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Dispensario La Pasión

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Dispensario La Pasión

Entré al Dispensario La Pasión con el sol de la tarde pegándome en la cara, ese calor culero de Guadalajara que te hace sudar hasta el alma. El lugar era chiquito pero padre, con paredes blancas impecables, plantas en macetas de barro y un olor a limón y eucalipto que te relajaba de volada. Llevaba todo el día con un dolor de cabeza que no me dejaba en paz, como si me estuvieran taladrando la sien con un martillo. "Órale, Ana, no seas pendeja, ve al doc", me dije mientras empujaba la puerta de vidrio.

La recepcionista, una morra bien buena onda con sonrisa de comercial, me checó rápido. "Pasa, el doctor Alejandro te va a atender en un ratito." Me senté en la sala de espera, hojeando una revista vieja, pero mi mente ya volaba. Hacía meses que no tenía acción, desde que mi ex, ese wey inútil, se largó. Sentía un vacío en el pecho, y entre las piernas, un cosquilleo que no se iba ni con rezos.

De repente, la puerta del consultorio se abrió. Ahí estaba él: el doctor Alejandro. Alto, moreno, con ojos cafés que te miraban como si te estuvieran desnudando despacito. Camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales, y un estetoscopio colgando del cuello como un collar chulo. ¡Qué chingón!, pensé, sintiendo que mi dolor de cabeza se convertía en un calor bajito en el estómago.

"Ana, ¿verdad? Pasa, por favor." Su voz era grave, ronca, como si fumara cigarros finos. Entré, el aire del consultorio fresco, con ese aroma a desinfectante mezclado con su colonia, algo masculino, a madera y especias. Me senté en la camilla, y él jaló una silla cerca, tan cerca que podía oler su aliento a menta.

"¿Qué te trae por aquí, preciosa?" dijo, mientras sacaba su libreta. Preciosa. Esa palabra me erizó la piel. Le conté del dolor, cómo me latía la cabeza desde la mañana. Él asintió, serio pero con una sonrisa ladeada que me ponía nerviosa.

¿Por qué carajos me mira así? Como si supiera que no es solo la cabeza lo que me duele. Ay, Ana, contrólate, no seas mamacita desesperada.

Me puso el termómetro en la boca, su dedo rozando mis labios por un segundo. El pulso se me aceleró. Luego, el estetoscopio frío en mi pecho, sobre la blusa. Frío y caliente a la vez, pensé, mientras él escuchaba mi corazón galopando como caballo desbocado.

"Todo normal por aquí. ¿Estrés, quizás? ¿Algo que te quite el sueño?" Sus ojos se clavaron en los míos, y juro que vi un brillo pícaro. Le conté un poco de mi vida, el trabajo estresante, la soledad. Él escuchaba, asintiendo, su mano grande posándose en mi rodilla por "accidente" mientras me explicaba unos tips para relajarme.

El toque fue eléctrico. Su piel cálida contra la mía, áspera un poquito por el trabajo. No me moví. Al contrario, abrí un poco las piernas, invitándolo sin palabras. "Sabes, en Dispensario La Pasión tratamos todo tipo de dolores. El cuerpo a veces pide más que pastillas." Su voz bajó un tono, y sentí su aliento en mi cuello cuando se acercó a checarme los ganglios.

Ahí empezó lo bueno. Su mano subió por mi muslo, despacito, explorando. Yo jadeé bajito, el corazón retumbándome en los oídos. Neta, esto es real. No es un sueño culero. Le tomé la mano, guiándola más arriba, bajo mi falda. Él gruñó, un sonido animal que me mojó al instante.

"¿Estás segura, Ana? Porque una vez que empecemos, no hay vuelta atrás." Asentí, mordiéndome el labio. "Simón, doctor. Cúrame de una vez."

Me besó entonces, feroz, su lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y deseo puro. Sus manos everywhere: desabotonando mi blusa, amasando mis tetas con urgencia. Gemí contra su boca, el sonido ahogado por sus labios. Olía a sudor limpio, a hombre listo para la acción. Me quitó la falda de un jalón, y yo le arranqué la camisa, sintiendo sus músculos duros bajo mis uñas.

Caímos en la camilla, que crujió bajo nuestro peso. Él se arrodilló entre mis piernas, besando mi cuello, bajando por el valle de mis pechos. Lamía mis pezones, duros como piedras, chupándolos con hambre. ¡Qué rico, pendejo! No pares, pensé, arqueándome contra su boca. Sus dedos encontraron mi panocha empapada, resbaladiza de jugos. Metió uno, luego dos, curvándolos justo ahí, en el punto que me hacía ver estrellas.

El consultorio se llenó de sonidos: mis gemidos agudos, su respiración pesada, el chapoteo húmedo de sus dedos follándome. Olía a sexo, a mi excitación almizclada mezclada con su colonia. Le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, dura como fierro, caliente. "Métemela ya, Alejandro. No aguanto."

Se puso de pie, me jaló al borde de la camilla y me penetró de un embestida profunda. Grité, el placer doliendo rico, estirándome hasta el fondo. Él empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y clavándose de nuevo. Cada roce de su pubis contra mi clítoris era fuego. Sudábamos, piel resbalosa pegándose y despegándose. Sus manos en mis caderas, marcándome con los dedos.

¡Dios mío, qué verga tan chingona! Me está partiendo en dos, y lo quiero más.

Aceleró, el ritmo como tambores de banda sinaloense, fuerte y salvaje. Yo le clavaba las uñas en la espalda, dejando surcos rojos. "¡Más duro, cabrón! ¡Fóllame como se debe!" Él obedeció, gruñendo mi nombre, sus bolas golpeando mi culo con cada estocada. Sentía su verga hinchándose dentro, latiendo, lista para explotar.

El clímax me cayó como avalancha. Todo mi cuerpo se tensó, la panocha contrayéndose alrededor de él en espasmos. Grité su nombre, lágrimas de placer en los ojos, el mundo explotando en colores. Él se vino segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando contra el mío. Nos quedamos así, jadeando, pegados, el semen goteando por mis muslos.

Después, el afterglow fue puro paraíso. Me recargó en su pecho, su corazón latiendo calmándose conmigo. Besos suaves, caricias perezosas en mi cabello. "Eso fue... increíble, Ana. Dispensario La Pasión acaba de ganar una clienta fiel." Reí bajito, sintiéndome empoderada, mujer total.

Nos vestimos despacio, robándonos besos. Me dio una receta falsa para "relajación profunda", guiñándome el ojo. Salí del consultorio con las piernas flojas, pero el alma llena. El sol ya bajaba, tiñendo el cielo de naranja. Caminé por la calle, sonriendo como idiota, sabiendo que volvería pronto. Porque en Dispensario La Pasión, los dolores se curan con pasión de la buena.

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