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Pasion Por El Teatro

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Pasion Por El Teatro

Desde chiquita, mi pasión por el teatro me consumía como un fuego que no se apaga. En las calles de la Ciudad de México, con el bullicio de los taxis y el olor a elotes asados flotando en el aire, soñaba con pisar las tablas del Teatro de la Ciudad. Ahora, a mis veintiocho años, por fin estaba aquí, ensayando para una obra de pasión y traición ambientada en la época porfiriana. El director, un tipo serio pero con ojos que prometían aventuras, nos había juntado a un elenco chido, pero mi atención se clavaba en él: Rodrigo, el galán protagonista, con su mandíbula marcada y esa sonrisa pícara que me hacía sudar bajo las luces calientes del escenario.

El primer ensayo fue eléctrico. Vestida con un corsé que apretaba mis tetas justito, caminaba por el escenario de madera crujiente, sintiendo el roce áspero contra mis tacones. Rodrigo me tomaba de la cintura en la escena del baile, sus manos grandes y callosas deslizándose por mi espalda baja. "¡Qué rica estás, carnala!", me susurró al oído, su aliento cálido oliendo a café y mentitas de menta. Me erizó la piel, y en mi mente gritaba:

¿Por qué carajos mi cuerpo reacciona así? Esto es el teatro, no un pinche motel.
Pero neta, mi pasión por el teatro se mezclaba con algo más salvaje, un deseo que me humedecía las bragas con cada mirada que cruzábamos.

Los días siguientes fueron una tortura deliciosa. En los breaks, nos quedábamos charlando en el camerino, rodeados del olor a maquillaje y sudor fresco. Él me contaba anécdotas de giras por Guadalajara y Monterrey, yo le platicaba de mis noches viendo obras en el centro, imaginándome en su lugar. Una tarde, mientras ajustaba mi escote, Rodrigo se acercó por detrás. "Te ves como una diosa azteca, güey", dijo, sus dedos rozando mi hombro desnudo. El toque fue como un chispazo; sentí mi pezón endurecerse al instante bajo la tela fina. Lo miré por el espejo, nuestros ojos conectados en un silencio cargado. "¿Quieres practicar la escena del beso?", propuse, la voz ronca. Él asintió, y en ese momento supe que la línea entre ficción y realidad se estaba borrando.

La tensión crecía con cada ensayo. Durante la escena de la seducción, sus labios rozaban los míos de verdad, no como un piquito de marica. Su lengua asomaba tímida, probando, y yo respondía con hambre, saboreando su boca salada y dulce a la vez. El elenco aplaudía, pero yo solo oía mi pulso latiendo en los oídos, fuerte como tambores de una conchería. Por las noches, en mi depa de la Condesa, me tocaba pensando en él, imaginando sus manos explorando mi cuerpo bajo las luces tenues del escenario.

Esto no es solo actuación, pinche tonta. Es deseo puro, como mi pasión por el teatro, pero carnal.

Una noche de viernes, después del ensayo general, todos se largaron a una peda en la Zona Rosa. Nosotros nos quedamos "para repasar". El teatro estaba vacío, solo el eco de nuestros pasos y el zumbido lejano de la ciudad filtrándose por las cortinas pesadas. Rodrigo cerró la puerta del escenario con llave, el clic metálico resonando como una promesa. "Vente, mi reina", me dijo, extendiendo la mano. Lo seguí al centro del escenario, donde las luces seguían encendidas, bañándonos en un rojo pasión que hacía brillar su piel morena.

Empezamos con la escena: yo, la cortesana ardiente; él, el revolucionario tentado. Pero cuando me jaló contra su pecho, el beso fue feroz. Sus labios devoraban los míos, lengua invadiendo mi boca con urgencia, saboreando mi gloss de fresa. Gemí bajito, sintiendo su verga endurecida presionando mi vientre. "¡Neta, no aguanto más!", murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Sus manos bajaron mi corsé de un tirón, liberando mis tetas pesadas que rebotaron al aire fresco del teatro. El olor a nuestra excitación empezaba a llenar el espacio: almizcle salado, sudor mezclado con colonia barata.

Me arrodillé, temblando de anticipación, y desabroché su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con una gota perlada en la punta que lamí despacio, salada y caliente en mi lengua. "¡Qué chingona mamada, mami!", gruñó Rodrigo, enredando sus dedos en mi pelo. Chupé con ganas, succionando hasta la garganta, oyendo sus jadeos roncos rebotar en las butacas vacías. Mi concha palpitaba, empapada, rogando atención. Me puse de pie, quitándome la falda con un movimiento fluido, quedando en tanga negra que él arrancó de un jalón.

Me tumbó sobre el piso del escenario, la madera dura contra mi espalda, pero no importaba. Se hundió entre mis piernas, lamiendo mi clítoris hinchado con maestría, su lengua girando en círculos que me hacían arquear la espalda. "¡Sí, así, cabrón!", grité, mis uñas clavándose en sus hombros. El sabor de mi propia excitación en su boca cuando me besó después fue embriagador. No esperé más: lo monté, guiando su verga a mi entrada resbalosa. Entró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Cabalgaba con furia, mis tetas botando al ritmo, sintiendo cada vena pulsar dentro de mí. El slap-slap de piel contra piel, nuestros gemidos mezclados con el crujir de la madera, todo era sinfonía erótica.

La intensidad subió: volteó, poniéndome en cuatro, embistiéndome desde atrás con fuerza animal. Sus bolas chocaban mi culo, manos apretando mis caderas. "¡Te voy a llenar, mi amor!", rugió, y yo exploté primero, el orgasmo desgarrándome como un telón que cae, chorros de placer mojando sus muslos. Él se corrió segundos después, caliente y espeso dentro de mí, colapsando sobre mi espalda sudorosa.

Quedamos jadeando en el suelo, el teatro testigo mudo de nuestra unión. Su piel pegada a la mía, corrompida y brillante, olía a sexo puro. Me besó la sien, suave ahora. "Esto fue más que un ensayo, ¿verdad?", dijo con risa cansada. Asentí, el corazón latiéndome fuerte aún.

Mi pasión por el teatro nunca había sido tan viva, tan real. Ahora incluía esto: cuerpos entrelazados bajo las luces, deseo actuado hasta el clímax.
Nos vestimos despacio, robándonos besos robados, sabiendo que la obra apenas empezaba. Salimos a la noche mexicana, el aire fresco calmando nuestra piel ardiente, listos para más escenas privadas en este teatro de pasiones.

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