Pasión Café Antes Pasión del Cielo
Entré al café huyendo de la lluvia que caía como bendición en las calles empedradas de Coyoacán. El aroma del café de olla recién hecho me envolvió de inmediato, ese olor terroso y dulce que sabe a infancia en casa de la abuela. Me sacudí el paraguas chorreante y busqué con la mirada un rincón seco. Ahí estaba él, sentado junto a la ventana empañada, con una taza humeante entre las manos grandes y morenas. Sus ojos oscuros se alzaron y me atraparon como si ya supiera que yo llegaría.
Neta, qué tipo tan guapo, pensé mientras me acercaba al mostrador. Pedí un café con canela, mi vicio de siempre, y sentí su mirada quemándome la nuca. Volteé y ahí seguía, sonriendo con esa curva pícara que promete problemas del bueno. Me senté en la mesa de al lado, fingiendo leer mi libro, pero mis ojos lo devoraban a hurtadillas: camisa ajustada que marcaba el pecho firme, jeans que abrazaban muslos fuertes, y un olor a colonia fresca mezclado con el café que flotaba hasta mí.
—¿Ya te cansaste de mojarle a la lluvia o qué? —dijo de pronto, con voz grave y juguetona, ese acento chilango que me eriza la piel.
Reí, sintiendo el calor subir por mis mejillas. —Neta, esta ciudad no perdona. ¿Y tú, aquí de refugio o de conquista?
Se acercó con su taza en la mano, sentándose frente a mí sin pedir permiso. Qué descaro, pero qué chido. Hablamos de todo y nada: del mercado que bullía afuera, de la neta de los tamales de doña Lupe, de cómo el café sabe mejor con tormenta de fondo. Sus dedos rozaron los míos al pasarme el azúcar, y un chispazo me recorrió el brazo. Olía a tierra mojada y a hombre, ese perfume natural que hace que el pulso se acelere.
—Pasión café antes pasión del cielo —murmuró él, citando no sé qué verso o invento suyo, mientras sus ojos bajaban a mis labios—. Esto que tomamos es solo el aperitivo.
Sentí un tirón en el vientre, esa pasión café que él nombraba y que ya me tenía húmeda entre las piernas. La lluvia golpeaba el vidrio como un ritmo urgente, y el vapor de nuestras tazas se mezclaba con el calor que crecía entre nosotros.
La plática se volvió densa, como el chocolate caliente que pedimos después. Me contó que se llamaba Alex, fotógrafo freelance que andaba cazando imágenes en el barrio. Yo, Ana, diseñadora gráfica que necesitaba un break de la compu y la rutina. Sus rodillas rozaron las mías bajo la mesa, y no me aparté. Al contrario, abrí un poco las piernas, invitándolo sin palabras. ¿Qué me pasa con este pendejo? Tan rápido y tan bien.
—¿Sabes qué? Tu boca se ve más rica que este café —susurró, inclinándose. Su aliento cálido olía a canela y deseo.
Mi corazón latía como tamborazo en la cabeza. Le conté de mis días solos, de cómo extrañaba un toque que me hiciera olvidar el mundo. Él confesó que llevaba semanas sin una mujer que lo mirara así, con hambre pura. Nuestras manos se entrelazaron sobre la mesa, sus pulgares masajeando mis palmas en círculos lentos que me imaginaba en otras partes. El café se enfrió, pero nosotros ardíamos. Afuera, el cielo tronaba, anunciando la pasión del cielo que vendría después.
—Vámonos de aquí —propuse, mi voz ronca—. Mi depa está a dos cuadras.
Él asintió, pagó la cuenta con prisa y salimos a la lluvia. Corrimos tomados de la mano, riendo como chamacos, empapándonos hasta los huesos. El agua resbalaba por su cuello, por mi escote, y cada gota era una caricia prometida. Llegamos jadeantes a mi puerta, y mientras forcejeaba con la llave, él me acorraló contra la pared del pasillo. Sus labios cayeron sobre los míos, duros y suaves a la vez, saboreando a café y lluvia. Gemí en su boca, mis uñas clavándose en su espalda mojada.
Adentro, la luz tenue del foco iluminaba el desorden chido de mi sala: plantas colgantes, cojines coloridos, el olor a incienso de vainilla que siempre quemo. Nos quitamos la ropa con urgencia, pero él se detuvo para mirarme. Sus ojos me desnudaban más que sus manos. —Eres preciosa, Ana. Neta, no mames.
Lo jalé al sillón, su cuerpo pesado y caliente sobre el mío. Sus manos exploraban mis curvas, amasando mis senos con esa presión perfecta que me arquea la espalda. Lamí su cuello salado, bajando a su pecho donde el corazón galopaba contra mi lengua. Olía a sudor fresco y excitación, ese almizcle que me volvía loca. Sus dedos bajaron por mi vientre, rozando el borde de mis bragas empapadas.
—Estás chorreando, morra —gruñó, metiendo un dedo dentro de mí con lentitud tortuosa.
Arqueé las caderas, gimiendo su nombre. Qué rico se siente, cabrón. Me masturbó despacio, círculos en mi clítoris que me hacían ver estrellas, mientras chupaba mis pezones hasta endurecerlos como piedras. Le bajé el bóxer, liberando su verga dura y gruesa, palpitante en mi mano. La apreté, sintiendo las venas hinchadas, y él jadeó contra mi piel.
Nos volteamos, yo encima, montándolo como amazona. Rozaba mi sexo contra el suyo, lubricándonos mutuamente, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la habitación. La lluvia afuera era un rugido constante, sincronizándose con nuestros jadeos. Finalmente, lo guié dentro de mí, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba hasta el fondo. ¡Ay, Dios! Tan grueso, tan mío.
Cabalgamos con furia contenida al principio, sus manos en mis nalgas guiándome arriba y abajo. El roce de su pubis contra mi clítoris me llevaba al borde, una y otra vez. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos chocando con palmadas sonoras. Él se incorporó, mamando mis tetas mientras yo rebotaba, mis paredes apretándolo como no quería soltarlo nunca.
—Más rápido, Ana, no pares —suplicó, sus ojos vidriosos de placer.
Aceleré, sintiendo el orgasmo crecer como tormenta en mi vientre. Él me volteó de repente, poniéndome a cuatro patas en el sillón. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando mi trasero con cada embestida. Agarró mi cabello con gentileza, tirando lo justo para arquearme. Me vengo, me vengo. El clímax me explotó en oleadas, mi coño contrayéndose alrededor de él, gritando su nombre mientras temblaba entera.
No tardó en seguirme. Se hundió una última vez, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes que sentí resbalar por mis muslos. Colapsamos juntos, su peso sobre mí un cobijo perfecto.
La lluvia amainó, dejando un goteo suave en las hojas del patio. Yacíamos enredados en el sillón, piel contra piel, el olor a sexo y café persistiendo en el aire. Él trazaba círculos perezosos en mi espalda, besando mi hombro.
—Pasión café antes pasión del cielo —susurré, recordando su frase—. Y qué chingón aperitivo fue.
Rió bajito, apretándome contra su pecho. Esto no es solo un polvo, pensé mientras el sueño nos vencía. Mañana veríamos qué sigue, pero esa noche, el cielo ya había explotado entre nosotros. El pulso se calmaba, pero el calor en mi interior perduraba, prometiendo más pasión del cielo en días venideros. Neta, qué vida tan rica de pronto.