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La Pasión de Cristo Getsemaní

6977 palabras

La Pasión de Cristo Getsemaní

En el corazón de un pueblo michoacano durante la Semana Santa, el aire olía a copal quemado y a jazmines silvestres que trepaban por las bardas de adobe. Yo, Marisol, había sido elegida para interpretar a María Magdalena en la obra La Pasión de Cristo Getsemaní, esa tradición que cada año reunía a todo el barrio en el jardín detrás de la iglesia. El sol del atardecer teñía de oro las hojas de los naranjos, y el sonido lejano de las campanas me erizaba la piel. Ahí estaba él, Juan, el wey que todos decían era el Jesús perfecto: alto, moreno, con ojos que parecían cargar el peso del mundo pero que me miraban como si yo fuera su salvación.

Desde el primer ensayo, sentí esa chispa. Juan se arrodillaba en el suelo de tierra húmeda, sudando bajo la túnica raída, y yo me acercaba con mi frasco de perfume imaginario.

"Señor, tus pies merecen más que lágrimas", repetía mi libreto, pero en mi cabeza era otra cosa: quería oler su piel salada, lamer el sudor que le corría por el cuello. Él levantaba la vista, y neta, su mirada me hacía temblar las rodillas. "¿Estás bien, Mari?", me preguntaba después, con esa voz grave que vibraba en mi pecho. "Sí, carnal, nomás el calor", mentía yo, mientras mi cuerpo pedía a gritos que me tocara.

La noche del ensayo final en Getsemaní, el jardín se sentía vivo. Las luces de las veladoras parpadeaban como estrellas caídas, y el aroma a tierra mojada después de la llovizna se mezclaba con el de su loción barata, esa que olía a hombre de verdad. Los demás actores se fueron, pero Juan y yo nos quedamos recogiendo las props. "Ayúdame con esto, pendejo", le dije juguetona, pasándole la corona de espinas falsa. Él se rio, y de repente su mano rozó la mía. Fue como un rayo: piel contra piel, cálida, áspera de tanto trabajar en el campo.

Acto primero: la tentación

Nos sentamos bajo el olivo centenario, el mismo donde Juan hacía su agonía en la obra. El viento susurraba entre las hojas, trayendo ecos de saetas lejanas. "Sabes, Marisol, esta Pasión de Cristo Getsemaní me pone a pensar en lo que de verdad duele", murmuró él, su aliento caliente contra mi oreja. Yo volteé, y nuestros rostros estaban tan cerca que podía probar el sabor salado de su sudor en el aire. "Neta, Juan, yo también. Duele querer algo que no se puede tener". Mi corazón latía como tamborazo en fiesta, y sentí un calor subir desde mi vientre, humedeciendo mis calzones.

Él me tomó la mano, entrelazando dedos. "Y si se puede, ¿qué?". Su pulgar acariciaba mi palma, enviando chispas por mi espina. Olía a él: tierra, humo de velas, y algo más primitivo, como deseo crudo. Me acerqué, rozando mis labios en su mejilla. "Prueba", susurré. Juan giró la cabeza, y nos besamos. Fue lento al principio, sus labios suaves pero firmes, saboreando a tequila de la cena y a miel de las empanadas. Su lengua exploró mi boca, y gemí bajito, sintiendo mi pezón endurecerse contra la tela del vestido.

Acto segundo: la agonía del deseo

La tensión crecía como tormenta en abril. Juan me recargó contra el tronco rugoso del olivo, sus manos grandes subiendo por mis muslos. "Estás tan chida, Mari, tan suave", gruñó, mientras yo le quitaba la túnica, revelando su pecho ancho, marcado por el sol. Toqué sus músculos, sintiendo el latido acelerado bajo mi palma. Él bajó mi escote, liberando mis senos, y los besó con hambre: lamidas húmedas, succiones que me hacían arquear la espalda. El sonido de su boca chupando mis pezones era obsceno en la quietud del jardín, mezclado con mis jadeos y el crujir de hojas secas bajo nosotros.

Esto es pecado, pensé, pero qué pecado tan rico. Como Magdalena lavando los pies de Cristo, pero yo quería lavarlo todo con mi lengua.
Deslicé mi mano por su pantalón, encontrando su verga dura como piedra, palpitante. "¡Órale, wey!", exclamé, apretándola. Él gimió, un sonido gutural que me mojó más. Me quitó el vestido de un tirón, y quedamos desnudos bajo la luna. Su piel ardía contra la mía, sudor mezclándose, olores de excitación llenando el aire: almizcle, flores, sexo inminente.

Me tendió en la manta que usábamos para la escena de la traición, abriéndome las piernas con gentileza. "Dime si no quieres", jadeó, pero yo lo jalé hacia mí. "Te quiero adentro, carnal, hazme tuya". Su lengua bajó por mi vientre, lamiendo el sudor salado, hasta mi concha empapada. Sentí su aliento caliente, luego su lengua danzando en mi clítoris, chupando mis labios hinchados. Gemí fuerte, agarrando su pelo, el placer subiendo en olas: cosquilleo en las piernas, pulso en el bajo vientre. "¡Más, Juan, no pares!", suplicaba, mientras él metía un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas.

La intensidad crecía. Él se posicionó, su verga rozando mi entrada, lubricada por mis jugos. "Mírame, Magdalena mía", dijo, y empujó lento. Lo sentí estirándome, llenándome centímetro a centímetro, el ardor delicioso convirtiéndose en éxtasis. Nuestros cuerpos se unieron en ritmo: embestidas profundas, piel chocando con palmadas húmedas, mis uñas clavándose en su espalda. El jardín parecía girar, sonidos de grillos ahogados por nuestros gemidos, olor a tierra removida y semen próximo.

Internamente luchaba:

Esto es más que la obra, es nuestra pasión propia, nuestra Getsemaní de placer.
Él aceleró, sudando sobre mí, sus bolas golpeando mi culo. "Me vengo, Mari", gruñó. "¡Dentro, lléname!", grité, y explotamos juntos: mi coño contrayéndose en espasmos, ordeñándolo, mientras él rugía, caliente chorros inundándome.

Acto tercero: la resurrección

Quedamos jadeando, enredados en la manta, el aire fresco secando nuestro sudor. Juan me besó la frente, suave. "Eso fue... la neta", murmuró, su mano acariciando mi cadera. Yo reí bajito, sintiendo su semen escurrir entre mis piernas, cálido recordatorio. El jardín olía a nosotros ahora, a sexo satisfecho mezclado con jazmines. Las campanas tañeron medianoche, anunciando el fin de la vigilia.

"Mañana en la obra, ¿seguimos fingiendo?", pregunté juguetona. Él sonrió, ojos brillando. "Nah, eso ya no es fingir. Es nuestra Pasión de Cristo Getsemaní". Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón calmarse, el mundo quieto salvo por nuestro respirar sincronizado. En ese Getsemaní, no hubo traición, solo entrega mutua, un placer que nos resucitaba.

Al amanecer, nos vestimos entre risas y besos robados, el sol besando nuestra piel aún sensible. Caminamos de la mano hacia el pueblo, listos para la función, pero sabiendo que la verdadera pasión ya la habíamos vivido. Y vaya que valió la pena cada gota de sudor, cada gemido ahogado en la noche mexicana.

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