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Pasión y Poder Capítulos Completos de Entrega Ardiente

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Pasión y Poder Capítulos Completos de Entrega Ardiente

Me llamo Daniela y vivo en el corazón de la Ciudad de México, en un departamento chulo en Polanco donde el skyline me recuerda cada noche que el poder es lo que manda. Tengo treinta años, soy directora de marketing en una empresa de telecomunicaciones, y la neta, controlo todo: presupuestos, equipos, hasta las miradas de los weyes que se mueren por un chance conmigo. Pero últimamente, después de días eternos de juntas y estrés, lo único que me calma es tirarme en el sofá con mi laptop y buscar "pasion y poder capitulos completos youtube". Esa telenovela antigua me tiene clavada, con su drama de amores intensos, traiciones y ese Arturo Montenegro que te hace mojar las panties solo con una mirada. Anoche fue igual: el calor del DF colándose por la ventana, el olor a tacos de la esquina mezclándose con mi perfume de vainilla, y yo, sudando un poco, reproduciendo el capítulo quince.

Órale, Daniela, ¿por qué este tipo te prende tanto? Es puro poder, controla todo, y esa pasión que explota como volcán...
Mis dedos bajaron solitos por mi blusa, rozando la piel tibia de mi panza, imaginando sus manos fuertes.

Al día siguiente, en la oficina de Reforma, todo cambió. Entró Alejandro, el nuevo socio inversionista, alto, moreno, con traje italiano que le marcaba los hombros anchos y una sonrisa que olía a colonia cara y peligro. "Mucho gusto, Daniela, he oído que eres la reina aquí", me dijo con voz grave, esa que retumba en el pecho como tambores de mariachi. Lo miré fijo, sintiendo un cosquilleo en las nalgas. Era como si Arturo hubiera cobrado vida, pero en versión real, con ojos cafés que te desnudan y un aura de poder que me hacía apretar las piernas bajo el escritorio. La junta fue un martirio: su perfume invadiendo el aire, el roce accidental de su rodilla contra la mía, el sonido de su pluma rascando el papel como un susurro sucio.

¿Qué chingados? Este pendejo me está volviendo loca sin tocarme. Quiero mandarlo a la verga, pero la neta quiero que me mande él.

Los días siguientes fueron un juego de poder delicioso. Me invitó a cenar en un restaurante en la Roma, con velas y vino tinto que sabía a moras maduras. "Eres mujer de poder, Dani, pero dime, ¿qué te hace rendirte?", preguntó mientras su dedo trazaba el borde de mi copa, lento, hipnótico. El calor de su mirada me quemaba la piel del cuello, y el bullicio de la calle afuera se ahogaba en mi pulso acelerado. Le conté de mis noches con la telenovela, riéndome. "¿Pasión y poder? Suena a nosotros", soltó él, y su risa fue como terciopelo rasgando mi compostura. Caminamos después, el viento nocturno trayendo olores a jazmín y escape de coches, su mano en mi cintura firme pero no posesiva. En la puerta de mi depa, me besó: labios carnosos, sabor a vino y menta, lengua explorando con maestría, haciendo que mis rodillas flaquearan. Me separé jadeando, "No tan rápido, guapo, aquí mando yo". Pero en mi cabeza:

Pinche mentiras, quiero que me domine ya.

La tensión creció como tormenta en el Popo. Mensajes calientes a media noche: él describiendo cómo me comería entera, yo respondiendo con fotos de mis labios rojos y promesas de lo que le haría con la boca. Una tarde, después de una junta donde su pie rozó el mío bajo la mesa, me invitó a su penthouse en Lomas. Subimos en el elevador, solos, el zumbido del motor vibrando en mi clítoris. Su olor, mezcla de sudor limpio y aftershave, me mareaba. Apenas cerramos la puerta, lo empujé contra la pared, besándolo con furia, mis uñas en su nuca, sintiendo su verga dura contra mi vientre. "¿Quieres jugar a la jefa?", murmuró ronco, volteándome de golpe, sus manos grandes aprisionando mis muñecas arriba de la cabeza. El mármol frío en mi espalda contrastaba con su calor, su aliento caliente en mi oreja: "Pero al final, yo decido cómo terminas gritando mi nombre".

Me soltó y me llevó al sofá de cuero negro, enorme, con vista a las luces de la ciudad parpadeando como estrellas cachondas. Se arrodilló, lento, desabrochando mi blusa botón por botón, exponiendo mis tetas al aire fresco del AC. Sus ojos devorándome, el sonido de su respiración pesada, el roce áspero de su barba en mi piel sensible. "Qué chingonas estás, Dani", gruñó, lamiendo un pezón hasta ponérmelo duro como piedra, chupando con succiones que me arqueaban la espalda. Olía a mi propia excitación, dulce y almizclada, mezclada con su sudor salado. Bajó más, despojándome la falda, besando mi ombligo, el interior de mis muslos temblorosos.

¡Virgen de Guadalupe, este wey sabe lo que hace! Mi concha palpita, necesita su lengua ya.
Cuando llegó ahí, separó mis labios con dedos expertos, sopló suave haciendo que me retorciera, y luego lamió: plano, profundo, saboreando mi jugo como si fuera el mejor mezcal. Gemí alto, mis caderas empujando contra su cara, el sonido húmedo de su boca devorándome, olas de placer subiendo por mi espina.

Lo jalé del pelo, "Ahora yo, cabrón", y lo tumbé. Le quité el pantalón, su verga saltando libre, gruesa, venosa, goteando precúm que lamí como miel. Sabía salado, masculino, embriagador. La chupé honda, garganta relajada, mis labios estirados, oyendo sus jadeos roncos: "¡Pinche Dani, me vas a matar!". Jugaba con sus huevos pesados, masajeándolos, mientras mi lengua giraba en la cabeza sensible. Él se tensó, pero me detuvo: "Adentro, ahora". Me levantó como pluma, piernas alrededor de su cintura, y me penetró de pie, lento al principio, estirándome delicioso, el dolor placer mezclándose. Caminó hasta la cama king size, follándome en el aire, cada paso un embiste que me hacía gritar. Caímos en las sábanas de algodón egipcio, frescas contra mi piel ardiendo.

Ahí escaló el poder compartido. Yo arriba, cabalgándolo salvaje, mis tetas rebotando, uñas en su pecho marcado, controlando el ritmo rápido, profundo. Él gemía, manos en mis caderas guiándome: "Así, reina, rómpeme". El slap slap de carne contra carne, sudor chorreando, olor a sexo puro llenando la habitación. Volteó, misionero feroz, piernas en sus hombros, embistiendo como pistón, su verga golpeando mi punto G sin piedad.

¡Es demasiado! Pasión y poder en cada thrust, como los capítulos que veo, pero real, mío.
Me corrí primero, explosión cegadora, concha contrayéndose ordeñándolo, chillidos ahogados en su boca. Él siguió, gruñendo, hasta llenarme caliente, pulsos interminables.

Quedamos jadeando, enredados, su peso cómodo sobre mí, corazones latiendo al unísono. Besos suaves ahora, lenguas perezosas, el sabor de nosotros en la boca. "Eres increíble, Dani. Poder y pasión, completos", susurró, acariciando mi pelo húmedo. Me reí bajito, oliendo su cuello.

Esto no es telenovela, es mejor. Y hay más capítulos por venir.
La ciudad brillaba afuera, testigo de nuestra entrega, y supe que acababa de escribir el primero de muchos.

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