El Color de la Pasión Capítulo 77 Fuego en las Venas
Valeria bajó del auto con el corazón latiéndole a mil por hora. La hacienda de Marco en las afueras de Guadalajara brillaba bajo la luz dorada del atardecer, con sus muros de adobe blanco y buganvillas rojas trepando como llamas vivas. El aire olía a jazmín fresco y a tierra húmeda después de la lluvia reciente. Hacía meses que no lo veía, desde esa pelea pendeja que los separó, pero la invitación había llegado como un susurro irresistible: Ven, hablemos, como en los viejos tiempos.
Él salió a recibirla en la entrada, con esa sonrisa chueca que siempre la desarmaba. Marco, alto, moreno, con ojos negros como el café de olla y una camisa ajustada que marcaba sus pectorales. Órale, Valeria, dijo abrazándola fuerte, su cuerpo duro contra el tuyo, el aroma de su loción de sándalo invadiendo tus sentidos. Te extrañé, wey, murmuró en tu oído, y sentiste un escalofrío bajarte por la espalda.
Entraron a la sala principal, iluminada por velas parpadeantes y un fuego crepitando en la chimenea. Te sirvió un tequila reposado en un caballito de cristal, el líquido ámbar brillando como oro líquido. Brindaron, los vasos chocando con un tintineo suave. Por nosotros, dijo él, y sus ojos se clavaron en los tuyos, cargados de promesas no dichas.
¿Qué chingados estoy haciendo aquí? Pensaste. Su mirada me quema, neta, como si ya me estuviera desnudando con los ojos.
Hablaron de todo y nada: del negocio de él con los viñedos, de tus diseños de moda que volaban en las boutiques de Providencia. Pero el aire se cargaba de electricidad, cada roce accidental de sus manos enviando chispas. De pronto, Marco prendió la tele grande de plasma. Mira, justo está pasando El Color de la Pasión, capítulo 77, dijo riendo. La protagonista gemía en pantalla, enredada con su amante en una cama de sábanas revueltas. Es como nosotros, ¿no? bromeó él, pero su voz salió ronca, cargada de deseo.
Tú te reíste, pero el calor entre tus piernas ya era innegable. El sonido de los moans de la tele se mezclaba con el crepitar del fuego, y el tequila te soltaba las inhibiciones. Ven, baila conmigo, te pidió Marco, poniéndole ranchera a todo volumen en el estéreo. Sus manos en tu cintura, tu cuerpo pegándose al suyo, moviéndose al ritmo de El Rey. Sentiste su verga endureciéndose contra tu vientre, dura como piedra, y un jadeo se te escapó.
Valeria... susurró él, girándote para mirarte de frente. Sus labios rozaron los tuyos, suaves al principio, probando. El sabor de tequila en su lengua, dulce y ardiente, te invadió la boca cuando abriste para él. El beso se volvió feroz, hambriento, sus manos bajando por tu espalda hasta apretar tus nalgas con fuerza. Te deseo tanto, mamacita, gruñó contra tu cuello, mordisqueando la piel sensible. Olías su sudor mezclado con colonia, un afrodisíaco puro.
Te cargó en brazos como si no pesaras nada, subiendo las escaleras de madera que crujían bajo sus pasos. La habitación principal era un paraíso: cama king con dosel de gasa blanca, vistas al jardín iluminado por la luna. Te dejó sobre las sábanas frescas, su cuerpo cubriendo el tuyo. Déjame verte, pidió, desabotonando tu blusa con dedos temblorosos. Tus pechos saltaron libres, los pezones ya duros como piedritas, y él los lamió con devoción, chupando uno mientras pellizcaba el otro.
¡Ay, cabrón, qué rico! Cada lamida me manda corrientes hasta el clítoris. No pares, por favor.
Sus manos expertas bajaron tu falda, quitándote las panties de encaje negro. Estás empapada, Valeria, dijo admirando tu panocha hinchada, los labios rosados brillando con tus jugos. Se arrodilló entre tus piernas, el aliento caliente rozando tu centro antes de que su lengua se hundiera. Lamió despacio, saboreando cada pliegue, chupando tu clítoris con succiones que te arquearon la espalda. Gemías sin control, ¡Sí, así, Marco, no mames!, tus caderas moviéndose solas contra su boca. El sonido húmedo de su festín erótico llenaba la habitación, mezclado con tus alaridos.
Pero querías más. Lo jalaste del pelo, poniéndolo de pie. Quítate todo, exigiste, y él obedeció, su camisa volando, pantalón cayendo para revelar esa verga gruesa, venosa, apuntando al techo con una gota perlada en la punta. La tomaste en mano, sintiendo su calor pulsante, el grosor que apenas cabía en tu palma. La lamiste desde la base hasta la cabeza, saboreando el precum salado, luego te la metiste a la boca profunda, mamándola con hambre. Marco jadeaba, ¡Qué chingona chupas, amor! Me vas a hacer venir ya, sus caderas embistiendo suave.
No lo dejaste. Te subiste encima, frotando tu humedad contra su longitud, lubricándolo todo. Te quiero adentro, susurraste, y bajaste despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te abría, te llenaba hasta el fondo. ¡Dios! gritaste al tocar fondo, su verga golpeando ese punto que te volvía loca. Cabalgaste fuerte, pechos rebotando, uñas clavadas en su pecho. Él te agarraba las caderas, guiándote, Más rápido, Valeria, cabalga esa verga como tuya.
Cambiaron posiciones, él encima ahora, misionero profundo. Cada embestida era un trueno, su pelvis chocando contra tu clítoris, el sudor chorreando de su frente a tus tetas. Olías el sexo puro, ese musk almizclado de arousal. ¡Me vengo, Marco! chillaste, el orgasmo explotando como fuegos artificiales, paredes vaginales apretándolo en espasmos. Él gruñó, ¡Yo también, nena!, y se corrió dentro, chorros calientes bañando tu interior.
Colapsaron juntos, jadeando, cuerpos enredados en sábanas húmedas. Su peso sobre ti era delicioso, protector. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Esto fue como El Color de la Pasión, capítulo 77, murmuró él riendo bajito, acariciando tu pelo. Pero mejor, porque es real. Nuestro color de pasión es rojo fuego, Valeria.
Neta, esto es lo que necesitaba. Su semen adentro me hace sentir completa, unida a él de nuevo. No lo suelto esta vez.
Se quedaron así horas, hablando en susurros, planeando viajes a la playa de Puerto Vallarta, promesas de no pelear más por pendejadas. El fuego de la chimenea abajo seguía crepitando, lejano, mientras la luna entraba por la ventana, bañándolos en plata. Su mano bajaba ocasionalmente a tu entrepierna, dedos jugueteando perezosos, manteniendo la llama viva. ¿Otra ronda? preguntó pícaro. Tú sonreíste, abriendo las piernas. Sí, carnal, toda la noche.
El amanecer los encontró exhaustos pero felices, cuerpos marcados por mordidas y arañazos, prueba de su pasión desatada. Valeria se acurrucó en su pecho, escuchando su corazón latiendo fuerte, sincronizado con el suyo. Este es nuestro capítulo 77, pensaste, y los siguientes serán aún más calientes. El aroma de sexo persistía en las sábanas, un recordatorio tangible de la noche que los había refundido.