazón dio un brinco cuando él se acercó. Era como si Mario Cimarro hubiera bajado de la pantalla de Pasión de Gavilanes, esa telenovela que devoraba a escondidas en las noches solitarias, imaginando ser una de esas mujeres apasionadas envueltas en sus brazos.

—Buenas tardes, mamacita —dijo él con voz grave, ronca como el relincho de un potro salvaje. Se bajó del caballo con gracia felina, y Ana olió su aroma: mezcla de cuero curtido, sudor fresco y un toque de colonia barata que la mareó.

—¿Y tú quién eres, guapo? —respondió ella, mordiéndose el labio inferior, sintiendo ya el cosquilleo entre las piernas.

—Me llamo Marco Reyes. Vengo a arreglar unas cercas para tu papá. Pero ahora que te veo, creo que encontré algo mejor que reparar.

Ana rio, un sonido juguetón que flotó en el aire cálido. Sus ojos se clavaron en el pecho ancho de él, visible bajo la camisa entreabierta. Recordó las escenas calientes de Mario Cimarro en Pasión de Gavilanes, donde Juan besaba con hambre de venganza y deseo. Si este pendejo supiera lo que me provoca, pensó.

La invitó a cabalgar con él hasta el río. Ana aceptó sin pensarlo dos veces. El trote del caballo hacía que sus cuerpos se rozaran, su trasero firme presionando contra el bulto endurecido que él no podía esconder. El sol caía sobre sus pieles, haciendo brillar el sudor en el cuello de Marco, y ella inhaló profundo, saboreando el salado en su mente.

¿Por qué me siento así? Como si este desconocido fuera el hombre de mi vida. Su calor me quema por dentro, neta que quiero que me tome aquí mismo.

Al llegar al río, desmontaron. El agua cristalina burbujeaba suave, y el viento traía olor a hierba fresca. Marco la miró con ojos oscuros, intensos, como los de Mario Cimarro en esa escena donde conquista a la protagonista.

—Ven, refresquémonos —le dijo, quitándose la camisa de un tirón. Ana jadeó al ver su torso esculpido, pectorales duros salpicados de vello negro, abdomen marcado como tabla de lavar.

Ella se acercó, temblando de anticipación. Sus dedos rozaron su piel caliente, sintiendo los músculos contraerse bajo su toque. Marco la atrajo por la cintura, sus manos grandes abarcando sus caderas. Sus labios se encontraron en un beso salvaje, lenguas danzando con sabor a menta y deseo puro. Ana gimió contra su boca, el sonido ahogado por el rugido del río.

La tarde se convirtió en noche mientras charlaban junto al fuego que él armó. Historias de ranchos, risas compartidas, y miradas que prometían más. Ana sentía su pulso acelerado cada vez que él rozaba su muslo con la rodilla. Este cabrón me tiene mojadita desde que lo vi.

De pronto, Marco se levantó y la cargó en brazos como si no pesara nada. —Vamos a la hacienda, no aguanto más verte así de rica.

Ana se dejó llevar, su cuerpo ardiendo. Entraron a su habitación, iluminada solo por la luna que se colaba por la ventana. El aire olía a sábanas limpias y a su excitación mutua, ese almizcle dulce que llenaba el espacio.

Él la depositó en la cama con gentileza feroz, y se arrodilló para quitarle las sandalias. Sus labios besaron sus tobillos, subiendo lento por las pantorrillas, mordisqueando la carne suave. Ana arqueó la espalda, sus pezones endureciéndose bajo el vestido. —¡Órale, Marco! No pares —suplicó, voz entrecortada.

Marco sonrió, esa sonrisa lobuna que recordaba tanto a Mario Cimarro en Pasión de Gavilanes. Subió las manos por sus muslos, abriendo sus piernas con delicadeza. El vestido se arrugó hasta la cintura, revelando sus bragas de encaje húmedas. Él inhaló profundo, ojos brillando. —Hueles a miel, mi reina.

Sus dedos juguetearon con el borde, rozando el clítoris hinchado a través de la tela. Ana soltó un gemido largo, el placer eléctrico recorriéndole la espina. Qué chingón se siente esto, pensó, mientras él lamía su interior, lengua experta trazando círculos que la volvían loca.

La tensión crecía como tormenta. Marco se desnudó por completo, su verga erecta, gruesa y venosa, apuntando al cielo. Ana la tomó en mano, sintiendo el calor pulsante, la piel sedosa sobre el acero. Lo masturbó lento, deleitándose en su jadeo ronco. —Te quiero dentro, ya —le rogó ella.

Él se posicionó, frotando la punta contra su entrada mojada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana gritó de placer, uñas clavándose en su espalda ancha. El ritmo empezó suave, caderas chocando con sonido húmedo, piel contra piel resbaladiza de sudor.

Siento cada vena, cada embestida. Es como si Mario Cimarro mismo me follara, con esa pasión de gavilanes que arde en sus ojos.

La habitación se llenó de sus gemidos, el crujir de la cama, el olor a sexo crudo y sudor. Marco aceleró, profundo, golpeando ese punto que la hacía ver estrellas. Ana envolvió sus piernas alrededor de su cintura, clavándolo más adentro. —Más fuerte, pendejito, dame todo —le ordenó, empoderada en su deseo.

Él obedeció, follándola con furia contenida, pechos rebotando, manos amasando sus nalgas. El clímax la alcanzó primero, un tsunami de placer que la hizo convulsionar, paredes internas apretándolo como vicio. Marco gruñó, su liberación caliente inundándola, pulsos interminables que la llenaron hasta rebosar.

Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en charco de sudor y fluidos. El aire fresco de la noche entraba por la ventana, enfriando sus pieles febriles. Marco besó su frente, suave ahora. —Eres fuego puro, Ana. Como esas pasiones de gavilanes que tanto me gustan.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho. Neta, fue mejor que cualquier telenovela. Recordó las noches viendo a Mario Cimarro en pantalla, pero esto era real, tangible, suyo. El deseo inicial se había transformado en conexión profunda, un lazo forjado en éxtasis.

Se quedaron así hasta el amanecer, susurros y caricias perezosas. Ana sabía que esto era solo el comienzo. En las colinas de Jalisco, la pasión de gavilanes acababa de despertar, y ella era la reina de su propio cuento ardiente.

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