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Pasión de Gavilanes Capítulo 91 Fuego en la Piel

7040 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 91 Fuego en la Piel

Jimena se recargaba en el balcón de la hacienda, el aire nocturno de la sierra cargado con el aroma dulce de las magnolias y el humo lejano de alguna fogata. La luna llena pintaba todo de plata, y en su mente bullía la escena que acababa de ver en la tele: Pasión de Gavilanes capítulo 91. Esa donde los hermanos Reyes se entregaban a sus amadas con una ferocidad que hacía temblar las pantallas. Neta, qué chido era ver tanta pasión desatada, pensó, mientras un calor traicionero subía por su vientre. Hacía semanas que no sentía las manos de Óscar sobre su piel, desde esa bronca por celos tontos. Pero esa noche, el deseo la picaba como chile en la lengua.

Óscar salió al balcón, su camisa blanca abierta hasta el pecho, mostrando el vello oscuro que ella tanto gustaba de acariciar. "¿Qué onda, morra? ¿No puedes dormir?" preguntó con esa voz grave que le erizaba la piel. Ella lo miró de reojo, mordiéndose el labio. "Es por Pasión de Gavilanes capítulo 91, carnal. Esos güeyes se la rifan sin freno. Me dejó con las hormonas alborotadas." Él se acercó, su olor a jabón fresco y sudor varonil invadiendo sus sentidos. "¿Ah sí? Pues yo te doy una versión mejor, sin comerciales."

El corazón de Jimena latió fuerte cuando él la tomó de la cintura, pegando su cuerpo al suyo. Sentía el bulto endurecido presionando contra su muslo, y un jadeo se le escapó. Sus labios se rozaron primero, suaves como pétalos de rosa mojados por el rocío, pero pronto el beso se volvió hambriento. Lenguas danzando, saboreando el tequila que él había tomado antes, dulce y ardiente. Las manos de Óscar bajaron a sus nalgas, amasándolas con fuerza, y ella arqueó la espalda, gimiendo bajito contra su boca. "Órale, pendejo, no tan rápido", murmuró ella, pero sus dedos ya tiraban de la camisa de él, rasgando botones.

"Quiero devorarte entera, Jimena. Como en esa novela que tanto te prende."

La llevó adentro, a la recámara iluminada solo por velas que parpadeaban como estrellas traviesas. La cama king size los esperaba, sábanas de algodón egipcio suaves al tacto. Él la tumbó con cuidado, pero sus ojos ardían de lujuria. Se quitó la camisa, revelando el torso musculoso, marcado por el sol del campo. Jimena se lamió los labios, el pulso acelerado en su cuello. Extendió la mano y trazó los abdominales de él con las uñas, sintiendo cómo se contraían bajo su toque. "Ven, chulo, muéstrame qué traes."

Óscar se arrodilló entre sus piernas, subiendo el vestido floreado que ella traía, besando cada centímetro de piel expuesta. El olor de su excitación flotaba en el aire, almizclado y embriagador, mezclándose con el jazmín del jardín. Sus labios llegaron al encaje de las panties, y con dientes las bajó despacio, torturándola. Jimena sintió el roce de su barba incipiente en el interior de los muslos, un cosquilleo eléctrico que la hizo retorcerse. "Ay, wey... no me hagas sufrir." Él sonrió pícaro y hundió la cara en su centro húmedo, lamiendo con avidez.

El placer la golpeó como un rayo. La lengua de Óscar giraba alrededor de su clítoris, succionando suave, luego fuerte, mientras dos dedos se deslizaban adentro, curvándose para tocar ese punto que la volvía loca. Ella agarró las sábanas, los gemidos subiendo de tono, eco en la habitación. Sentía el calor de su aliento, el sonido húmedo de su boca devorándola, el sabor salado de su propia esencia en sus labios cuando él subió a besarla. "Estás chingona, mamacita. Tan mojada por mí."

Pero Jimena no era de las que se quedaban atrás. Lo empujó sobre la cama, montándose a horcajadas. Desabrochó su jeans con dedos temblorosos, liberando la verga erecta, gruesa y palpitante. La miró con hambre, acariciándola desde la base hasta la punta, sintiendo la vena que latía bajo su palma. "Qué prieta está, carnal. Te voy a mamar hasta que ruegues." Bajó la cabeza, tomando la cabeza en su boca, chupando con fuerza mientras su lengua jugaba. Óscar gruñó, las caderas alzándose, manos enredadas en su cabello negro. El sabor era puro macho, salado y adictivo, y ella lo tragaba más profundo, oyendo sus jadeos roncos.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Él la volteó, quedando encima, piel contra piel resbalosa de sudor. Sus pezones rozaban el pecho peludo de él, enviando chispas por su espina. "Te necesito adentro, ya", suplicó ella, las uñas clavándose en su espalda. Óscar se posicionó, la punta rozando su entrada, y empujó lento, centímetro a centímetro. Jimena sintió el estiramiento delicioso, el llenado completo que la hacía sentir viva. "¡Sí, pendejo, así!" gritó, mientras él empezaba a moverse, embestidas profundas y rítmicas.

El colchón crujía bajo ellos, mezclándose con los sonidos de carne contra carne, gemidos y susurros sucios. "Te sientes como terciopelo caliente, Jimena. Me aprietas tan rico." Ella envolvía las piernas alrededor de su cintura, clavando talones en sus nalgas para que fuera más duro. El sudor les chorreaba, oliendo a sexo puro, a deseo animal. Sus pechos rebotaban con cada thrust, y él los capturó con la boca, mordisqueando pezones endurecidos, tirando suave hasta que ella vio estrellas.

En su mente, las imágenes de Pasión de Gavilanes capítulo 91 se fundían con la realidad: pasión sin límites, cuerpos entrelazados en éxtasis. "Esto es mejor que cualquier novela", pensó, mientras el orgasmo se acercaba como avalancha.

Cambiaron posiciones, ella de rodillas, él detrás, agarrando sus caderas. La vista de su culo redondo lo enloquecía, y entró de nuevo, esta vez salvaje. Manos en su clítoris, frotando en círculos mientras la taladraba. Jimena gritaba, el placer acumulándose en su bajo vientre, tenso como cuerda de guitarra. "¡Me vengo, Óscar, no pares!" El clímax la sacudió, olas y olas de éxtasis, contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Él rugió, embistiendo unas veces más antes de derramarse dentro, caliente y abundante, colapsando sobre su espalda.

Se quedaron así, jadeantes, el aire pesado con el olor de sus jugos mezclados. Óscar la besó en la nuca, suave ahora, tierno. "Te amo, morra. Perdón por lo de antes." Ella giró, acurrucándose en su pecho, escuchando el latido calmándose. "Yo también, chulo. Esto fue como Pasión de Gavilanes capítulo 91, pero con nosotros de protagonistas." Rieron bajito, las velas apagándose una a una.

En la quietud, Jimena sintió una paz profunda, el cuerpo lánguido y satisfecho. Sus dedos trazaban patrones en la piel de él, oliendo aún a su unión. Mañana habría más broncas, más vida en la hacienda, pero esa noche, la pasión los había unido como nunca. El deseo no era solo fuego; era el lazo que los ataba, eterno como las estrellas sobre la sierra mexicana.

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