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Pasión Wixarika

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Pasión Wixarika

En el corazón de la sierra zacatecana, donde los colores de los bordados huicholes explotan como fuegos artificiales bajo el sol ardiente, conocí a Ramiro. Yo, Ximena, wixarika de sangre pura, tejedora de sueños en hilo y cera de abeja, estaba en el mercado de Real de Catorce vendiendo mis ojos de dios. El aire olía a copal quemado y a tierra húmeda después de la lluvia escasa, y el sonido de las marimbas lejanas me hacía vibrar por dentro. Llevaba mi falda larga de colores imposibles, con flecos que rozaban mis piernas morenas, y mi blusa ajustada que dejaba ver el contorno de mis pechos firmes. Neta, ese día sentía una pasión wixarika bullendo en mis venas, como si los espíritus del desierto me susurraran al oído: despierta, mujer, busca tu fuego.

Ramiro se acercó a mi puesto con esa sonrisa pícara de wey citadino que viene a perderse en nuestras tierras. Alto, con piel tostada por el sol y ojos negros que brillaban como obsidiana pulida. Olía a jabón fresco y a algo salvaje, como el viento que trae el aroma de los nopales en flor.

"Órale, qué chidos tus tejidos, morra. ¿Cuánto por ese ojo de dios que parece arder?"
dijo, tocando con dedos callosos el hilo rojo que simulaba llamas. Su voz grave me erizó la piel, y sentí un cosquilleo en el bajo vientre, como si mi cuerpo ya supiera lo que mi mente aún no admitía.

Le sonreí, juguetona, mientras el sol nos bañaba en sudor ligero. Qué chulo este pendejo, pensé, con esa mirada que promete cogidas memorables. Hablamos de mis ancestros, de las peregrinaciones a Wirikuta, de cómo el azul del cielo se funde con el yarn en mis manos. Él era de Guadalajara, arquitecto que huía del concreto por unos días. La tensión crecía con cada palabra; sus ojos bajaban a mis labios carnosos, y yo cruzaba las piernas para calmar el calor que subía por mis muslos. Pasión wixarika, sí, eso era: el deseo ancestral que no se pide permiso para encenderse.

Al atardecer, cuando el mercado se vaciaba y las sombras alargadas pintaban las piedras del pueblo, me invitó a caminar hasta las afueras. Qué padre, acepté, sintiendo mi corazón latir como tambor en ceremonia. Caminamos por un sendero polvoriento, el crujido de la grava bajo nuestras botas, el zumbido de los grillos despertando. Su mano rozó la mía accidentalmente, y el toque fue eléctrico: piel contra piel, cálida y áspera.

"Ximena, tienes una belleza que quema, como tus bordados"
, murmuró, y yo reí bajito, este wey sabe hablar.

Llegamos a un claro rodeado de cactuses gigantes, donde la luna empezaba a asomarse plateada. Nos sentamos en una manta que saqué de mi morral, con olor a hierbas secas y a mi perfume de jazmín silvestre. Compartimos un termo de atole caliente, dulce y espeso en la lengua, y la conversación se volvió íntima. Le conté de mis sueños eróticos, de cómo imagino al hombre que me tome con fuerza wixarika, sin miedos ni pudores. Él confesó que desde que me vio, su verga no paraba de endurecerse bajo los jeans. ¡Neta! Reí, y el aire se cargó de promesas. Mi respiración se aceleraba, el pecho subiendo y bajando, pezones endureciéndose contra la tela fina.

La tensión era un nudo en mi panocha, húmeda ya de anticipación. Su mano subió por mi brazo, lenta, dejando un rastro de fuego. Quiero esto, pensé, quiero su boca en mí, su cuerpo aplastándome contra la tierra sagrada. Lo besé primero, mis labios suaves devorando los suyos, lengua danzando con sabor a atole y deseo. Gemí bajito cuando sus manos grandes amasaron mis tetas, pellizcando los pezones con maestría.

"Eres fuego puro, Ximena"
, jadeó él, y yo respondí arqueándome:
"Muéstrame tu pasión, Ramiro, hazme tuya como el desierto reclama la lluvia"
.

Nos desvestimos con urgencia controlada, la ropa cayendo como hojas secas. Su cuerpo era un mapa de músculos tensos, la verga erguida, gruesa y venosa, palpitando al aire fresco de la noche. La mía: curvas wixarika, caderas anchas para parir vida y placer, piel olivácea brillando bajo la luna. Olía a sudor limpio, a excitación almizclada que se mezclaba con el aroma terroso del suelo. Me tendí en la manta, piernas abiertas invitadoras, y él se arrodilló entre ellas, besando mi cuello, lamiendo el valle entre mis pechos. Su lengua trazó círculos en mi ombligo, bajando hasta mi monte de Venus, donde el calor era insoportable.

El primer toque de su boca en mi clítoris fue un rayo: chupó suave al principio, luego con hambre, lamiendo mis labios hinchados, saboreando mis jugos dulces y salados. ¡Ay, cabrón! gemí, manos enredadas en su pelo negro, caderas empujando contra su rostro barbado que raspaba delicioso. El sonido de su succión húmeda, mis jadeos roncos, el viento susurrando en los cactuses... todo se fundía en éxtasis creciente. Introdujo dos dedos gruesos en mi concha empapada, curvándolos para rozar ese punto que me hace ver estrellas huicholes. Pasión wixarika desatada, rugía en mi mente mientras el orgasmo se acercaba como tormenta.

Pero no quise correrme aún. Lo empujé hacia atrás, montándolo como yegua salvaje. Su verga entró en mí de un solo golpe, llenándome hasta el fondo, estirándome con placer punzante. ¡Qué chingón! grité, cabalgándolo con ritmo ancestral, tetas rebotando, sudor perlando mi piel. Él agarraba mis nalgas, guiándome, gimiendo

"¡Cógeme así, morra, eres una diosa!"
. El slap-slap de carne contra carne, el olor a sexo crudo, el sabor de su piel salada cuando lo besé... la intensidad subía, mis paredes internas apretándolo como puño de terciopelo.

Cambié de posición, él encima ahora, embistiéndome profundo y lento al principio, luego feroz, como guerrero wixarika reclamando su hembra. Sus bolas golpeaban mi culo, el placer rayaba en dolor exquisito. Más, pendejo, dame todo, suplicaba en silencio, uñas clavadas en su espalda. El clímax nos golpeó juntos: yo primero, convulsionando, chorros de placer mojando sus muslos, gritando al cielo estrellado. Él se vació dentro de mí segundos después, semen caliente inundándome, rugido gutural vibrando en su pecho contra el mío.

Quedamos jadeantes, enredados en la manta, el aire nocturno enfriando nuestros cuerpos febriles. Su cabeza en mi seno, yo acariciando su cabello revuelto. Olía a nosotros, a unión perfecta. Esto es pasión wixarika, reflexioné, no solo carne, sino almas tejiéndose como mis hilos. Hablamos en susurros de volver a vernos, de explorar más fuegos juntos. La luna nos velaba, y en ese afterglow, sentí paz profunda, empoderada en mi feminidad indígena, lista para tejer esta noche en un nuevo bordado eterno.

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