La Pasión Ardiente de Mel Gibson
La noche en Polanco estaba viva como siempre, con el bullicio de la Zona Rosa filtrándose por las ventanas del bar El Jaguar Dorado. Luces neón parpadeaban sobre las mesas llenas de copas tintineantes y risas que se mezclaban con el ritmo de un cumbia rebajada. Yo, Ana, había salido con mis carnalas para desquitarme del pinche estrés del trabajo en la agencia de publicidad. Vestida con un vestido negro ajustado que me hacía sentir chida y poderosa, me pedí un tequila reposado con limón y sal. El aire olía a perfume caro, humo de cigarros electrónicos y ese toque picante de tacos al pastor que vendían en la esquina.
Estaba recargada en la barra, observando a la gente bailar, cuando lo vi. Alto, con el cabello oscuro revuelto y unos ojos azules que cortaban como navaja. Se parecía un chorro a Mel Gibson en sus mejores épocas, de esas en que salía en Lethal Weapon todo rudo y sexy. Llevaba una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, dejando ver un poco de vello oscuro que me hizo tragar saliva.
Neta, ¿de dónde salió este güey? Parece sacado de mis sueños culeros después de ver sus pelis, pensé mientras él se acercaba, con una sonrisa pícara que prometía problemas buenos.
—Órale, güerita, ¿vienes seguido por acá? —me dijo con voz grave, acento chilango puro, extendiendo la mano. Se llamaba Miguel, pero de entrada lo bauticé en mi mente como Mel. Charlamos de todo: del tráfico en Insurgentes, de lo cara que está la vida en la CDMX, y de pronto, saltó a las películas. —Me late Mel Gibson, ¿viste La Pasión de Cristo? Esa sí que es intensa, carnal.
Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Sí, pendejo, y no sabes cómo me prende esa pasión de Mel Gibson. Ese hombre sabe transmitir fuego. —Mis palabras salieron con un tono juguetón, pero neta, el calor ya me subía por las piernas. Él se acercó más, su aliento a mezcal rozando mi oreja, y el olor de su colonia, madera y algo salvaje, me envolvió como una manta caliente.
La tensión creció mientras bailábamos. Sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, guiándome al ritmo. Sentía el calor de su cuerpo pegado al mío, el roce de su pecho contra mis tetas, y cada giro hacía que su muslo rozara mi entrepierna. Chingado, el pulso me latía en las sienes, y abajo ya estaba mojadita, imaginando qué vendría después. Él me susurraba al oído: —Tú sí que traes fuego, Ana. Me estás volviendo loco.
Acto uno cerrado, pensé, mientras salíamos del bar tomados de la mano. El aire fresco de la noche me erizó la piel, pero el calor entre nosotros era como un horno encendido.
En el taxi rumbo a su depa en Lomas de Chapultepec, la cosa se puso intensa. Sus dedos jugaban con el borde de mi vestido, subiendo despacito por mi muslo desnudo. Yo le mordí el lóbulo de la oreja, saboreando el salado de su piel, y él gimió bajito. —A huevo, Miguel, no me hagas esperar —le dije, mi voz ronca de deseo. Él metió la mano más adentro, rozando mis panties de encaje, y sentí su verga dura presionando contra mi cadera. El conductor ni en pedo nos vio por el retrovisor, pero el olor a excitación llenaba el carro: mi aroma dulce mezclado con su sudor masculino.
Llegamos a su penthouse, un lugar chingón con vistas al Castillo de Chapultepec iluminado. Apenas cerramos la puerta, me empujó contra la pared, besándome con hambre. Sus labios eran firmes, su lengua explorando mi boca como si quisiera devorarme. Bajó las manos a mis nalgas, amasándolas, y yo le arranqué la camisa, clavando las uñas en su espalda musculosa.
Esto es la pasión de Mel Gibson, pero en carne y hueso, neta qué rico, rugía en mi cabeza mientras él me cargaba hasta el sofá de piel.
Me quitó el vestido de un jalón, dejando mis tetas al aire. Sus ojos se oscurecieron de lujuria al ver mis pezones duros como piedras. —Eres una diosa, Ana —murmuró, chupando uno mientras pellizcaba el otro. Gemí fuerte, el placer eléctrico bajando directo a mi panocha. Le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante en mi mano. La apreté, sintiendo el calor y la dureza, y él gruñó como animal.
Nos movimos al piso alfombrado, cuerpos enredados. Yo me puse encima, frotándome contra él, mi clítoris hinchado rozando su tronco. El olor a sexo nos rodeaba: jugos míos mojando su piel, su precum salado en mi lengua mientras le daba una mamada profunda. Lo tragué hasta la garganta, saboreando cada vena, sus caderas empujando suave. —Así, chula, trágatela toda —jadeaba él, enredando los dedos en mi pelo.
La intensidad subía como volcán. Me volteó, poniéndome a cuatro patas, y lamió mi culo desde atrás, su lengua caliente en mi ano y luego en la raja, chupando mi clítoris hasta que temblé. ¡Qué chingón! Grité, las rodillas flojas. Entró despacio, su verga abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estirón era delicioso, dolorcito rico que se volvía placer puro. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida haciendo que mis tetas rebotaran y mis gemidos llenaran la habitación.
—Más duro, carnal, dame todo —le rogué, empujando contra él. Aceleró, sus bolas golpeando mi clítoris, el sonido chapoteante de nuestros cuerpos uniéndose. Sudor corría por su pecho, goteando en mi espalda, y yo lo arañaba, perdida en el éxtasis. Sus manos en mis caderas, tirando de mí, y sus gruñidos roncos: —Te voy a llenar, pinche rica.
El clímax nos alcanzó como tsunami. Sentí las contracciones en mi vientre, mi panocha apretándolo como puño, y exploté gritando su nombre —¡Miguel! ¡Mel!—. Él se vino segundos después, caliente adentro de mí, pulsando y gimiendo. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa y corazones tronando.
En el afterglow, recostados en su cama king size con sábanas de algodón egipcio, él me acariciaba el pelo mientras mirábamos las estrellas por la ventana. El aroma a sexo y jazmín de su jardín flotaba. —Neta, eso fue épico —dije, besando su pecho—. Como la pasión de Mel Gibson, pero mejor, porque fue real.
Él rio, apretándome contra él. —Tú la desataste, reina. ¿Repetimos?
Sonreí, sintiendo una paz profunda, el cuerpo saciado y el alma plena. Esa noche, en los brazos de mi Mel mexicano, descubrí que la verdadera pasión no está en las pantallas, sino en la piel que arde de verdad. Y mientras el sol salía tiñendo el cielo de rosa, supe que esto era solo el principio.