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Tierra de Pasiones 1943

7263 palabras

Tierra de Pasiones 1943

En el corazón de Jalisco, allá por 1943, existía un rincón olvidado del mundo llamado Tierra de Pasiones. No era un pueblo cualquiera, sino un valle escondido entre cerros verdes, donde la tierra roja se mezclaba con el aroma dulce de las magueyeras y el susurro constante del viento que traía ecos de rancheras lejanas. Elena, una mujer de treinta y tantos, con curvas que el sol había dorado como miel, regentaba la hacienda familiar desde que su esposo partió a la guerra en el norte. Alta, de ojos negros como el petróleo y labios carnosos que prometían pecados, Elena sentía que la vida la había dejado viuda en espíritu mucho antes. Cada amanecer, mientras ordeñaba las vacas, su piel se erizaba con un anhelo que no nombraba, un fuego que ardía bajo su blusa de manta.

Era un martes de julio cuando Javier llegó a Tierra de Pasiones. Venía de Guadalajara en un camión destartalado, con el sombrero ladeado y una sonrisa que cortaba el aliento. Hombre fornido, de manos callosas por el trabajo en las minas, pero con una mirada que desnudaba sin tocar. Traía noticias del mundo exterior: la guerra en Europa, el oro escaseando, pero sobre todo, traía esa hambre de vida que Elena reconoció al instante. Órale, qué chulo, pensó ella, mientras le servía un plato de birria humeante en el comedor de la hacienda. El vapor subía cargado de chile y comino, y sus ojos se encontraron sobre la mesa de roble.

Gracias, doña Elena —dijo él, su voz grave como un tamborazo zacatecano—. Esta tierra huele a mujer.

Elena sintió un cosquilleo en el vientre, como si el tequila que acababa de destapar le hubiera corrido por las venas. Se sentó frente a él, cruzando las piernas bajo la falda de china poblana, y el roce de la tela contra su piel húmeda la traicionó. Hablaron de todo: del maíz que crecía prieto, de las fiestas en el pueblo con mariachis que ponían a bailar hasta el amanecer. Pero bajo las palabras, latía la tensión, un pulso compartido que aceleraba sus respiraciones. Javier la miró fijamente, y ella notó cómo su pecho subía y bajaba, el sudor perlando su cuello moreno.

Al atardecer, cuando el sol teñía el cielo de rojo pasión, Elena lo llevó a recorrer los campos. El aire olía a tierra mojada por la llovizna reciente, y el canto de los grillos empezaba a despertar. Caminaban cerca, rozándose los brazos sin querer —o queriendo—.

¿Y si lo beso ahorita? ¿Y si este pendejo me rechaza?
se preguntaba Elena en su mente, mientras el corazón le martilleaba como un yunque. Javier se detuvo junto a un maguey gigante, sus espinas afiladas como recordatorio de los peligros.

Esta Tierra de Pasiones 1943 me está volviendo loco —murmuró él, girándose hacia ella—. Tú más.

Sus labios se encontraron en un beso que sabía a sal y a pulque fermentado. Elena gimió suave, sus manos enredándose en el cabello de él, tirando con urgencia. Javier la apretó contra su cuerpo duro, y ella sintió su verga endureciéndose contra su vientre, un calor que la hizo temblar. Se separaron jadeantes, mirándose con ojos en llamas.

La noche cayó como un manto negro salpicado de estrellas. En la hacienda, solos, el radio crepitaba con una canción de Pedro Infante: "Cielito Lindo", pero ellos no la oían. Elena lo llevó a su cuarto, el de las cortinas de encaje y el colchón de plumas que crujía bajo su peso. Se desvistieron despacio, saboreando cada revelación. La blusa de ella cayó, dejando ver sus tetas firmes, pezones oscuros endurecidos por el fresco de la noche. Javier se quitó la camisa, mostrando un torso marcado por cicatrices de minas, músculos que brillaban con sudor.

Ven, carnal —susurró ella, tirando de su cinturón—. Quiero sentirte adentro.

Él la tumbó con gentileza, besando su cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba su clavícula. Elena arqueó la espalda, sus uñas clavándose en sus hombros mientras él bajaba por su vientre, deteniéndose en el ombligo para morder suave. El aroma de su excitación llenaba la habitación, almizclado y dulce como jazmín silvestre. Javier separó sus muslos con manos expertas, y su lengua encontró su clítoris hinchado. Elena gritó bajito, "¡Ay, Diosito!", sus caderas moviéndose al ritmo de su boca voraz. Lamía despacio al principio, círculos húmedos que la volvían loca, luego chupaba con fuerza, metiendo un dedo grueso en su concha empapada. Ella se retorcía, el placer subiendo como una ola, oliendo su propia humedad mezclada con el cuero de sus botas tiradas en el suelo.

Neta, este wey sabe lo que hace, pensó Elena, mientras el orgasmo la sacudía, un estallido de luces detrás de sus párpados cerrados. Javier subió, su boca brillando con sus jugos, y la besó profundo, compartiendo su sabor. Ella lo volteó, montándose a horcajadas, guiando su verga gruesa y venosa hacia su entrada. Entró de un jalón, llenándola hasta el fondo, y ambos gimieron al unísono. El colchón gemía con cada embestida, piel contra piel chapoteando húmeda.

Más duro, pendejito —jadeaba ella, cabalgándolo como a un potro salvaje, sus tetas rebotando, sudor goteando entre ellas—. ¡Chíngame como hombre!

Javier la sujetó por las nalgas, clavando los dedos en la carne suave, empujando hacia arriba con fuerza brutal pero consentida. El cuarto olía a sexo crudo, a sudor y semen preeyaculatorio. Elena sentía cada vena de su verga rozando sus paredes internas, el glande golpeando su cervix con delicioso dolor. Se inclinó para mamarle un pezón, mordiendo juguetona, mientras él gruñía como fiera.

Cambiaron posiciones, él detrás, de perrito, azotando suave sus nalgas redondas. El sonido de carne contra carne resonaba, mezclado con sus gemidos y el viento que azotaba las ventanas. Elena metió una mano entre las piernas, frotando su clítoris hinchado, acelerando el clímax.

Se me va, se me va el alma
, pensó, mientras el segundo orgasmo la partía en dos, contrayendo su concha alrededor de su verga como un puño caliente.

¡Me vengo, mi reina! —rugió Javier, saliendo justo a tiempo para derramarse en su espalda, chorros calientes que resbalaban por su espina dorsal. Elena se dejó caer, exhausta, sintiendo el semen enfriarse en su piel, un marca de posesión mutua.

Se tumbaron abrazados, el pecho de él subiendo y bajando contra sus tetas. El aire nocturno entraba por la ventana, fresco, trayendo olor a tierra húmeda y eucalipto. Elena trazaba círculos en su pecho con la uña, sonriendo pícara.

En esta Tierra de Pasiones 1943, uno no se aburre —dijo ella, besándole el hombro salado.

Él rio bajito, apretándola más.

Y mañana repetimos, ¿neta?

Elena cerró los ojos, sintiendo por primera vez en años que la vida valía la pena. La guerra podía rugir lejos, pero aquí, en su valle secreto, el fuego de la pasión ardía eterno, un legado de besos y sudores compartidos. Al amanecer, mientras el gallo cantaba, supieron que aquello era solo el principio de noches sin fin.

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