Pasión de Gavilanes Capítulo 91 Fuego en las Entrañas
La noche caía sobre la hacienda como un manto de terciopelo negro, con el aroma terroso de la tierra mojada por la lluvia reciente impregnando el aire. Yo, Ana, estaba recostada en el sillón de la sala, con las piernas cruzadas y un vaso de tequila reposado en la mano. El televisor zumbaba suavemente, proyectando luces parpadeantes sobre las paredes de adobe. Pasión de Gavilanes capítulo 91, justo el episodio que tanto me gustaba. Los hermanos Reyes, con sus miradas de fuego y sus cuerpos curtidos por el sol, encendían algo primitivo en mí cada vez que los veía.
En la pantalla, Gabriela y Franco se miraban con esa intensidad que hace que el corazón lata como tambor de mariachi. Sus labios se rozaban, prometiendo un huracán de placer. Sentí un cosquilleo en el vientre, un calor que subía lento por mis muslos.
¿Por qué carajos esta novela me pone tan caliente?pensé, mientras pasaba la lengua por el borde salado del vaso. El tequila bajaba ardiente por mi garganta, despertando sabores ahumados que me recordaban el cuerpo de Juan, mi amante secreto.
Él era el capataz de la hacienda, un moreno alto con manos callosas que olían a cuero y caballos. Habíamos empezado como un juego, un roce accidental en el establo, pero ahora era adicción pura. Cada vez que lo veía cabalgar de regreso, con el sudor pegando la camisa a su pecho musculoso, mi panocha se humedecía sin remedio. Esa noche, lo esperaba con el corazón acelerado, imaginando sus dedos explorando mis curvas.
El motor de la camioneta retumbó en el patio, rompiendo el silencio. Apagué el tele rápido, no quería que pensara que era una pendeja romántica. La puerta se abrió con un crujido, y ahí estaba Juan, quitándose el sombrero vaquero. Sus ojos negros me devoraron de arriba abajo, deteniéndose en mis pechos que asomaban bajo la blusa suelta.
—Órale, mi reina, ¿qué haces despierta tan tarde? —dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel.
Me levanté despacio, sintiendo el roce de la tela contra mis pezones endurecidos. Caminé hacia él, oliendo su aroma: sudor fresco, tierra y un toque de colonia barata que me volvía loca.
—Estaba viendo Pasión de Gavilanes capítulo 91, güey. Esos Reyes me tienen loca de envidia —le contesté, mordiéndome el labio.
Él rio bajito, un sonido grave que vibró en mi pecho. Se acercó, su aliento cálido rozando mi oreja.
—Pues yo soy mejor que esos pendejos. Ven, déjame demostrarte.
Acto primero: la chispa. Sus manos grandes tomaron mi cintura, atrayéndome contra su cuerpo duro. Sentí su verga ya semierecta presionando mi vientre, gruesa y prometedora. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila y deseo. Gemí suave cuando sus dedos se colaron bajo mi blusa, pellizcando mis tetas con esa rudeza juguetona que me encantaba.
—Estás mojada ya, ¿verdad, putita mía? —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible.
Asentí, jadeando. Lo empujé hacia el sofá, donde momentos antes yo sola fantaseaba. Nos tumbamos, él encima, su peso delicioso aplastándome contra los cojines. Desabroché su camisa, lamiendo el sudor salado de su pecho velludo. Olía a hombre de campo, a esfuerzo y pasión cruda. Sus manos bajaron a mi falda, subiéndola hasta las caderas. No traía calzones, solo piel desnuda lista para él.
El roce de sus dedos ásperos en mi clítoris fue eléctrico. Un jadeo escapó de mi garganta mientras él frotaba lento, círculos expertos que me hacían arquear la espalda.
¡Qué chingón es este carnal!pensé, mientras el calor se acumulaba entre mis piernas, mi jugo lubricando sus dedos.
Pero no quería correrme todavía. Lo quería dentro, llenándome. Le desabroché el cinturón, liberando su verga palpitante. Dios, qué pedazo de cosa: venosa, cabezona, goteando precum. La tomé en la mano, sintiendo su pulso acelerado como el mío. Él gruñó, empujando las caderas.
—Chúpamela, Ana, hazme loco.
Me arrodillé entre sus piernas, el piso de loseta fría contra mis rodillas. Acaricié su tronco con la lengua, saboreando la sal de su piel. Lo metí en la boca hasta donde pude, succionando fuerte mientras mis manos masajeaban sus huevos pesados. Él enredó los dedos en mi pelo, guiándome sin forzar, solo disfrutando. Los sonidos eran obscenos: mis labios chupando, su respiración agitada, el leve slap de mi saliva.
La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Juan me levantó, volteándome sobre el sofá. Me puse a cuatro patas, ofreciéndole mi culo redondo. Sentí su lengua primero, lamiendo mi raja desde el clítoris hasta el ano, un placer sucio y delicioso que me hizo gritar.
—¡Ay, cabrón, no pares! —supliqué, empujando contra su cara.
Él rio, su aliento caliente en mi carne húmeda. Luego, la presión de su verga en mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome con ese ardor exquisito. Gemí largo cuando me llenó por completo, su pubis chocando contra mis nalgas. Empezó a bombear, lento al principio, dejando que sintiera cada vena, cada embestida.
El sudor nos unía, piel resbaladiza. El olor a sexo llenaba la sala, mezclado con el jazmín del jardín que entraba por la ventana abierta. Sus manos apretaban mis caderas, dejando marcas rojas que dolían rico. Aceleró, el slap-slap de carne contra carne resonando como aplausos. Yo me tocaba el clítoris, sincronizando con sus estocadas profundas.
Esto es mejor que cualquier telenovela, mejor que Pasión de Gavilanes capítulo 91, pensé en medio del éxtasis, mientras oleadas de placer me recorrían.
Él me volteó, queriendo verme la cara. Nuestros ojos se clavaron, almas conectadas en ese vaivén frenético. Me penetró misionero, sus músculos tensos brillando bajo la luz tenue. Besaba mi cuello, mis tetas, mordiendo pezones hasta que dolía placer. La tensión subía, mis paredes contrayéndose alrededor de su verga.
—¡Me vengo, mi amor, vete conmigo! —gruñí, clavando uñas en su espalda.
Él embistió más duro, su gruñido animal en mi oído. El orgasmo nos golpeó como rayo: yo convulsionando, chorros de placer empapando las sábanas; él hinchándose dentro, inundándome con su leche caliente, pulso tras pulso.
Nos quedamos jadeando, cuerpos entrelazados en el afterglow. Su peso sobre mí era consuelo, su verga aún semidura dentro, goteando restos. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El aire olía a nosotros, a sexo satisfecho y promesas.
—Eres mi pasión, Ana, más que cualquier Gavilanes —susurró, acariciando mi mejilla.
Sonreí, el corazón lleno. Afuera, los grillos cantaban, la noche nos envolvía en su abrazo eterno.
Que vengan más noches así, que el fuego nunca se apague, pensé, mientras nos dormíamos pegados, sabiendo que esto era nuestro, puro y ardiente.