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La Pasión de Sarah Brightman

6563 palabras

La Pasión de Sarah Brightman

Estaba sola en mi depa de la Condesa, con las luces bajas y el aire cargado de ese calor pegajoso que solo CDMX sabe dar en las noches de verano. Me llamo Sarah, como la diva esa de voz etérea, Sarah Brightman, y neta que mi vida gira alrededor de su música. Puse el disco que tanto quiero, La Pasión de Sarah Brightman, y dejé que su voz me envolviera como un amante invisible. Sentí el vibrar de los altavoces en mi piel, el bajo retumbando en mi pecho, y de repente, un cosquilleo traicionero entre las piernas. ¿Por qué carajos su canto siempre me pone así de caliente?

Quiero un hombre que me tome como si fuera la última noche del mundo, que me haga gemir más fuerte que esas notas altas que tanto admiro.

Me levanté del sillón de piel, sintiendo el roce suave contra mis muslos desnudos. Solo traía una playera holgada y tanguita, el sudor perlando mi cuello. Miré el espejo: mis tetas firmes, el cabello negro suelto cayendo en cascada, ojos cafés ardiendo de deseo. No aguanto más, pensé. Me vestí con un vestido negro ceñido que marcaba cada curva, tacones altos, y salí al bar de la esquina, ese antro chido donde siempre hay buena vibra y weyes guapos.

El lugar olía a tequila añejo y perfume caro, la música electrónica mezclándose con risas y copas chocando. Me senté en la barra, pedí un margarita con sal, y ahí lo vi: Marco, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que grita te voy a comer viva. Se acercó, oliendo a colonia fresca y hombre de verdad.

—Órale, güerita, ¿vienes a conquistar o qué? —dijo con voz grave, sus ojos devorándome.

—Neta que sí, carnal. ¿Tú qué traes? —le contesté coqueta, lamiendo la sal de mi labio.

Charlamos un rato, riendo de tonterías, pero el aire entre nosotros chispeaba. Hablé de mi pasión por Sarah Brightman, cómo su voz me hace sentir viva, ardiente. Él se inclinó, su aliento cálido en mi oreja:

—Suena como la pasión de Sarah Brightman, pero en ti debe ser aún más intensa, ¿no?

Su mano rozó mi rodilla bajo la barra, un toque eléctrico que me erizó la piel. Sentí mi panocha humedecerse al instante, el pulso acelerado. Este wey me va a volver loca. Terminamos las copas y salimos, caminando rápido a mi depa, el viento nocturno lamiendo nuestras pieles calientes.

Acto segundo: apenas cerré la puerta, me empujó contra la pared, sus labios devorando los míos. Sabía a tequila dulce y deseo puro, su lengua explorando mi boca con hambre. Gemí bajito, mis manos enredándose en su cabello corto. Olía a él, a sudor limpio y feromonas que me nublaban la cabeza.

¡Qué rico besas, pendejo! Quiero más, mucho más.

Me quitó el vestido de un tirón, dejando mis tetas al aire, pezones duros como piedras. Los lamió, succionó, mordisqueó suave, enviando ondas de placer directo a mi clítoris. ¡Ay, cabrón! Arqueé la espalda, sintiendo su verga dura presionando contra mi muslo a través del pantalón. La música seguía sonando, la voz de Sarah Brightman elevándose en una aria apasionada, perfecta para nuestro ritual.

—Pon esa rola de la pasión de Sarah Brightman —jadeé, mientras le bajaba el zipper.

La verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitando en mi mano. La apreté, sintiendo su calor, el pulso rápido. Me arrodillé, el piso fresco contra mis rodillas, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él gruñó, manos en mi cabeza, guiándome suave. La chupé hondo, garganta relajada, saliva resbalando, el sonido húmedo mezclándose con la música. Su sabor me volvía loca, puro vicio.

Me levantó como pluma, me llevó a la cama. El colchón se hundió bajo nuestro peso, sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Me abrió las piernas, su aliento caliente en mi panocha empapada. Olía a mi excitación, almizcle dulce. Lamió mi chochito lento, lengua plana recorriendo los labios, círculos en el clítoris hinchado. Gemí fuerte, caderas moviéndose solas, uñas clavándose en sus hombros.

—¡Qué rico, Marco! No pares, wey... ¡órale!

Metió dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto G que me hace ver estrellas. El sonido chapoteante de mi jugo, su boca succionando, me llevó al borde. Pero paró, sonriendo malicioso.

—Aún no, mi reina. Quiero sentirte apretándome.

Se puso condón rápido, se posicionó. La punta rozó mi entrada, resbalosa, y empujó despacio. ¡Madre mía, qué llena me hace! Entró centímetro a centímetro, estirándome delicioso, hasta el fondo. Nuestros gemidos se fundieron con la voz de Sarah, esa pasión etérea elevando la nuestra terrenal. Empezó a bombear, lento al principio, piel contra piel chocando suave, sudor perlando nuestros cuerpos.

La tensión crecía, mis paredes apretándolo, sus embestidas más fuertes, profundas. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como amazona, tetas rebotando, manos en su pecho velludo. Sentía cada vena de su verga frotando dentro, mi clítoris rozando su pubis. Él pellizcaba mis pezones, gruñendo:

—¡Eres fuego puro, Sarah! La pasión de Sarah Brightman en carne viva.

El clímax se acercaba, oleadas calientes subiendo desde mi vientre. Aceleré, jadeos entrecortados, olor a sexo llenando la habitación. Él se tensó debajo, manos en mis nalgas apretando.

—¡Me vengo, carajo!

Exploté primero, un orgasmo que me sacudió entera, panocha contrayéndose en espasmos, jugos chorreando. Grité su nombre, visión borrosa, placer cegador. Él siguió segundos después, gruñendo ronco, llenando el condón con chorros calientes que sentí palpitar.

Acto final: colapsamos, enredados, pieles pegajosas de sudor, respiraciones agitadas calmándose. Su mano acariciaba mi espalda, trazando círculos suaves, mientras la música bajaba a un susurro. Olía a nosotros, a pasión consumada, mezclado con el jazmín de mi perfume.

Esto es lo que necesitaba, neta. La voz de ella despertó esto en mí, y Marco lo hizo real.

Nos quedamos así un rato, platicando bajito de sueños, de cómo la pasión de Sarah Brightman nos unió esa noche. Él besó mi frente, yo su pecho, sintiendo su corazón latir pausado. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, supe que esto no era solo un revolcón. Era el inicio de algo ardiente, como esa música que tanto amo. Me acurruqué más, saboreando el afterglow, lista para más pasión en esta vida loca de la CDMX.

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