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Abismo de Pasión Cuantos Capítulos de Fuego

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Abismo de Pasión Cuantos Capítulos de Fuego

El sol de Guadalajara caía a plomo sobre la plaza, pero el aire entre nosotros ardía más. Me llamo Ana, tengo veintiocho años y esa tarde, en el mercado de San Juan de Dios, lo vi por primera vez. Diego, con su camisa ajustada que marcaba los músculos de su pecho moreno, olía a colonia fresca mezclada con el sudor ligero de un día caluroso. Sus ojos negros me atraparon como un imán, y sentí un cosquilleo en el estómago que bajaba directo entre mis piernas.

¿Qué carajos me pasa con este wey? pensé, mientras fingía revisar unas joyas de plata. Él se acercó, sonriendo con esa picardía mexicana que te deshace. "Órale, mamacita, ¿ya viste qué chido está este arete? Te quedaría perrón", dijo, su voz grave retumbando en mi piel como un tamborazo. Le contesté con una risa coqueta, y en minutos charlábamos como si nos conociéramos de toda la vida. Hablamos de la vida, de antojos y de esa telenovela que tanto me gustaba: Abismo de Pasión. "Neta, esa serie es un desmadre de pasión", le dije. Él asintió, sus labios carnosos curvándose. "Sí, pero la nuestra podría ser mejor".

La tensión creció con cada mirada. Su mano rozó la mía al pasarme un brazalete, y el calor de su piel me erizó los vellos de los brazos. Olía a hombre, a tierra mojada después de la lluvia, y mi cuerpo respondía sin permiso: pezones endureciéndose bajo la blusa ligera, un pulso acelerado en mi centro que me hacía apretar los muslos. Terminamos el día con su número en mi celular y una promesa de vernos pronto. Esa noche, sola en mi depa en Providencia, me toqué pensando en él, imaginando sus manos grandes explorándome. Abismo de pasión, cuántos capítulos tiene este deseo que me quema, murmuré en la oscuridad, mientras mis dedos se hundían húmedos en mi calor.

Al día siguiente, Diego me invitó a su taller en las afueras, un espacio luminoso lleno de lienzos y óleos que perfumaba el aire con trementina y creatividad. Entré y lo encontré pintando, su torso desnudo brillando de sudor bajo la luz que entraba por las ventanas altas. "Pásale, reina", dijo, limpiándose las manos en un trapo. Me acerqué, hipnotizada por el movimiento de sus abdominales, el olor almizclado de su esfuerzo. Hablamos horas, bebiendo chelas frías que refrescaban la garganta seca. Su rodilla rozó la mía, y el roce envió chispas por mi espina.

"Dime, Ana, ¿tú crees que el amor es como en las novelas? Un abismo de pasión del que no sales", preguntó, sus ojos clavados en los míos.

"Neta que sí, pero con capítulos que te dejan jadeando por más", respondí, mi voz ronca. Se inclinó, su aliento cálido en mi cuello, y me besó. Dios, qué beso. Sus labios suaves pero firmes devoraron los míos, su lengua danzando con la mía en un ritmo que sabía a cerveza y deseo puro. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo negro revuelto. Bajó a mi cuello, mordisqueando la piel sensible, y el sabor salado de mi sudor lo enloqueció. "Eres deliciosa, pinche diosa", gruñó, mientras sus manos subían por mis muslos, abriéndolos con gentileza.

Lo empujé hacia el catre cubierto de telas suaves en una esquina. Nos desvestimos con urgencia, pero sin prisa en los detalles. Su piel morena contra mi cuerpo claro, el contraste visual me excitó más. Toqué su pecho, sintiendo el latido fuerte de su corazón bajo mi palma, el vello áspero raspando delicioso. Él lamió mis pechos, succionando un pezón con hambre, el sonido húmedo de su boca llenando el taller. Olía a sexo inminente, a feromonas que nublaban la mente. Mi mano bajó a su verga dura, gruesa y palpitante, venosa como una promesa de placer. "Métemela ya, cabrón", le supliqué, mi voz temblorosa.

Pero Diego era un maestro del tormento dulce. Me recostó, besando mi vientre, bajando hasta mi monte de Venus. Su lengua experta separó mis labios hinchados, saboreando mi jugo dulce y salado. ¡Qué rico, wey! Cada lamida es un capítulo de fuego, pensé, arqueándome mientras sus dedos entraban y salían, curvándose en mi punto G. El sonido chapoteante de mi humedad, mis gemidos altos, el aire cargado de nuestro aroma: todo era un vórtice sensorial. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola que me tensaba los músculos, hasta que exploté en su boca, gritando su nombre mientras mi cuerpo convulsionaba.

Él se posicionó, frotando su punta en mi entrada resbaladiza. "Dime que lo quieres, Ana". "¡Sí, métela toda, pendejo juguetón!", exigí, clavando uñas en su espalda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El dolor placentero se mezcló con el éxtasis, su grosor llenándome hasta el fondo. Empezó a moverse, embestidas profundas que chocaban contra mi cervix, el slap-slap de piel contra piel resonando como música obscena. Sudábamos juntos, nuestros cuerpos pegajosos deslizándose, olores de sexo crudo invadiendo todo.

En el clímax de la intensidad, mientras él me penetraba con fuerza controlada, jadeando en mi oído, susurró: Abismo de pasión cuántos capítulos tiene esta noche nuestra. Reí entre gemidos, arañándolo más. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como una reina, mis caderas girando en círculos que lo volvían loco. Sentía cada vena de su verga pulsando dentro, mis paredes contrayéndose. Él chupaba mis tetas rebotantes, mordiendo suave. El taller giraba, solo existíamos nosotros, el roce eterno, el sabor de su piel en mi lengua cuando lo besaba.

La segunda ola llegó brutal. "Me vengo, Diego, ¡no pares!", grité, mi interior apretándolo como un puño. Él gruñó, embistiendo más duro, y se corrió conmigo, chorros calientes inundándome, su semen mezclado con mis jugos goteando por mis muslos. Colapsamos, respiraciones entrecortadas, pieles pegadas en un charco de placer. El afterglow fue puro: sus dedos trazando patrones en mi espalda, besos perezosos, el olor a sexo secándose en el aire tibio.

"¿Sabes? Como en Abismo de Pasión, pero nuestro abismo de pasión cuántos capítulos tiene, ¿eh?", murmuró, riendo bajito mientras me acurrucaba en su pecho. "Infinitos, mi amor. Cada día un capítulo nuevo de este fuego que nos consume", respondí, saboreando la paz de su abrazo. Afuera, el sol se ponía en tonos rojos, como nuestra pasión: eterna, profunda, un abismo del que no queríamos salir nunca.

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